El alemán y la muerte

Con padecer ellos las peores consecuencias del hundimiento del Prestige, no fue el sufrimiento de los pescadores gallegos lo que más me impactó en aquellos días invernales en los que asistía, desde Madrid y a través de los periódicos, a la tragedia que se estaba desencadenando en las costas coruñesas, tan próximas a mí en lo geográfico y en lo sentimental. Tampoco el lamento agónico de las aves a las que veíamos luchar, inútilmente, para desprenderse del chapapote que tenían adherido a sus plumas. Lo que más me conmovió fue la historia de Manfred Gnädinger, de quien apenas se volvió a hablar después y cuya estampa, dotada acaso de un romanticismo un tanto trasnochado, pero también sincero, metaforizó mejor que ninguna otra el significado profundo de la catástrofe.

Manfred había nacido en Alemania en 1936 y estudiado arte en Italia. Conoció Galicia en 1962, cuando los avatares de su vida nómada le condujeron al pueblo de Camelle por las fechas en que se celebraban allí las fiestas del Espíritu Santo. Decidió quedarse para siempre en la Costa da Morte, donde instaló su casa y fue armando, paso a paso, un museo en torno a sus propias esculturas. Un lugar inesperado y mágico del que se sintieron orgullosos sus convecinos y cuyos rincones pudieron admirar los visitantes hasta que una buena parte de las obras que albergaba quedaron destrozadas en aquel fatídico noviembre de 2002, cuando el Prestige se rompió en dos y el petróleo salió de las bodegas y se extendió como una mancha de ignominia por las aguas atlánticas hasta empañar las mismas costas de Camelle. Dicen que Manfred no pudo resistirlo, y cuando murió, apenas unos días más tarde, todos supieron que sus fuerzas habían flaqueado a causa de la pena. Que no fue capaz de sobreponerse a la patética imagen que componían sus paisajes y sus creaciones bañadas en una negritud premonitoria. Que entendió que el luto de las playas había acudido para anticipar el suyo propio, y que antes de resignarse a sobrevivir con una frustración perpetua había preferido entregarse, sin más, a su destino.

No volvió a hablarse de Manfred en ningún sitio. Hoy, al buscar algo de información sobre lo que quedó en pie de su legado, acabo de enterarme de que una pequeña parte de su frágil museo de maravillas sobrevivió hasta que, el 9 de noviembre de 2010, un fuerte temporal acabó de llevárselo todo por delante. Como si a la propia naturaleza le pesara seguir encontrándose con unos vestigios en los que aún latían la rabia y el dolor de aquellas semanas oprobiosas y hubiese decidido buscar, ella también, el consuelo en el olvido.

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