Los editores

Participé hace unos días en una mesa redonda en la que me sentaron junto a un amplio abanico de escritores, de entre los cuales había tres o cuatro que se financiaban la publicación de sus propios libros. Cuando uno de ellos tomó la palabra, se calificó a sí mismo como un autor «libre e independiente», y sostenía esa definición en el hecho de que no sólo se encargaba de escribir las páginas que en aquel momento presentaba ante los lectores, sino que también se ocupaba de corregirlas, maquetarlas y hasta de buscar el diseño y la ilustración más adecuados para las cubiertas. Me pareció atisbar en esas palabras, muy celebradas por algunos de nuestros compañeros de tertulia y por una parte del público, una cierta desconfianza, quizá también algo de rencor, hacia la figura del editor y sus atribuciones. No se trata de algo nuevo, pero creo que sí se ha generalizado bastante desde que las nuevas plataformas de autoedición permiten que con sólo unos pocos clics cualquiera pueda sentir la emoción de convertirse en best-seller por un día. Del mismo modo que las redes sociales han hecho que se asuma la falacia de que cualquier opinión merece respeto por el simple hecho de quedar reflejada por escrito, la facilidad con que podemos convertir en libro cualquier cosa escrita en las horas ociosas de las tardes, aunque sea con prisas y a vuelapluma, ha propiciado un incremento de conciencias autorales. El fenómeno avanza tan rápido, y parece tan imparable, que puede darse el caso de que pronto llegue a haber más escritores que lectores, si es que la proporción no se da ya.

Lo preocupante del asunto, a mi entender, es el menosprecio o la indiferencia con los que esos autores que piensan que sus escritos merecen ser publicados y leídos suelen referirse a los editores y a su papel en el discurrir de la literatura. Es cierto que el gremio ha adquirido vicios, que hay editores que ni siquiera dan acuse de recibo de los manuscritos que llegan a sus manos y que, cuando lo hacen, la espera hasta obtener la aprobación o el rechazo definitivo suele ser larga y tensa. Pero también es verdad que ningún buen libro se ha quedado jamás sin editor, por modesto o minúsculo que éste sea, y que por norma general los editores siempre han contribuido a mejorar los textos que han caído entre sus manos, cuando no a evitar que grandes bodrios acabaran llegando a las librerías. Es ésta una cuestión más importante de lo que se piensa: el editor es la única persona capaz de interpretar el texto desde un terreno que no rehúye la implicación (puesto que va a invertir su dinero en la publicación), pero que se encuentra desprovisto de cualquier clase de componente emocional (porque él no lo ha escrito y tiene la capacidad de abordarlo como algo ajeno e indoloro). Es quien con más solvencia detecta, por lo tanto, sus excesos y sus carencias, sus aciertos y sus fracasos, sus virtudes y sus miserias. También quien más y mejor puede aleccionar al autor en los entresijos de un proceso que se desarrolla siempre en absoluta soledad, y que, por muchas fotos y mucha prosa que se derroche en Facebook, tiene bien poco de glamuroso. Hubo un editor que durante un tiempo no sólo rechazó sistemáticamente todo cuanto yo le enviaba, sino que me hizo las críticas más directas y descarnadas que he recibido nunca. Pasados los años, terminó convirtiéndose en el tipo con el que más libros he publicado. No tengo ninguna duda de que escribiría mucho peor si en su momento no hubiera comenzado a fiarme de sus reprimendas y sus observaciones. Si hubiese optado por odiar a muerte a quien se mostraba incapaz de valorar mi talento inconmensurable en vez de pensar que al fin y al cabo él podía tener razón y que quizá yo debía aprender unas cuantas cosas antes de proseguir con el empeño. No sé si eso hará que los autores libres e independientes vean en mí a un escritor cautivo y lacayo. Sí sé que estoy muy orgulloso de haber encontrado siempre editores que entendieron que mis libros eran también un poco suyos, y que con esa convicción trabajaron a mi lado para darles forma y mejorarlos.

[El Cuaderno, 23 de junio de 2017]

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