Armas y letras

La otra noche me encontré en la televisión un espléndido documental sobre Negrín, una de esas joyas que de vez en cuando desfilan por la pequeña pantalla sin que apenas nadie se haga eco de su existencia. El relato del acuerdo al que quien fuera presidente del Gobierno durante los estertores de la II República llegó con Lázaro Cárdenas para garantizar la acogida al otro lado del Atlántico de aquellos que habían defendido la legalidad democrática frente al franquismo me llevó a recordar las palabras que solía decirme el escritor Eduardo Monteverde cada vez que conversábamos a propósito del conflicto español: «Ustedes están convencidos de que los republicanos perdieron la guerra, pero no fue así; lo que ocurrió fue que la ganaron, pero no en España, sino en México».

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El alemán y la muerte

Con padecer ellos las peores consecuencias del hundimiento del Prestige, no fue el sufrimiento de los pescadores gallegos lo que más me impactó en aquellos días invernales en los que asistía, desde Madrid y a través de los periódicos, a la tragedia que se estaba desencadenando en las costas coruñesas, tan próximas a mí en lo geográfico y en lo sentimental. Tampoco el lamento agónico de las aves a las que veíamos luchar, inútilmente, para desprenderse del chapapote que tenían adherido a sus plumas. Lo que más me conmovió fue la historia de Manfred Gnädinger, de quien apenas se volvió a hablar después y cuya estampa, dotada acaso de un romanticismo un tanto trasnochado, pero también sincero, metaforizó mejor que ninguna otra el significado profundo de la catástrofe.

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Tiempos apresurados

Hace mes y medio, entré en una buena librería para comprar un libro. No lo tenían, pero la dependienta, muy amable, me dijo que podía pedirlo a la editorial y avisarme por teléfono en cuanto se incorporara a sus fondos. Después de quince días sin tener noticia alguna, volví a pasar por allí. «No ha llegado», me informó la misma mujer que me había atendido la vez anterior, «y teniendo en cuenta que se trata de un libro que ya es bastante antiguo, no sé si la propia editorial dispondrá aún de ejemplares». Le expliqué que no podía ser tan antiguo como ella decía, que yo recordaba los artículos de prensa que habían informado de su publicación, y también dos o tres críticas que se habían hecho eco de su lanzamiento en varios suplementos culturales. «Sí, sí que lo es», respondió ella mientras consultaba una ficha en su ordenador, «aquí pone que es del año 2004».

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Visión de Lisboa

Escribe Antonio Muñoz Molina sobre el Largo do Carmo y sus palabras me llevan a recordar los días que pasamos en Lisboa, hace sólo unos meses, y la tarde en que elegimos ese lugar para despedir nuestra estancia entre sus calles. Lisboa es una ciudad magnífica, cuyo encanto no abruma al visitante desde el mismo momento de su llegada, sino que se va desplegando a medida que éste la transita y se abre a ella, en un proceso de reconocimiento mutuo que puede durar unas horas o varios días, dependiendo del empeño que se ponga y de las ganas que uno tenga de dejarse mecer por el pulso tranquilo, nada airado ni violento, de la que algunos definen como la última capital europea, el más remoto confín del continente.

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Los aviones

Se me ha abierto esta mañana la inesperada perspectiva de un viaje inminente que tendré que hacer por vía aérea, y sin poder evitarlo he vuelto a sentir ese nudo que se me forma en el estómago cada vez que se vislumbran por el horizonte los aviones –hay una canción de Andrés Calamaro que escuché mucho en una etapa de mi vida y que se titula así: «Los aviones»– y que sé que me acompañará hasta mi regreso. Me da miedo volar, y ese pánico me impide conocer lugares que me gustaría visitar; pero, aun siendo consciente de las limitaciones que acarrea, nunca he sido capaz de encontrarle freno, por mucho que quienes me rodean se esfuercen en aplacármelo. Hace unos días, leí que a Antonio Machado le daban auténtico pavor los perros. Supongo que cada cual está obligado a caminar con sus propios condicionantes, y que no queda otro remedio que acostumbrarse a los que a cada cual le van tocando en suerte.

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