Gastar en libros

El otro día una librera contaba en Twitter una anécdota de su establecimiento como ejemplo de que no todo es tristeza en un gremio más acostumbrado a los surrealismos varios —lo demuestra Néstor Villazón en su anecdotario No vuelva usted mañana (Dolmen)— que a las razones para la esperanza. Una mujer había entrado con su hijo en busca de algún volumen sobre el mundo clásico, un tema que apasionaba al chaval. La librera, licenciada en Historia, se puso a hablar con ellos en torno a leyendas, mitologías y demás cuestiones de la antigüedad, y madre e hijo, alborozados tras comprender que habían ido a parar al lugar correcto, acabaron protagonizando una singular y entretenida tertulia que se prolongó hasta que la mujer compró unos cuantos libros, por valor de 80 euros, para satisfacer las ansias lectoras de su vástago. La cosa habría quedado en un relato simpático y luminoso de no haber sido porque una tuitera hizo su irrupción para criticar que alguien pudiera llegar a gastarse 80 euros en libros y que una tercera, la librera en cuestión, se atreviese a alardear de ello. «Eso es clasismo», dictaminó, y se quedó tan ancha como sólo saben quedarse los poseedores de las verdades absolutas una vez que atinan a poner negro sobre blanco su formulación.

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Fármaco con olor a vid

El decimoctavo y último capítulo de En el estado, una de las novelas más peculiares de Juan Benet, lleva por título «Fármaco con olor a vid». Es un encabezamiento francamente llamativo, puesto que no hay en todo el texto pócima alguna que desprenda los aromas propios de los viñedos. A veces hay que jugar un poco para desentrañar determinadas claves. El profesor Francisco García Pérez lo hizo en su momento y dio con la solución del jeroglífico, que expuso en su libro Una meditación sobre Juan Benet, agotado sin que nadie hasta la fecha se haya planteado la necesidad de acometer una necesaria reedición: las letras que componen el sintagma «Fármaco con olor a vid», debidamente trastocadas, dan como fruto un enunciado tan explícito como retórico, «Cómo olvidar a Franco». Benet había publicado esas novela en 1977, dos años después de muerto el dictador, y la cuestión era pertinente. Cuarenta años después, este país propenso a la esquizofrenia donde las condecoraciones a las vírgenes son unas veces reminiscencias del viejo fascio y otras simpáticas concesiones a la voluntad del pueblo, sigue cabalgando a lomos del caballo de Guernica, con las fosas comunes esperando que alguien tenga la decencia de purgar su pasado de ignominia y el Valle de los Caídos convertido en un panteón decrépito al que acuden con sus pleitesías un puñado de nostálgicos trasnochados.

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Mala hierba

El lunes pasado asesinaron en Sinaloa al periodista Javier Valdez Cárdenas. Un hombre le cortó el paso con una furgoneta, se apeó del vehículo y disparó contra él a bocajarro hasta que le arrebató la vida. El suceso impacta porque Javier Valdez Cárdenas era periodista, es decir, un tipo que se limita a contar lo que pasa aunque lo que pasa no guste a quienes provocan que pase, y porque no es justo que nadie que se dedica a un oficio que tiene un poco de voluntariado inconsciente y un poco de servicio público termine así sus días. A mí me impactó aún más por una razón muy sencilla: tuve ocasión de conocer hace unos años a Javier Valdez Cárdenas. La casualidad le puso en mi camino y, aunque no llegamos a intimar mucho, sí le traté lo suficiente como para admirarme por el osado coraje de esa gente capaz de jugarse el cuello por unos pocos pesos a cambio de ejercer el deber moral de relatar la verdad a todos aquellos que quieran escucharla.

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Ecos del 34

Durante mucho tiempo la Revolución del 34 constituyó un pozo negro en la historiografía. La represión y el silencio impuestos por el régimen franquista tras su apabullante triunfo de 1939 llevó a que el relato de lo que sucedió en los escasos días que se mantuvo en pie lo que se ha dado en llamar la «comuna asturiana» se construyera a partir de confidencias a media voz y evocaciones de veracidad dudosa que nadie tenía ocasión de contrastar. Tuvo que llegar la democracia para que, al fin, se abriera la posibilidad de arrojar algo de luz sobre aquel episodio histórico que supuso, entre otras cosas, el debut de Francisco Franco en las tareas de exterminio que luego le proporcionarían merecida fama. A este respecto, puede que no esté suficientemente señalado —o que haya caído inmerecidamente en el olvido— el trabajo ímprobo que realizó Paco Ignacio Taibo II cuando, al final de la década de 1970, empleó un par de años en recorrer la cuenca minera asturiana a la caza y captura de testimonios y fuentes documentales que permitiesen reconstruir aquellos fogosos pasos perdidos. De su entrega quedó constancia en una obra magna que llevó por título Asturias 1934 y que publicó, en dos tomos, el recordado Silverio Cañada. Era difícil dar con él, a no ser que uno frecuentara durante el mes de julio los puestos de segunda mano de la Semana Negra de Gijón, y por eso algunos celebramos mucho que el grupo Planeta se aviniera a rescatarlo, a través del sello Crítica y esta vez en un solo tomo, con el título Asturias, octubre 1934. Decir que se trata de una reedición sería mentir, porque para su relanzamiento el propio Taibo se ocupó de revisar el texto, incorporar descubrimientos realizados tras su primer trabajo de campo y aumentar considerablemente el aparato crítico.

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Final feliz

Las novedades editoriales se suceden a un ritmo tan endiablado que resulta difícil no ya estar al tanto de lo último, sino llegar a enterarse de que han aparecido en los estantes de las librerías títulos francamente interesantes. Si eso es molesto como lector, no digamos cuando uno se dedica a glosar los asuntos del mundillo y se le supone, por tanto, un conocimiento más o menos pormenorizado del mismo. No es raro que, con toda esta vorágine, acaben saliendo los artículos a medias. Siempre hay un libro que no se conoce, un autor al que no se le prestó la atención debida, editoriales que no nos suenan ni por aproximación y cuyo catálogo, sin embargo, cobija joyas de las que convendría haber estado más pendientes. Es rara la sensación, a medio camino entre el enfado y la culpa, que acecha al descubrir que se ha pasado por alto algo que no debimos descuidar. Por suerte, en ocasiones se está a tiempo de remediar, siquiera parcialmente, los desajustes propiciados por el olvido o la ignorancia.

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