El hombre que siempre va conmigo

Cuando dentro de unos días vuelva a Collioure y cumpla con la peregrinación laica cuyos hitos he venido forjando año tras año —el descenso desde la estación a la Placetterecorriendo la avenida de Aristide Maillol, el paseo por Camille Peletain hasta la playa de Boramar, un rodeo demorado al edificio del viejo hotel Quintana, el recogimiento emocionado ante la misma tumba de todos los febreros—, lo haré impelido por la convicción de que hay viajes que, más que un mero traslado geográfico, son una obligación moral. El final de Antonio Machado fue tan triste como injusto, y lo único que podemos hacer quienes apreciamos los frutos de su paso por la tierra es justamente eso: acudir a acompañarle allí donde encontró su última morada, ese hermoso pueblecito de pescadores en cuyo cielo azul aún resplandecen las reminiscencias de los soles de la infancia.

Lamentamos la suerte de Machado porque hemos crecido con sus textos, si es que no fueron sus textos los que hicieron que creciéramos nosotros, y sabemos que las palabras que escribió van adquiriendo nuevos sentidos a medida que las matiza el tiempo que transcurre. Nunca estamos seguros de si leemos a Machado o si, por el contrario, es Machado el que nos lee desde la eternidad de su destierro, a la sombra del ciprés erguido bajo el que reposa junto a aquella madre anciana que no pudo llegar nunca a Sevilla.

Ante esa sepultura me detendré yo, cuando vuelva a Collioure, para presentar los debidos respetos a quien empezó a acompañarme la mañana en que un profesor de Lengua me hizo memorizar uno de sus poemas y se convirtió desde entonces en el hombre que siempre va conmigo. Quizá lleve, como hice la primera vez que estuve allí, el libro que robé en mi adolescencia de la casa de mis abuelos y cuyas páginas recogen una selección atinada y suficiente de su obra. Será una concesión innecesaria a cierto fetichismo sentimental, porque no hay día en el que, por uno u otro motivo, no me venga a la cabeza alguno de sus versos: es tanto lo que nos enseñan en cada relectura que no hay posibilidad, ni ganas, de desprenderse de ellos. Con Machado tampoco conviene incurrir en sobreactuaciones. Sólo cabe situarse ante su lápida y agradecerle en silencio sus escritos y su ejemplo, esas lecciones imperecederas que adquieren en ese camposanto de Collioure, en el que yace la mejor idea que España tuvo nunca de sí misma, su significado más profundo. Luego, regresa uno a sus quehaceres con la satisfacción que da el deber cumplido, preparado para afrontar el tenaz curso de los días con la certeza de que el único secreto de la existencia reside en saber esperar, aguardar que la marea fluya —así en la costa un barco— sin que el partir inquiete.

[La Razón, 17 de febrero de 2019]

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