Joaquín Sabina, una noche de verano

No sé si lo sabe mucha gente, pero la canción «19 días y 500 noches» se escuchó en directo por primera vez en la plaza de toros de El Bibio. Recuerdo que era el 2 de agosto de 1999 y que era lunes, y también que el anuncio del concierto nos cogió a todos por sorpresa. No había disco nuevo y, sin embargo, Sabina iba a comparecer en la ciudad para no se sabía muy bien qué. Todo tuvo aquella noche un aire de ensayo general. Los decorados estaban a medio montar —en realidad, se limitaban a un reloj coronado con un rótulo que nos situaba virtualmente en la estación de Linares-Baeza— y las interpretaciones no siempre parecían ajustarse adecuadamente al guion. Por esas razones, y porque los directos casi nunca son el mejor lugar para percatarse de ciertas cosas, no nos dimos cuenta hasta algunos meses más tarde de que los 5.000 privilegiados que en aquella velada veraniega nos dimos cita en el coso gijonés fuimos los primeros en escuchar el que la crítica reconoce de manera unánime como el mejor disco de Sabina. También como uno de los mejores álbumes que se han publicado en España a lo largo del último medio siglo.

Cuento esto porque cuando anoche Joaquín Sabina arrancó a su guitarra las primeras notas de «19 días y 500 noches», yo recordé aquel otro concierto. Acababa de cumplir entonces la mayoría de edad y ahora ando ya cerca de los cuarenta. También él está más ronco, más viejo y más cansado que entonces, pero presume del mismo dominio de la escena y sabe mantener a raya sus propias limitaciones. Si en aquella noche lejana yo saqué las entradas sin demasiado preámbulo, en esta ocasión me lo pensé mucho antes de asistir al concierto de la Laboral. Llevaba unos siete años sin verle en vivo y en directo, no me habían apasionado ninguno de los discos que fue sacando en esta última década y aunque el último, Lo niego todo, devuelva una de las mejores versiones que jamás ha dado de sí mismo, no sabía si era razón suficiente para asumir el riesgo. No hay nada peor que desencantarse ante los viejos ídolos, porque es en esos trances cuando uno asume la conclusión irrefutable —y no es culpa suya, sino nuestra— de que el tiempo, implacable, nos vence y pasa.

Pero todo se le perdona a quien tanto ha dado. Y recordé que el primer casete que compré con mi dinero fue el Mentiras piadosas, allá por 1990; que el vinilo que inauguró la cadena musical que mis padres se trajeron a casa en 1991 fue su directo con Viceversa. Que le tuve delante por vez primera en las fiestas de San Juan, en Mieres, allá por 1993, cuando andaba el país descubriendo que en una sola canción nos podían dar las diez y las once, las doce y la una, y las dos, y las tres. Que estuve presente cuando dio su célebre gatillazo acústico en el teatro Jovellanos, la noche en que a la sexta canción se le apagó la voz y tuvo que abandonar, avergonzado, el escenario. Que también asistí a su gloriosa y eléctrica redención de primavera en un Palacio de los Deportes lleno hasta la bandera para redimir al hijo pródigo. Que por en medio y más allá quedaron fabulosas noches de verano de las que salíamos con el corazón palpitante y el alma reconfortada.

Era demasiado bagaje como para hacerse el longuis. Y aunque uno acuda pertrechado de un arsenal de precauciones, los ídolos son ídolos porque rara vez defraudan. Entre Sabina y Gijón hay establecida, además, una rara sociedad de afectos mutuos. ¿Cómo no va uno a rendirse ante un puñado de canciones como las que ha venido componiendo en este año último junto a sus cómplices de letra y música? ¿Cómo no va a ser indulgente con quien ha escrito algunas letras que le han venido acompañando durante toda su vida? ¿Cómo resistir el empuje de la lágrima, el estremecimiento agradecido, cuando empieza a sonar «Peces de ciudad», o cuando desfilan por las pantallas los ilustres espectros de Chavela Vargas y José Alfredo Jiménez? ¿Cómo no sobrecogerse ante el espectáculo de 6.000 almas deambulando por el bulevar de los sueños rotos de la mano de un flaco con bombín? ¿Cómo no caer de hinojos ante joyas del calibre de «Una canción para la Magdalena», «Ruido», «Y sin embargo» o «Contigo»? Alguien dijo una vez que Sabina ha vivido, o dice que ha vivido, todo lo que nosotros, secretamente, querríamos vivir. Puede que algo de eso haya en el hecho de que veladas como la de ayer se acaben volviendo inolvidables. Al fin y al cabo, ¿quién no querría reventar a pedradas los cristales de cualquier banco para vengarse del sabor amargo que nos queda cuando se desvanecen los sueños de las noches de verano?

Sabina_Gijón

[Foto: Joaquín Pañeda / El Comercio]

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