Libros (no) efímeros

Si cualquier evento es, por su propia naturaleza, efímero, no lo son tanto (o no deberían serlo) las huellas que deja a su paso. En lo que atañe a la Semana Negra, y dada la recurrencia con que desde la propia organización se alude a esa «ciudad efímera» que componen sus carpas cuando se arman y se desarman al cabo de diez días en el recinto de lo que una vez fue un astillero, es evidente que el certamen gijonés cuenta con un poso nada desdeñable que se pone de manifiesto, antes que en ningún otro lugar, en su propia historia. Pocas celebraciones literarias debe de haber, en España y en Europa, que hayan alcanzado ya las treinta ediciones, y que además lo hayan hecho sobreponiéndose a una competencia no siempre leal auspiciada por el ayuntamiento de la ciudad que los acoge. También manteniendo, sin grandes baches, los niveles de afluencia de público y de venta de libros, que es al fin y al cabo de lo que se trata.

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La posteridad melancólica

No sabemos mucho de las rutinas de Álvaro Cunqueiro porque él nunca tuvo mucho interés por airearlas. No llevaba un diario ni dedicaba sus artículos a complacencias autorreferenciales. Prefería, en vez de glosar los recorridos por sus estancias interiores, dejar noticia exacta del asombro que le iban despertando las cosas del mundo. Tampoco su literatura era un camuflaje retórico de sus avatares biográficos, y si alguna vez lo fue supo disimularlo con tanta maestría que uno sólo acierta a imaginar que el sochantre o Fanto Fantini pudieran haber sido aquellos que algún día soñó ser, no quienes fue realmente. Su vida era su universo, y si bien podrían evocarse con bastante fidelidad lo que pudieron ser sus andanzas infantiles, porque él mismo las fue enumerando en no pocas entrevistas en las que desmenuzaba su alucinado descubrimiento de la realidad, la entrada en la edad adulta comenzó a llenarlo todo de lagunas, hasta el punto de que determinados periodos de su vida aparecen desvanecidos en una nebulosa casi inextricable. No sabemos, por ejemplo, la causa exacta de la caída en desgracia que le forzó a dejar Madrid e iniciar una reclusión de ermitaño en su tierra natal. Tampoco qué relaciones o qué subterfugios le llevaron a reconciliarse poco a poco con su tiempo, a mitigar levemente aquel «cansancio moral» al que se refirió en varias ocasiones, ni qué miedos le acechaban mientras se sentaba a poner voz al viejo Simbad o dejaba que el filtro de la imaginación distorsionara el recuerdo de las boticas y los curanderos de los que había sabido en la farmacia que regentara su padre en los bajos del palacio donde tenía sus aposentos el obispo de Mondoñedo.

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Generación «Goonie»

Escuchaba hace unos días a Antonio Orejudo hablar de expiación generacional para referirse a los entresijos de su última novela, Los Cinco y yo (Tusquets). Reprocha Orejudo a su quinta que se quedara en tierra de nadie, emparedada entre los prohombres de la hornada anterior, encargada de capitanear la Transición, y quienes habríamos de venir después para, presuntamente, luchar por revertir los vicios ocultos del sistema. Sin embargo, lo que me resultó más interesante fue una reflexión que estableció a la hora de explicar su afición por las novelas de Enid Blyton: mientras sus hermanos mayores se habían iniciado en la lectura con las novelas de Verne o Salgari, protagonizadas por héroes aguerridos e intachables que cumplían sus objetivos con gallardía y valor, el joven Orejudo, y tantos otros de su edad, sentía que los cuatro chavales (y el perro) salidos de la imaginación de la controvertida escritora británica encarnaban de algún modo sus sueños y sus anhelos; le representaban, en suma, aunque sólo fuera por el hecho de tener su misma edad y padecer un aburrimiento similar en los veranos. No se trataba de conocer de primera mano las aventuras que pudiesen haber vivido otros. Se trataba de leer sobre aventuras que cualquiera podría experimentar, siempre que se encontrara en el lugar y el momento adecuados.

