Hay libros que estimulan la memoria. La lectura de La cabeza perdida de Damasceno Monteiro (Anagrama) me ha devuelto por unas horas a las calles de Oporto, y aunque la ciudad que describe Antonio Tabucchi no es exactamente la que yo pude conocer hace unos meses, sí comparten ambas la misma atmósfera resignada y vagamente inquietante. Acaso porque las circunstancias geopolíticas la han llevado a vivir una dialéctica permanente con la no muy alejada Lisboa, que siempre suscita los parabienes de los viajeros y las más encendidas loas de los poetas, Oporto ha desarrollado una personalidad tan marcada como indómita. No muestra sus encantos a la primera, sino que debe ser el viajero quien se los encuentre con detenimiento y paciencia. Quizá por eso, porque los descubrimientos siempre resultan más memorables que los hallazgos anunciados, se incorpora con tanta facilidad a nuestro inventario de querencias inexplicables.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).