Tengo la impresión de que antes, al menos, quienes debían dar apariencia de sensatez y coherencia se molestaban en guardar las formas. Quiero decir que, aunque no les adornaran precisamente las cualidades necesarias para el correcto desarrollo de sus funciones, procuraban fingir un decoro o una altura de miras que les proporcionaban una cierta aura de respetabilidad con la que camuflaban sus carencias. Parece, no obstante, que también eso se ha perdido. Lo pensé tras ver ayer la entrevista que publicó El Mundo con Cristóbal Montoro y en la que éste se prodiga en exclamaciones soeces y expresiones tabernarias para dar cuenta de sus dos años al frente del Ministerio de Hacienda. Son muchas las perlas que deja el señor ministro, pero entre todas ellas hay una que estremece tanto por la nula contención con que la formula como por las perversas connotaciones que subyacen en el fondo del tema que se trata.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).