Sobre Azaña, Machado y las banderas

Pedro Sánchez no homenajeó a los exiliados españoles a título personal ni como líder de un partido político. Lo hizo en su calidad de presidente del Gobierno, es decir, como máxima autoridad del Gobierno de España, que a su vez representa a todas las personas que poseen la nacionalidad española, sean republicanas o no.

La bandera de España es la roja y amarilla porque así lo estipula la Constitución de 1978. La propia Constitución dictamina que ése debe ser el símbolo que represente al Estado en los actos oficiales (y lo de ayer fue un homenaje de Estado, no algo de andar por casa). Con todo, hay que señalar que tampoco es que hubiera una bandera de España en los actos: hubo sendas coronas (una por tumba) cuyas flores llevaban los colores de la bandera de España.

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El hombre que siempre va conmigo

Cuando dentro de unos días vuelva a Collioure y cumpla con la peregrinación laica cuyos hitos he venido forjando año tras año —el descenso desde la estación a la Placetterecorriendo la avenida de Aristide Maillol, el paseo por Camille Peletain hasta la playa de Boramar, un rodeo demorado al edificio del viejo hotel Quintana, el recogimiento emocionado ante la misma tumba de todos los febreros—, lo haré impelido por la convicción de que hay viajes que, más que un mero traslado geográfico, son una obligación moral. El final de Antonio Machado fue tan triste como injusto, y lo único que podemos hacer quienes apreciamos los frutos de su paso por la tierra es justamente eso: acudir a acompañarle allí donde encontró su última morada, ese hermoso pueblecito de pescadores en cuyo cielo azul aún resplandecen las reminiscencias de los soles de la infancia.

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A propósito de Juan

Es difícil explicar en unas pocas palabras lo que significan la figura y la obra de Juan Cueto. Su paso por el mundo podría resumirse en una simple frase: hizo muchas cosas y las hizo todas bien, a menudo a contracorriente o apostando por lo que nadie veía y sólo él era capaz de vislumbrar en un horizonte que a los demás se nos antojaba indescifrable. Pudo ser un egregio profesor universitario, pero por suerte para él, y también para nosotros, prefirió entrometerse en los jardines de su curiosidad y saltar de rama en rama sin caerse de ninguna. Revolucionó el periodismo cultural con Los Cuadernos del Norte, bajó de las musas al teatro cuando dejó la crítica catódica para dirigir él mismo una televisión, rediseñó las retransmisiones futbolísticas como si fuesen una gran producción cinematográfica y dinamitó las fronteras que separaban la alta y la baja cultura en aquellos artículos en los que jugaba a preguntarse por las semánticas de la posmodernidad. Cuando, la tarde en que nos conocimos, le dije todo esto y le expliqué que me encontraba algo cohibido ante una figura tan imponente como la suya, él soltó una carcajada y, sin levantarse de la butaca, ahuyentó mi timidez con un manotazo: «No te cohíbas, que tampoco es para tanto». Luego, como si en vez de un imberbe que iba allí a hacerle una entrevista fuese yo uno más de la familia, me ofreció una copa de whisky y nos sentamos a ver una peli de vaqueros.

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Álvaro Díaz Huici, un editor

Hace ya unos cuantos años, cuando empecé a tomarme esto de escribir medianamente en serio, envié la que entendí como mi primera obra «acabada» (era un libro de cuentos) a Álvaro Díaz Huici. Había publicado a Pablo Rivero y Ricardo Menéndez Salmón, dos autores que vivían en mi misma ciudad y a los que yo sentía muy próximos, y tenía un catálogo modesto pero brillante en el que despuntaban Luis Fernández Roces, Eduardo Blanco Amor, José Antonio Mases o Camilo Gonsar, nombres que fueron todo un descubrimiento para mí en aquella época. Tardó un año en contestarme, y cuando lo hizo su respuesta no pudo ser más desalentadora. No me publicó aquel libro, pero por estas cosas del azar empezamos a coincidir en los mismos sitios por aquellas mismas fechas y terminamos haciéndonos amigos. No por eso me publicó. Más bien al contrario, leyó mis tres primeras novelas antes que nadie y, tras rechazarlas, emitía siempre el mismo veredicto: «Publicarás conmigo cuando escribas algo que pueda defenderse por sí mismo». Cuando ocho años después de su primera negativa me terminó aceptando un manuscrito, sentí que ya podía empezar a llamarme a mí mismo escritor.

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La virgen republicana

Al estallar la Guerra Civil, las autoridades republicanas de Asturias encomendaron al pedagogo Eleuterio Quintanilla la tarea de proteger, en la medida de lo posible, el patrimonio histórico y artístico de la región. Una de las medidas que adoptó fue poner a salvo la imagen de la virgen de Covadonga, todo un tótem, ante el temor de que se perdiera, bien a causa de algún bombardeo franquista o bien como fruto del ardor guerrero y anticlerical de algunos correligionarios del propio Quintanilla.

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