Generación «Goonie»

Escuchaba hace unos días a Antonio Orejudo hablar de expiación generacional para referirse a los entresijos de su última novela, Los Cinco y yo (Tusquets). Reprocha Orejudo a su quinta que se quedara en tierra de nadie, emparedada entre los prohombres de la hornada anterior, encargada de capitanear la Transición, y quienes habríamos de venir después para, presuntamente, luchar por revertir los vicios ocultos del sistema. Sin embargo, lo que me resultó más interesante fue una reflexión que estableció a la hora de explicar su afición por las novelas de Enid Blyton: mientras sus hermanos mayores se habían iniciado en la lectura con las novelas de Verne o Salgari, protagonizadas por héroes aguerridos e intachables que cumplían sus objetivos con gallardía y valor, el joven Orejudo, y tantos otros de su edad, sentía que los cuatro chavales (y el perro) salidos de la imaginación de la controvertida escritora británica encarnaban de algún modo sus sueños y sus anhelos; le representaban, en suma, aunque sólo fuera por el hecho de tener su misma edad y padecer un aburrimiento similar en los veranos. No se trataba de conocer de primera mano las aventuras que pudiesen haber vivido otros. Se trataba de leer sobre aventuras que cualquiera podría experimentar, siempre que se encontrara en el lugar y el momento adecuados.

Me parece una cuestión interesante porque ha sido precisamente la generación de Orejudo la que primero, y quizá con más fuerza, rompió el muro invisible que venía separando —por norma general: nada es nunca demasiado nuevo en el arte y ahí está la Niebla de Unamuno como ejemplo recurrente de que hasta los noventayochistas fueron en ocasiones más modernos que muchos de los que se jactan de serlo— al autor de su propia obra, forzando un salto de la tercera a la primera persona del singular en el que ha venido abundando la siguiente quinta y que podemos decir que conforma hoy por hoy una tendencia mayoritaria, si no claramente dominante, en el ámbito de nuestras letras. Se ha escrito mucho acerca del descrédito de la ficción en la literatura, relacionándolo a menudo con las nuevas tecnologías que han venido llegando para instaurar narratividades que eran desconocidas hasta el momento de su irrupción. La generación de Orejudo fue la primera que creció bajo un influjo creciente de las pantallas, las del cine y la televisión; la que llegó después comenzó a conocer los videojuegos, que no sólo permitían habitar temporalmente en un universo de ficción, sino que además ofrecían la posibilidad de modificarlo e intervenir en él sobre la marcha, sin otro límite que el que marcara la pericia de cada jugador. Recuerdo que, también por aquellos años, se pusieron de moda unos libros que, bajo el epígrafe Elige tu propia aventura, permitían que el lector fuese dirigiendo la trama según su conveniencia, siempre en función de las distintas opciones que se ponían a su alcance. Tuvo que ser por la fecha en que los primeros ordenadores hacían su entrada en los hogares españoles, y en que se llevaban a cabo esos experimentos de lectura interactiva, cuando se estrenó Los Goonies, aquella simpática película, luego devenida en mito generacional, en la que un grupo de preadolescentes encontraba un tesoro enterrado en su pueblo con el que evitaban que sus casas se encontraran con la piqueta. Si en las novelas de Blyton los Cinco vivían aventuras autoconclusivas y estancas, esto es, que se agotaban en sí mismas sin llegar a modificar sustancialmente nada de lo que se extendía alrededor, en Los Goonies una meditada mezcla de valor y casualidad propiciaba que la acción de unos pocos zagales cambiara (para mejor) la vida de todo un vecindario. Los jóvenes de entonces ya no quisieron ser John Silver ni Willy el Tuerto, sino desenvolverse dentro de su propio ámbito en el tiempo que les correspondía, aunque fuese para desentrañar lo que de oculto pudiera quedar en el pasado. El juego ya no consistía en recrear los pasos de otros, sino en crear caminos propios y situarse en ellos e ir relatando lo que depara la andadura. Como si, paradójicamente, la ficción necesitara legitimarse con la verosimilitud que confiere la presencia en ella de quien la urde. Como si limitarse a contar historias, autoexcluyéndose uno mismo del tablero, fuese ya cosa del siglo pasado.

[El Cuaderno, 30 de junio de 2017]

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s