Generación «Goonie»

Escuchaba hace unos días a Antonio Orejudo hablar de expiación generacional para referirse a los entresijos de su última novela, Los Cinco y yo (Tusquets). Reprocha Orejudo a su quinta que se quedara en tierra de nadie, emparedada entre los prohombres de la hornada anterior, encargada de capitanear la Transición, y quienes habríamos de venir después para, presuntamente, luchar por revertir los vicios ocultos del sistema. Sin embargo, lo que me resultó más interesante fue una reflexión que estableció a la hora de explicar su afición por las novelas de Enid Blyton: mientras sus hermanos mayores se habían iniciado en la lectura con las novelas de Verne o Salgari, protagonizadas por héroes aguerridos e intachables que cumplían sus objetivos con gallardía y valor, el joven Orejudo, y tantos otros de su edad, sentía que los cuatro chavales (y el perro) salidos de la imaginación de la controvertida escritora británica encarnaban de algún modo sus sueños y sus anhelos; le representaban, en suma, aunque sólo fuera por el hecho de tener su misma edad y padecer un aburrimiento similar en los veranos. No se trataba de conocer de primera mano las aventuras que pudiesen haber vivido otros. Se trataba de leer sobre aventuras que cualquiera podría experimentar, siempre que se encontrara en el lugar y el momento adecuados.

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Los editores

Participé hace unos días en una mesa redonda en la que me sentaron junto a un amplio abanico de escritores, de entre los cuales había tres o cuatro que se financiaban la publicación de sus propios libros. Cuando uno de ellos tomó la palabra, se calificó a sí mismo como un autor «libre e independiente», y sostenía esa definición en el hecho de que no sólo se encargaba de escribir las páginas que en aquel momento presentaba ante los lectores, sino que también se ocupaba de corregirlas, maquetarlas y hasta de buscar el diseño y la ilustración más adecuados para las cubiertas. Me pareció atisbar en esas palabras, muy celebradas por algunos de nuestros compañeros de tertulia y por una parte del público, una cierta desconfianza, quizá también algo de rencor, hacia la figura del editor y sus atribuciones. No se trata de algo nuevo, pero creo que sí se ha generalizado bastante desde que las nuevas plataformas de autoedición permiten que con sólo unos pocos clics cualquiera pueda sentir la emoción de convertirse en best-seller por un día. Del mismo modo que las redes sociales han hecho que se asuma la falacia de que cualquier opinión merece respeto por el simple hecho de quedar reflejada por escrito, la facilidad con que podemos convertir en libro cualquier cosa escrita en las horas ociosas de las tardes, aunque sea con prisas y a vuelapluma, ha propiciado un incremento de conciencias autorales. El fenómeno avanza tan rápido, y parece tan imparable, que puede darse el caso de que pronto llegue a haber más escritores que lectores, si es que la proporción no se da ya.

