Final feliz

Las novedades editoriales se suceden a un ritmo tan endiablado que resulta difícil no ya estar al tanto de lo último, sino llegar a enterarse de que han aparecido en los estantes de las librerías títulos francamente interesantes. Si eso es molesto como lector, no digamos cuando uno se dedica a glosar los asuntos del mundillo y se le supone, por tanto, un conocimiento más o menos pormenorizado del mismo. No es raro que, con toda esta vorágine, acaben saliendo los artículos a medias. Siempre hay un libro que no se conoce, un autor al que no se le prestó la atención debida, editoriales que no nos suenan ni por aproximación y cuyo catálogo, sin embargo, cobija joyas de las que convendría haber estado más pendientes. Es rara la sensación, a medio camino entre el enfado y la culpa, que acecha al descubrir que se ha pasado por alto algo que no debimos descuidar. Por suerte, en ocasiones se está a tiempo de remediar, siquiera parcialmente, los desajustes propiciados por el olvido o la ignorancia.

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Contar los días

Se preguntaba el otro día Alberto Olmos por el futuro de la autoficción en un tiempo en el que las redes sociales nos han convertido a todos en exégetas de nuestras propias biografías. Cabría ampliar el interrogante al género diarístico, una vertiente del ensayo que desde la irrupción de Internet y sus múltiples opciones para la exhibición ha hecho que cualquier persona —no digamos ya si además se dedica a la escritura— dedique unos minutos de cada jornada (con suerte y como poco) a contar lo que le han ido deparando sus rutinas. El fenómeno comenzó hace ya unos años, con la aparición de las bitácoras, pero se acentuó cuando Facebook y Twitter vinieron a asentarse en nuestras nubes digitales. Escribir una entrada en un blog requería más tiempo y esfuerzo del que supone colgar una entrada en cualquier patio de vecinos virtual. Vivimos tan asediados no ya por el día a día, sino por sus múltiples relatos, que cualquiera hubiese predicho la paulatina extinción de los diarios en medio del caótico panorama de autorreferencias más o menos veraces que invaden las pantallas. Si algo sobra en Internet, son émulos de aquel Josep Pla que anotaba sus cuitas en una masía del Ampurdán.

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Vine a Comala

Empujado por la efeméride centenaria, anduve estos días de atrás picoteando por las páginas de Pedro Páramo en pos de hallazgos que no por conocidos resultan menos satisfactorios. No estoy seguro de que a este lado del charco el aniversario de Juan Rulfo haya recibido atenciones exhaustivas, como tampoco de que obras como las suyas hubiesen aguantado en las librerías el tiempo necesario para abrirse paso en la posteridad. Pese a todo, está bien incurrir de vez en cuando en estos ejercicios de retorno para cerciorarse de que un clásico alcanza esa categoría cuando nada en él pasa de moda. La prosa de Rulfo, tantos años después, sigue tan fresca como lo estuvo el primer día, y las fantasmagorías que habitan ese relato corto en extensión, pero vastísimo en alcance, aún traen los ecos de ese mundo que siempre está desvaneciéndose y que no deja nunca de ser el nuestro.

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El mundo en una calle

Ocupa un lugar tan secundario que no dará con ella nadie que no vaya buscándola. Si por casualidad alguien la atraviesa, lo hará con el apresuramiento y el descuido de quien lleva a cabo un trámite imprescindible pero inane. Yo pasé así muchas veces por la calle Feria, extendida como un breve apéndice entre la parte noble de la ciudad y su periferia desastrada, mirando sin ver o viendo sin mirar, que a veces da lo mismo, mientras la tarde caía y se encendían los faroles y la noche iba tejiendo sus sombras confortables en las esquinas de las iglesias románicas y en las fachadas que aún presumen con ostentación de su modernismo de provincias. Pasaba por la calle Feria como pasan por ella los turistas despistados que interpretan al revés el mapa y caen en sus aceras, o como la cruzan quienes deben ir sin tardanza a prestar atención a sus asuntos. Alguna vez desemboqué en ella por azar, mientras le buscaba la espalda al ayuntamiento nuevo, y en unas cuantas ocasiones dudé si atajar por ella o seguir la linealidad que imponía la muralla en los lánguidos paseos vespertinos del invierno. Quintín Cabrera, en un célebre estribillo, dejó dicho que las ciudades son libros que hay que leer con los pies. No añadió que determinados libros resultan imprescindibles para penetrar en el alma profunda de las ciudades. Yo nunca le habría prestado más atención que la meramente circunstancial a la calle Feria, ni habría reparado jamás en el pequeño escaparate coronado por un rótulo en cuyo frontal se lee Calzados Sánchez, si mi amigo Jaime Priede no me hubiese puesto sobre la pista de una novela excepcional de la que yo nada había oído y en cuya lectura me mantuve hipnotizado durante toda una semana. Fueron sus páginas las que me impulsaron a volver a la calle Feria en cuanto tuve la ocasión, y fue el recuerdo de sus párrafos lo que me decidió a meterme en aquella tienda destartalada y preguntarle a su propietario, un hombre de porte quijotesco que aseguró llevar treinta años al frente del negocio, si era ése el mismo lugar del que yo tanto estaba leyendo por aquellos días. «Éste es», dijo sin que se le fuera la sonrisa de los labios, «pasa hasta el fondo y aspira el olor del cuero».

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Hablando de Pemán

Llegó a mis manos un artículo en el que se reivindicaba la figura de José María Pemán y recordé una vieja anécdota que contaba el periodista Carlos Luis Álvarez, Cándido. Tuvo que suceder en la segunda mitad de la década de 1950, porque tiene como protagonista a Ramón Pérez de Ayala cuando éste ya había vuelto a España y residía en un piso del número 11 de la calle de Gabriel Lobo. A Pérez de Ayala no le gustaba Pemán, que en aquella época ya lucía con pompa y circunstancia sus galones de escritor oficial del régimen. Decía que sus textos eran «una mezcla de seudofilosofía y casinillo de Jerez», y opinaba que los artículos que publicaba en la tercera página del ABC, y que solían ser muy celebrados por sus lectores y por las instancias oficiales del franquismo, «empezaban con la categoría y acababan superficialmente en la anécdota», justo al revés de como debía ser. Probablemente esa aversión se debía a que Pemán, en su obra El divino impaciente, intentó responder a la sátira contra los jesuitas que Pérez de Ayala había desplegado en la novela AMDG.

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