Manneken Pis

Como todo el mundo, conocía bien el icono. Igual que muchos, desconocía la leyenda que acabó engendrándolo. Se cuenta que unos cuantos siglos atrás, en una de aquellas guerras que se desataban en remotos tiempos por causas que ya han quedado olvidadas, un niño desactivó un explosivo que amenazaba con segar su vida y la de sus familiares siguiendo el sencillo método de orinar sobre su mecha. Los bruselenses, agradecidos, quisieron inmortalizar su hazaña erigiéndole una estatua que iba a acabar convirtiéndose, sobre todo después de que unos gamberros la robasen en la década de los sesenta, en el que posiblemente sea el principal icono de la ciudad, aún más que el espectacular Atomium que alza su imponente estructura molecular a las afueras de la urbe.

El Manneken Pis (literalmente, «niño que mea»), desde luego, gana en antigüedad a la escultura futurista que fue símbolo de la exposición universal de 1958. En los archivos de la catedral de San Miguel y Santa Gúdula se guarda un texto de 1388 en el que se menciona por primera vez el monumento a tan peculiar héroe infantil, que al parecer sufrió varios hurtos y acabó siendo sustituido por una estatuilla de bronce tallada por el maestro Duquesnoy el Viejo. Los vecinos la protegieron de los bombardeos franceses a finales del siglo XVII, del mismo modo que los madrileños protegieron la fuente de la Cibeles durante el asedio franquista, y desde entonces permanece en el mismo lugar, una recoleta esquina a espaldas del ayuntamiento, recibiendo impasible a los visitantes que acuden a su rincón en busca de la consabida foto que deje constancia de su peripecia bruselense.

Pero hay un dato que no todos conocen: igual que toda tesis tiene su antítesis y no hay protagonista que no disponga de un antagonista a su medida, también el Manneken Pis tiene una réplica que no suele figurar en las guías y que, acaso más pudorosa por su condición femenina, no se muestra con tanta facilidad ante los ojos de los viajeros. La Jeanneke Pis, que en el dialecto de Bruselas significa «niña que orina», tiene su propia fuente, mucho más modesta, en un recoveco del Impasse de la Fidélité, muy cerca de la populosa Rue des Bouchers, a espaldas de la Grand Place. Y aunque su interés es mucho menor, fue esculpida en 1985 e inaugurada oficialmente dos años más tarde, no deja de poner un gracioso contrapunto a la a veces ominosa popularidad de su compañero, cuya efigie se reproduce hasta el cansancio en bares, tiendas de recuerdos y reclamos publicitarios. La Jeanneke Pis, más discreta y menos ególatra, ni siquiera confía en la amabilidad de los desconocidos: una gruesa verja la protege de los transeúntes que recorren el callejón donde se abre su hornacina. Como si nos dijese que, pese a las apariencias, también el exhibicionismo ha de tener sus límites.

manneken

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