De repente, Oporto

Hay libros que estimulan la memoria. La lectura de La cabeza perdida de Damasceno Monteiro (Anagrama) me ha devuelto por unas horas a las calles de Oporto, y aunque la ciudad que describe Antonio Tabucchi no es exactamente la que yo pude conocer hace unos meses, sí comparten ambas la misma atmósfera resignada y vagamente inquietante. Acaso porque las circunstancias geopolíticas la han llevado a vivir una dialéctica permanente con la no muy alejada Lisboa, que siempre suscita los parabienes de los viajeros y las más encendidas loas de los poetas, Oporto ha desarrollado una personalidad tan marcada como indómita. No muestra sus encantos a la primera, sino que debe ser el viajero quien se los encuentre con detenimiento y paciencia. Quizá por eso, porque los descubrimientos siempre resultan más memorables que los hallazgos anunciados, se incorpora con tanta facilidad a nuestro inventario de querencias inexplicables.

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Redescubrimiento «beatle»

He pasado la vida redescubriendo periódicamente a los Beatles. Empecé a escucharlos con siete u ocho años, cuando me inicié en las tiras de Mafalda, sin entenderlas del todo, y quise saber quiénes eran aquellos músicos que a ella le gustaban tanto. Mi tío me grabó en unas cintas de casette de las de entonces los tres elepés dobles de su discografía (el rojo, el azul y el blanco) y durante algunos meses apenas escuché otra cosa. Desde aquel momento, he ido abandonándolos y volviendo a ellos, y en cada regreso he advertido algún matiz que se me había pasado por alto en devaneos anteriores, alguna canción que no había escuchado con el suficiente detenimiento, alguna osadía literaria que estaba camuflada bajo la aparente simplicidad de unas letras que, a priori, no presumían de mayor trascendencia. El repertorio de los Beatles sigue siendo tan moderno que, por mucho que se haya escuchado, continúa resultando inagotable.

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Las distracciones

«Todo conspira para que no escribamos». Se lo escuché hace algunos años a José Emilio Pacheco, en el transcurso de una comida que ambos compartimos en Gijón, y desde entonces no he podido menos que darle la razón con más frecuencia de la que desearía. Uno procura despertar con las primeras luces del alba para buscar un resquicio de tranquilidad desde el que dar curso a la escritura, pero en no pocas ocasiones su propósito acaba naufragando, sometido al imparable trasiego de la cotidianeidad. Ocupamos los primeros minutos haciendo el desayuno, tomándolo y, si acaso, echando ese primer cigarro que disipa por completo las últimas tinieblas de la noche. Luego, o bien hay que hacer algo de compra o bien resulta conveniente dejarse seducir por el confortable trajín de la ciudad y recorrer las calles a esas horas en las que están plenas de vida, como si en las aceras y el asfalto borboteara más que en ningún otro momento el caldo de la vida, y tomar un café mientras se ojean los periódicos y se constata que el mundo, pese a las probables apariencias, sigue sin ser un lugar acogedor.

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Amanecismo

Reconoce José Luis Cuerda su incapacidad para dar con las razones que expliquen el éxito de Amanece, que no es poco, ahora que los internautas la han elegido como la mejor película española de los últimos sesenta años. Confiesa que no sabe cómo un proyecto que sólo quiso ser un homenaje a una tierra, la albaceteña, y al peculiar sentido del humor del que hacen gala sus gentes, ha terminado asentándose en el imaginario colectivo de al menos dos generaciones. No es una afirmación hiperbólica: hace unos días, contemplé cómo una sala de cine se llenaba a rebosar de gente que ya había visto más de una y más de dos veces el largometraje, pero quería disfrutarlo en una pantalla grande; del mismo modo, somos muchos quienes podríamos repetir, si nos pusiesen en el brete, secuencias enteras de memoria. No es tan fácil que ocurra lo mismo con, pongamos, Casablanca, por citar una obra bien conocida y de la que todos guardamos al menos una o dos frases en los desvanes de nuestra educación sentimental.

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«Aux grands hommes…»

Gracias a Rafa, un librero joven que ama su oficio y ha tenido el coraje de instalarse por su cuenta en plena crisis, he conocido una primorosa edición en dos tomos de Nuestra Señora de París, de Victor Hugo, que ha lanzado Edelvives y en la que el soberbio texto original se complementa con unas maravillosas ilustraciones de Benjamin Lacombe. Ojeando algunos párrafos escogidos al azar, me he recordado a mí mismo hace un poco más de quince años, leyendo esa misma novela en la vieja colección de bolsillo de Alianza, con encuadernación en rústica y letra pequeña y abigarrada, uno o dos meses antes de viajar por vez primera a París. Estaba a punto de comenzar la primavera de 1997 y la obra de Hugo se había puesto de moda porque por aquellas fechas la compañía de Walt Disney estaba a punto de estrenar en España un largometraje de dibujos animados inspirado en la que, junto a Los miserables, es la narración más conocida del escritor francés. Recuerdo la decepción que me llevé cuando, a mi vuelta, pude ver la película: como suele ocurrir en estos casos, la adaptación no era tal, sino una reelaboración edulcorada y bastante simple que convertía lo que sobre el papel era una gran tragedia humana en un esquemático vodevil que sus guionistas, evidentemente, cerraban con un final insultantemente feliz para quienes hubiesen leído el texto que lo había inspirado.

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