Guardar las formas

Tengo la impresión de que antes, al menos, quienes debían dar apariencia de sensatez y coherencia se molestaban en guardar las formas. Quiero decir que, aunque no les adornaran precisamente las cualidades necesarias para el correcto desarrollo de sus funciones, procuraban fingir un decoro o una altura de miras que les proporcionaban una cierta aura de respetabilidad con la que camuflaban sus carencias. Parece, no obstante, que también eso se ha perdido. Lo pensé tras ver ayer la entrevista que publicó El Mundo con Cristóbal Montoro y en la que éste se prodiga en exclamaciones soeces y expresiones tabernarias para dar cuenta de sus dos años al frente del Ministerio de Hacienda. Son muchas las perlas que deja el señor ministro, pero entre todas ellas hay una que estremece tanto por la nula contención con que la formula como por las perversas connotaciones que subyacen en el fondo del tema que se trata.

«No hay alternativa», dice Montoro refiriéndose a la posibilidad de que el PSOE gane las próximas elecciones, «porque si vuelven los otros perderemos todo lo ganado… Los mercados no son gilipollas». Salta a la vista, irremediablemente, el tono procaz de la contestación, más propio de quien se entrega a una digresión sin complicaciones al pie de cualquier barra de bar que de una persona que ostenta altas responsabilidades, cobra por ello y está obligado a rendir cuentas ante la ciudadanía a la que se supone que sirve. Sin embargo, hay algo mucho más terrible en esa frase, el reconocimiento directo y sin ambages de que son los agentes económicos, y no las personas que acuden cada cuatro años a las urnas con su voto, quienes deciden el caótico devenir de las democracias occidentales. «No sea tonto», parece querer decirle realmente el ministro al periodista, «¿cómo van a permitir quienes mandan en realidad, quienes de verdad importan y a quienes les estamos facilitando sin rechistar aquello que nos piden, que nos ganen nuestros adversarios, ahora que están tan contentos con nosotros?». Y todo esto aderezado con risitas macarriles (ese «jejejejeje» que con tanto tino transcribe el entrevistador), salidas de tono patibularias («¡Joder, hemos recortado casi 25.000 millones…!»), recursos tan tópicos como vagos para enarbolar una excusatio non petita («si fuese por dinero, no estaría aquí») y lindezas varias que llevan a que uno concluya la lectura del artículo con los dientes apretados y preguntándose qué pretende esta gente que ni siquiera es capaz de contenerse y guardar las formas para no ensuciar aún más esa democracia a la que tanto dicen respetar.

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