Guardar las formas

Tengo la impresión de que antes, al menos, quienes debían dar apariencia de sensatez y coherencia se molestaban en guardar las formas. Quiero decir que, aunque no les adornaran precisamente las cualidades necesarias para el correcto desarrollo de sus funciones, procuraban fingir un decoro o una altura de miras que les proporcionaban una cierta aura de respetabilidad con la que camuflaban sus carencias. Parece, no obstante, que también eso se ha perdido. Lo pensé tras ver ayer la entrevista que publicó El Mundo con Cristóbal Montoro y en la que éste se prodiga en exclamaciones soeces y expresiones tabernarias para dar cuenta de sus dos años al frente del Ministerio de Hacienda. Son muchas las perlas que deja el señor ministro, pero entre todas ellas hay una que estremece tanto por la nula contención con que la formula como por las perversas connotaciones que subyacen en el fondo del tema que se trata.

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Memoria de la nieve

Nunca he visto nevar en diciembre sobre ninguna de las ciudades donde he vivido, pero siempre asocio el último mes del año, acaso porque los imaginarios acaban por tener más peso que la propia experiencia, a las estampas que compone la nieve cuando extiende su blancura inverosímil sobre nuestros paisajes cotidianos. En la infancia, la nieve tenía siempre algo de gozoso e inesperado. Uno se levantaba por la mañana, subía la persiana para comprobar que había llegado la del alba y se encontraba, de pronto, con que su aparición durante la noche había trastocado la rutina con etérea sutileza. Eran aquéllas, no hace falta decirlo, jornadas de felicidad: siempre había algún profesor que no acudía a dar sus clases, la hora del recreo solía extenderse más de lo reglamentario y a la entrada y a la salida de la escuela se formaban bulliciosos tumultos que irremediablemente desembocaban en una guerra de bolas cuya peor consecuencia iba a ser, como mucho, un resfriado. Esa magia de la nieve, no sé por qué, la vamos olvidando a medida que nos hacemos adultos y lo que era dicha se va convirtiendo, poco a poco, en un engorro: hay que abrigarse más, revisar las ruedas del coche, tener cuidado de no resbalar si uno va caminando con prisa al trabajo. De vez en cuando, miramos de soslayo a un grupo de niños que intenta levantar un muñeco en una esquina y esbozamos una sonrisa no sé si de melancolía por lo que ya no volveremos a ser o de condescendencia hacia quienes, más tarde o más temprano, se convertirán en lo que somos nosotros.

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Fármaco con olor a vid

La muerte de Alfonso Armada, el más que probable cabecilla de la conspiración golpista del 23-F, ha coincidido en el tiempo con un siniestro revival del imaginario franquista propiciado por un libro que pretende desvelar las claves de la vida sexual del dictador y adornado con los más pintorescos debates en torno a su vida, su labor y su legado que no han hecho más que poner de manifiesto la profundidad de las trincheras que empezaron a cavarse en la península el 18 de julio de 1936 y que nunca hemos conseguido cerrar del todo. Hace un par de semanas, en uno de esos programas nocturnos que se han puesto de moda los fines de semana, un tipo cuyo nombre no recuerdo se definía a sí mismo, no sin orgullo, como «franquista de toda la vida». Sólo unos pocos días atrás hemos sabido del fallecimiento del hombre que regentó durante décadas en Despeñaperros un bar que siempre estuvo engalanado con diversos oropeles preconstitucionales que él había dispuesto allí a mayor gloria del difunto general. Ni en uno ni en otro caso pareció asombrarse demasiado una ciudadanía que ha terminado por aceptar como normal lo que en cualquier otro país civilizado considerarían, siendo benévolos, una anomalía peligrosa.

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Un país extranjero

Cuando era niño, tanto que ni siquiera tenía uso de razón, viví durante algunos meses en un pueblo sepultado entre montañas al que no había vuelto nunca. El azar quiso conducirme ayer, por primera vez, hasta sus proximidades, y aproveché una pequeña tregua del reloj para detenerme a pasear unos minutos por sus calles. No guardo memoria alguna de los meses que pasé avecindado en él. Sólo algunas viejas fotos que me muestran en los brazos de mi madre y en las que aquel lugar aparece como un suave telón de fondo. Nunca hubo nada allí que nos concerniera realmente ni a mí ni a los míos, y por eso nunca nos asaltaron ni la necesidad imperiosa de volver ni la tentación de revisitar viejas andanzas al calor de una nostalgia que sólo hubiese podido ser fingida.

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Lispoeta

Mi amigo Miguel Mingotes me ha hecho un regalo excepcional. Se trata de una de las intervenciones fotográficas que vertebran buena parte de las exposiciones que ha venido celebrando en los últimos años y que también publica, semanalmente, en prensa. La obra que ha querido dejar en mis manos pivota sobre una de las fotos más conocidas y reconocibles de Fernando Pessoa, aquélla que muestra al poeta paseando solitario por una calle de la Baixa, no se sabe si yendo o volviendo del café Martinho da Arcada, que aún sigue abierto en los soportales de la Praça do Comércio. Bajo la imagen, una simple palabra, Lispoeta, alcanza a definir con proverbial exactitud el significado más íntimo del personaje al que retrata.

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