En Santiniebla

En el verano de 1935, el poeta Luis Cernuda pasó unos días en Santiniebla. De aquella estancia, documentada hace unos meses por el periodista Chus Neira en un amplio y magnífico reportaje, surgió un relato que yo leí en un volumen publicado por la editorial Renacimiento a principios de este siglo y que, aunque constituye una obra menor dentro del portentoso corpus cernudiano, consigue dibujar una de esas fascinantes atmósferas que no despreciaría el mejor Poe. Santiniebla era, en palabras del escritor, un lugar inhóspito, sometido a las inclemencias de un clima devastador y aquejado de la soledad mortecina y rutinaria de las provincias remotas. Se sabe que Cernuda, que escribió el cuento dos años después de visitar el pueblo, no regresó jamás a Santiniebla. Se intuye, con la lectura de su texto, que las jornadas que pasó allí no sólo no le resultaron memorables, sino que quedaron almacenadas de inmediato en ese rincón de la memoria donde encerramos todo aquello que preferiríamos olvidar.

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Encuentro en Place d’Espagne

Había madrugado mucho para aprovechar las primeras horas del día antes de que el reloj me obligara a emprender mis obligaciones laborales, y estaba regresando ya al hotel cuando me los encontré de improviso. Sancho y don Quijote, don Quijote y Sancho, contemplaban encaramados a un pedestal de hormigón el perfil de la vieja Bruselas y también el estupor que me invadió al verlos allí, en el límite de una plaza grisácea y desolada que luego supe que llevaba el nombre de España; aislados del bullicio que domina las zonas álgidas de la capital de Europa; solitarios bajo un cielo encapotado y hostil que aún no había sabido desprenderse de las tinieblas de la noche.

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Manneken Pis

Como todo el mundo, conocía bien el icono. Igual que muchos, desconocía la leyenda que acabó engendrándolo. Se cuenta que unos cuantos siglos atrás, en una de aquellas guerras que se desataban en remotos tiempos por causas que ya han quedado olvidadas, un niño desactivó un explosivo que amenazaba con segar su vida y la de sus familiares siguiendo el sencillo método de orinar sobre su mecha. Los bruselenses, agradecidos, quisieron inmortalizar su hazaña erigiéndole una estatua que iba a acabar convirtiéndose, sobre todo después de que unos gamberros la robasen en la década de los sesenta, en el que posiblemente sea el principal icono de la ciudad, aún más que el espectacular Atomium que alza su imponente estructura molecular a las afueras de la urbe.

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Grand Place

La he visto con las luces más madrugadoras del alba, cuando sólo la habitaba el tráfago rutinario y algo hostil de los camiones de reparto, y también con el atardecer y en esos instantes ya algo canallas que preceden a la medianoche. He visto cómo la luz moldeaba los contornos de sus bellísimas fachadas, y por eso puedo decir que la Grand Place es uno de esos lugares que poseen la extraña cualidad de embrujar al visitante hasta abducirlo. De despojarle de su condición de forastero para instalarle en la convicción de que él también puede llegar perfectamente a formar algún día parte de ella. De que entre sus cuatro esquinas tiene cabida cualquiera, porque hay lugares que sólo son patrimonio de sí mismos y, en consecuencia, saben bien cómo evitar la aburridísima monserga de los himnos y las patrias.

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Bruselas

Hemos llegado a Bruselas a unas horas que en España aún serían tempranas, pero que aquí marcan el momento del primer toque de retirada. Nos hemos desplazado desde el aeropuerto a la estación central, y luego hemos venido caminando desde allí hasta el hotel. Un trayecto de tres cuartos de hora en el que la noche prematura sólo nos ha permitido entrever contornos difusos del perfil de una ciudad convertida, por esos confusos caprichos de la geopolítica, en el corazón administrativo del viejo continente.

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