Álvaro Díaz Huici, un editor

Hace ya unos cuantos años, cuando empecé a tomarme esto de escribir medianamente en serio, envié la que entendí como mi primera obra «acabada» (era un libro de cuentos) a Álvaro Díaz Huici. Había publicado a Pablo Rivero y Ricardo Menéndez Salmón, dos autores que vivían en mi misma ciudad y a los que yo sentía muy próximos, y tenía un catálogo modesto pero brillante en el que despuntaban Luis Fernández Roces, Eduardo Blanco Amor, José Antonio Mases o Camilo Gonsar, nombres que fueron todo un descubrimiento para mí en aquella época. Tardó un año en contestarme, y cuando lo hizo su respuesta no pudo ser más desalentadora. No me publicó aquel libro, pero por estas cosas del azar empezamos a coincidir en los mismos sitios por aquellas mismas fechas y terminamos haciéndonos amigos. No por eso me publicó. Más bien al contrario, leyó mis tres primeras novelas antes que nadie y, tras rechazarlas, emitía siempre el mismo veredicto: «Publicarás conmigo cuando escribas algo que pueda defenderse por sí mismo». Cuando ocho años después de su primera negativa me terminó aceptando un manuscrito, sentí que ya podía empezar a llamarme a mí mismo escritor.

Álvaro es uno de esos editores de los de antes, dispuestos a jugársela por cualquier autor en cuyos textos encuentre lo que anda buscando, y es tan humilde y tan discreto que sus amigos no dejamos de insistirle para que se dé de vez en cuando algo de bombo. Es, también, un tipo cariñoso que combate los egos ajenos con el mismo ímpetu con el que mantiene a raya el propio. He compartido con él muchas horas por las calles de Gijón o en la tranquilidad de su refugio al norte de León, y también hemos hecho viajes memorables, como aquél que nos llevó en pos de un capón por Villalba y Mondoñedo o una excursión madrileña en la que gozamos de la compañía de Juan Cueto. También hemos tenido broncas terribles, una de ellas tan gorda que hasta quedó inmortalizada en un libro. Seguramente tendremos otra pronto, porque a él no le gusta nada que se le glose en público y ya veis la parrafada que os estoy echando así a lo tonto.

La cuestión es que viene al caso porque a Álvaro le dieron ayer el premio María Elvira Muñiz al fomento de la lectura por las cuatro décadas que lleva dedicándose a eso de publicar libros y porque, ya que los editores no siempre tienen buena prensa, yo quería decir que hay editores, los que son buenos de verdad, que siempre mejoran los manuscritos que les entregan sus autores. Y que seguramente si él no me hubiese rechazado aquel primer libro yo no me habría exigido tanto como me exigí a partir de entonces. Y que, lejos de molestarme las críticas que me ha hecho (y me hace) cuando algo de lo que escribo no le acaba de convencer del todo, siempre se las he agradecido porque sé que sus juicios provienen de su franqueza brutal y su convicción sincera de que hay que pulir los libros hasta que sean incuestionables. Y como esto lo sabemos quienes lo probamos (porque no hay autor de su escudería que se libre de sus rapapolvos), anoche nos juntamos a cenar unos pocos en un bar de su barrio para darle un homenaje íntimo por ese premio tan merecido que acaba de ganar, y bebimos vino de Toro y orujo blanco y comimos los primeros turrones (porque los asturianos celebramos la Navidad cuando nos da la gana), y volvimos a reírnos y a reñir puntualmente y nos conminamos a reunirnos otra vez pronto aunque sabemos bien que pasarán unos cuantos meses antes de que volvamos a vernos todos juntos. Éramos, aparte del homenajeado, tres poetas (José Luis Argüelles, Juan Carlos Gea, César Iglesias), un periodista (Pablo Batalla) y yo mismo, que a veces ya no sé ni lo que soy. Brindamos y recordamos batallas viejas y volvimos a escuchar esa frase con la que Álvaro, nada dado a efusividades ni a cursiladas, nos ofrece el regalo de su confianza en lo que hacemos: «Mientras yo esté aquí, si no queréis, no tendréis que preocuparos nunca de buscar editor».

cena_alvaro

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