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Los editores

Participé hace unos días en una mesa redonda en la que me sentaron junto a un amplio abanico de escritores, de entre los cuales había tres o cuatro que se financiaban la publicación de sus propios libros. Cuando uno de ellos tomó la palabra, se calificó a sí mismo como un autor «libre e independiente», y sostenía esa definición en el hecho de que no sólo se encargaba de escribir las páginas que en aquel momento presentaba ante los lectores, sino que también se ocupaba de corregirlas, maquetarlas y hasta de buscar el diseño y la ilustración más adecuados para las cubiertas. Me pareció atisbar en esas palabras, muy celebradas por algunos de nuestros compañeros de tertulia y por una parte del público, una cierta desconfianza, quizá también algo de rencor, hacia la figura del editor y sus atribuciones. No se trata de algo nuevo, pero creo que sí se ha generalizado bastante desde que las nuevas plataformas de autoedición permiten que con sólo unos pocos clics cualquiera pueda sentir la emoción de convertirse en best-seller por un día. Del mismo modo que las redes sociales han hecho que se asuma la falacia de que cualquier opinión merece respeto por el simple hecho de quedar reflejada por escrito, la facilidad con que podemos convertir en libro cualquier cosa escrita en las horas ociosas de las tardes, aunque sea con prisas y a vuelapluma, ha propiciado un incremento de conciencias autorales. El fenómeno avanza tan rápido, y parece tan imparable, que puede darse el caso de que pronto llegue a haber más escritores que lectores, si es que la proporción no se da ya.

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Las cartas de Paco

Llevo unos años acostumbrado a recibir, con frecuencia irregular pero constante, las cartas que Paco Camarasa envía desde Barcelona a sus clientes y amigos. No siempre me detenía a leerlas porque a veces la urgencia del momento le obliga a uno a postergar las cosas que realmente valen la pena. Eran mensajes de extensión variable en las que, tras una reflexión inicial que podía ser más o menos prolija en función del motivo y las circunstancias, su autor se embarcaba en una serie de recomendaciones. Aquello empezó siendo una especie de boletín de novedades por el filtro de la vieja correspondencia, pero terminó convirtiéndose en el diálogo de una sola voz que, pese a no obtener nunca respuesta, sabía que se la escuchaba desde el otro lado. Paco Camarasa es un tipo afable y fue durante años el buque insignia de Negra y Criminal, una librería especializada en el género policiaco que se ubicaba en un bajo de la Barceloneta y cuyas puertas cerraron hace no mucho, a causa de la crisis económica. Yo la conocí porque tuvo la gentileza de abrírmela en exclusiva, un año que me dio por acudir a la Ciudad Condal en pleno mes de agosto, y me llevé como recuerdo un libro de conversaciones con Manuel Vázquez Montalbán y un recetario con los platos que aparecían en las novelas protagonizadas por Pepe Carvalho. Tras la compra, me invitó a una espléndida paella que degustamos con morosidad a orillas del Mediterráneo. No volví por allí, pero sí me he reencontrado con Paco en unas cuantas ocasiones —bien en la Semana Negra de Gijón, bien en los fallos del Biblioteca Breve, en Barcelona— y he podido disfrutar de su jovialidad legendaria. El año pasado publicó su primer libro, Sangre en los estantes (Destino), en el que repasaba con tiento enciclopédico los conocimientos que atesora del noir y sus derivaciones (además de todo lo anterior, fue fundador y comisario del festival BCNegra, cargo el que le acaba de dar el relevo el escritor Carlos Zanón). Es un volumen que se lee con aprovechamiento y deleite, aunque hubiese preferido que se arrancara a escribir su autobiografía, sin duda mucho más sabrosa que cualquier anecdotario. Su lanzamiento, como es lógico, fue anunciado en una de sus cartas con gran alborozo. El mismo que empleaba al enumerar los autores de postín que esa temporada acudirían a firmar a su librería o desmenuzaba el menú de esos libros con mejillones que solía servir en el mediodía de los sábados.

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