«Aux grands hommes…»

Gracias a Rafa, un librero joven que ama su oficio y ha tenido el coraje de instalarse por su cuenta en plena crisis, he conocido una primorosa edición en dos tomos de Nuestra Señora de París, de Victor Hugo, que ha lanzado Edelvives y en la que el soberbio texto original se complementa con unas maravillosas ilustraciones de Benjamin Lacombe. Ojeando algunos párrafos escogidos al azar, me he recordado a mí mismo hace un poco más de quince años, leyendo esa misma novela en la vieja colección de bolsillo de Alianza, con encuadernación en rústica y letra pequeña y abigarrada, uno o dos meses antes de viajar por vez primera a París. Estaba a punto de comenzar la primavera de 1997 y la obra de Hugo se había puesto de moda porque por aquellas fechas la compañía de Walt Disney estaba a punto de estrenar en España un largometraje de dibujos animados inspirado en la que, junto a Los miserables, es la narración más conocida del escritor francés. Recuerdo la decepción que me llevé cuando, a mi vuelta, pude ver la película: como suele ocurrir en estos casos, la adaptación no era tal, sino una reelaboración edulcorada y bastante simple que convertía lo que sobre el papel era una gran tragedia humana en un esquemático vodevil que sus guionistas, evidentemente, cerraban con un final insultantemente feliz para quienes hubiesen leído el texto que lo había inspirado.

Pero, pese a esa pequeña perversión artística, la obra de Victor Hugo sigue muy viva en el subconsciente de Francia. Cuando regresé a la ciudad, tres años después de mi primer viaje, tuve oportunidad de conocer el Panteón, un inmenso edificio que se construyó como iglesia y que, tras la Revolución Francesa, fue desacralizado y se acabó convirtiendo en una especie de gran centro ciudadano. En su cripta, desde entonces, han hallado su última morada los hombres y mujeres que, como dice la inscripción tallada en piedra sobre el frontispicio, contribuyeron a hacer mejor su propia patria. Allí, en un tenebroso microcosmos de corredores fríos y laberínticos, se encuentra la sepultura del propio Victor Hugo, que fue inhumado en loor de multitudes y reposa junto a Voltaire, Zola, Marie Curie, Louis Braille, Jean Monnet, Rousseau o Alejandro Dumas, entre otros. Algo similar ocurre en Lisboa, donde la imponente iglesia de Santa Engrácia, a espaldas del barrio de Alfama, acoge desde 1966 los cuerpos de algunas personalidades destacadas de la historia de Portugal, como la fadista Amália Rodrígues o los escritores Almeida Garrett, Guerra Junqueiro y Aquilino Ribeiro. También el monasterio de los Jerónimos, en Belém, da cobijo a figuras tan importantes como el navegante Vasco da Gama, el escritor Luis de Camões y el mismísimo Fernando Pessoa.

Da un poco de envidia ver ese respeto con que los países vecinos tratan a sus personalidades más ilustres y compararlo con el desprecio o la indiferencia con la que hemos despachado en España a muchos de quienes más hicieron por ella. O por su marca, como diría ahora algún avispado apóstol de la mercadotecnia neoliberal. No tenemos noticia del lugar exacto donde recibió sepultura Miguel de Cervantes, y es imposible saber en cuál de las tumbas que se le atribuyen está enterrado realmente Cristóbal Colón. Son sólo dos ejemplos, pero podrían ponerse muchos más. Yo mismo recorrí durante largos minutos los cementerios de Astorga y Salamanca en busca de los túmulos de Leopoldo Panero y Miguel de Unamuno, respectivamente, hasta que fui capaz de encontrar a alguien que me supo dar noticia de su localización exacta, y conviene recordar que desconocemos dónde fueron a parar los huesos de Lope de Vega, Francisco de Quevedo y Calderón de la Barca, acaso los tres representantes más egregios de nuestro Siglo de Oro. Pero no hay nada mejor, para constatar certeramente el desatino, que dar un paseo por el viejo Madrid y comprobar que apenas quedan huellas en sus calles del carácter que sobre ellas imprimieron quienes las inmortalizaron con su pluma. Sólo en el llamado Barrio de las Letras, y desde hace unos pocos años, se ha intentado camuflar el desastre con unas breves inscripciones en el pavimento y algún que otro detalle que tiene más que ver con el folclore que con el respeto a todo lo que nos ha convertido en lo que somos: hace unos años, el poeta José Manuel Gallardo me llevó al Callejón del Gato y me mostró el curioso atrezzo que un bar de moda había dispuesto en el exterior de sus instalaciones, una hilera de cuatro o cinco espejos cóncavos y convexos en los que uno podía o bien jugar a ser un nuevo Max Estrella o bien celebrar el enorme éxito que ha tenido nuestro empeño de reducir la cultura a mera anécdota.

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