A propósito de Juan

Es difícil explicar en unas pocas palabras lo que significan la figura y la obra de Juan Cueto. Su paso por el mundo podría resumirse en una simple frase: hizo muchas cosas y las hizo todas bien, a menudo a contracorriente o apostando por lo que nadie veía y sólo él era capaz de vislumbrar en un horizonte que a los demás se nos antojaba indescifrable. Pudo ser un egregio profesor universitario, pero por suerte para él, y también para nosotros, prefirió entrometerse en los jardines de su curiosidad y saltar de rama en rama sin caerse de ninguna. Revolucionó el periodismo cultural con Los Cuadernos del Norte, bajó de las musas al teatro cuando dejó la crítica catódica para dirigir él mismo una televisión, rediseñó las retransmisiones futbolísticas como si fuesen una gran producción cinematográfica y dinamitó las fronteras que separaban la alta y la baja cultura en aquellos artículos en los que jugaba a preguntarse por las semánticas de la posmodernidad. Cuando, la tarde en que nos conocimos, le dije todo esto y le expliqué que me encontraba algo cohibido ante una figura tan imponente como la suya, él soltó una carcajada y, sin levantarse de la butaca, ahuyentó mi timidez con un manotazo: «No te cohíbas, que tampoco es para tanto». Luego, como si en vez de un imberbe que iba allí a hacerle una entrevista fuese yo uno más de la familia, me ofreció una copa de whisky y nos sentamos a ver una peli de vaqueros.

Juan era así: tan grande que no permitía que nadie se sintiese inferior a él ni se amedrentara ante su sabiduría monumental, ante su lucidez apabullante, ante esa ironía que viraba entre la mordacidad y la ternura en función de lo que correspondiese. Conversador inagotable, entusiasta de todas las novedades que se presentaran ante sus ojos, sagaz interpretador de las realidades más ilegibles, me temo que ese afán suyo por no darse importancia haya llevado a que no siempre se piense en Juan Cueto como lo que fue: el referente intelectual más importante que ha dado Asturias en, como poco, el último medio siglo. Era, además, una de las personas más buenas y generosas con las que uno podía cruzarse en este mundo. Al poco de conocerse la noticia de su muerte, me llamaron de la radio y cuando me quise dar cuenta estaba hablando de él en presente. Tan inmenso era, tanto abarcaba, que ni siquiera yéndose se irá del todo.

[Escribí este artículo, a petición del diario El Comercio, a raíz del fallecimiento de Juan Cueto. Apareció publicado el 15 de enero. La fotografía es de Álex Piña y está hecha la tarde que Juan y yo nos conocimos, el 31 de octubre de 2009.]

juancueto_alexpina

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