En el verano de 1935, el poeta Luis Cernuda pasó unos días en Santiniebla. De aquella estancia, documentada hace unos meses por el periodista Chus Neira en un amplio y magnífico reportaje, surgió un relato que yo leí en un volumen publicado por la editorial Renacimiento a principios de este siglo y que, aunque constituye una obra menor dentro del portentoso corpus cernudiano, consigue dibujar una de esas fascinantes atmósferas que no despreciaría el mejor Poe. Santiniebla era, en palabras del escritor, un lugar inhóspito, sometido a las inclemencias de un clima devastador y aquejado de la soledad mortecina y rutinaria de las provincias remotas. Se sabe que Cernuda, que escribió el cuento dos años después de visitar el pueblo, no regresó jamás a Santiniebla. Se intuye, con la lectura de su texto, que las jornadas que pasó allí no sólo no le resultaron memorables, sino que quedaron almacenadas de inmediato en ese rincón de la memoria donde encerramos todo aquello que preferiríamos olvidar.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).