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Las cartas de Paco

Llevo unos años acostumbrado a recibir, con frecuencia irregular pero constante, las cartas que Paco Camarasa envía desde Barcelona a sus clientes y amigos. No siempre me detenía a leerlas porque a veces la urgencia del momento le obliga a uno a postergar las cosas que realmente valen la pena. Eran mensajes de extensión variable en las que, tras una reflexión inicial que podía ser más o menos prolija en función del motivo y las circunstancias, su autor se embarcaba en una serie de recomendaciones. Aquello empezó siendo una especie de boletín de novedades por el filtro de la vieja correspondencia, pero terminó convirtiéndose en el diálogo de una sola voz que, pese a no obtener nunca respuesta, sabía que se la escuchaba desde el otro lado. Paco Camarasa es un tipo afable y fue durante años el buque insignia de Negra y Criminal, una librería especializada en el género policiaco que se ubicaba en un bajo de la Barceloneta y cuyas puertas cerraron hace no mucho, a causa de la crisis económica. Yo la conocí porque tuvo la gentileza de abrírmela en exclusiva, un año que me dio por acudir a la Ciudad Condal en pleno mes de agosto, y me llevé como recuerdo un libro de conversaciones con Manuel Vázquez Montalbán y un recetario con los platos que aparecían en las novelas protagonizadas por Pepe Carvalho. Tras la compra, me invitó a una espléndida paella que degustamos con morosidad a orillas del Mediterráneo. No volví por allí, pero sí me he reencontrado con Paco en unas cuantas ocasiones —bien en la Semana Negra de Gijón, bien en los fallos del Biblioteca Breve, en Barcelona— y he podido disfrutar de su jovialidad legendaria. El año pasado publicó su primer libro, Sangre en los estantes (Destino), en el que repasaba con tiento enciclopédico los conocimientos que atesora del noir y sus derivaciones (además de todo lo anterior, fue fundador y comisario del festival BCNegra, cargo el que le acaba de dar el relevo el escritor Carlos Zanón). Es un volumen que se lee con aprovechamiento y deleite, aunque hubiese preferido que se arrancara a escribir su autobiografía, sin duda mucho más sabrosa que cualquier anecdotario. Su lanzamiento, como es lógico, fue anunciado en una de sus cartas con gran alborozo. El mismo que empleaba al enumerar los autores de postín que esa temporada acudirían a firmar a su librería o desmenuzaba el menú de esos libros con mejillones que solía servir en el mediodía de los sábados.

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Gastar en libros

El otro día una librera contaba en Twitter una anécdota de su establecimiento como ejemplo de que no todo es tristeza en un gremio más acostumbrado a los surrealismos varios —lo demuestra Néstor Villazón en su anecdotario No vuelva usted mañana (Dolmen)— que a las razones para la esperanza. Una mujer había entrado con su hijo en busca de algún volumen sobre el mundo clásico, un tema que apasionaba al chaval. La librera, licenciada en Historia, se puso a hablar con ellos en torno a leyendas, mitologías y demás cuestiones de la antigüedad, y madre e hijo, alborozados tras comprender que habían ido a parar al lugar correcto, acabaron protagonizando una singular y entretenida tertulia que se prolongó hasta que la mujer compró unos cuantos libros, por valor de 80 euros, para satisfacer las ansias lectoras de su vástago. La cosa habría quedado en un relato simpático y luminoso de no haber sido porque una tuitera hizo su irrupción para criticar que alguien pudiera llegar a gastarse 80 euros en libros y que una tercera, la librera en cuestión, se atreviese a alardear de ello. «Eso es clasismo», dictaminó, y se quedó tan ancha como sólo saben quedarse los poseedores de las verdades absolutas una vez que atinan a poner negro sobre blanco su formulación.

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Fármaco con olor a vid

El decimoctavo y último capítulo de En el estado, una de las novelas más peculiares de Juan Benet, lleva por título «Fármaco con olor a vid». Es un encabezamiento francamente llamativo, puesto que no hay en todo el texto pócima alguna que desprenda los aromas propios de los viñedos. A veces hay que jugar un poco para desentrañar determinadas claves. El profesor Francisco García Pérez lo hizo en su momento y dio con la solución del jeroglífico, que expuso en su libro Una meditación sobre Juan Benet, agotado sin que nadie hasta la fecha se haya planteado la necesidad de acometer una necesaria reedición: las letras que componen el sintagma «Fármaco con olor a vid», debidamente trastocadas, dan como fruto un enunciado tan explícito como retórico, «Cómo olvidar a Franco». Benet había publicado esas novela en 1977, dos años después de muerto el dictador, y la cuestión era pertinente. Cuarenta años después, este país propenso a la esquizofrenia donde las condecoraciones a las vírgenes son unas veces reminiscencias del viejo fascio y otras simpáticas concesiones a la voluntad del pueblo, sigue cabalgando a lomos del caballo de Guernica, con las fosas comunes esperando que alguien tenga la decencia de purgar su pasado de ignominia y el Valle de los Caídos convertido en un panteón decrépito al que acuden con sus pleitesías un puñado de nostálgicos trasnochados.

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