De repente, Oporto

Hay libros que estimulan la memoria. La lectura de La cabeza perdida de Damasceno Monteiro (Anagrama) me ha devuelto por unas horas a las calles de Oporto, y aunque la ciudad que describe Antonio Tabucchi no es exactamente la que yo pude conocer hace unos meses, sí comparten ambas la misma atmósfera resignada y vagamente inquietante. Acaso porque las circunstancias geopolíticas la han llevado a vivir una dialéctica permanente con la no muy alejada Lisboa, que siempre suscita los parabienes de los viajeros y las más encendidas loas de los poetas, Oporto ha desarrollado una personalidad tan marcada como indómita. No muestra sus encantos a la primera, sino que debe ser el viajero quien se los encuentre con detenimiento y paciencia. Quizá por eso, porque los descubrimientos siempre resultan más memorables que los hallazgos anunciados, se incorpora con tanta facilidad a nuestro inventario de querencias inexplicables.

Oporto es una ciudad caótica, un tanto grisácea y más proclive a la retórica industriosa que a las epopeyas pastoriles. Desde la otra orilla del Duero, la de Vila Nova de Gaia, su trazado se descuelga hacia el río en equilibrio inestable. Si se la contempla tomando como eje el mirador que se asoma desde la explanada que rodea la catedral, parece como si todo fuese a desmoronarse de un momento a otro. Ni siquiera la Torre dos Clérigos, con esa imponente verticalidad que domina el perfil urbano y en cuyas alturas uno puede llegar a comprender lo que es el vértigo mejor que en ninguna otra cumbre, alcanza a inspirar la confianza que siempre otorgan las cosas que llevan varios siglos bien colocadas en su sitio. Hay en Oporto un algo de provisionalidad constante, de etérea consistencia de los días. Puede que lo que hoy está sea mañana un mero recuerdo. Tal vez el ayer no ha llegado a existir nunca.

Precisamente por ese carácter huraño, acaso nacido de la desconfianza que le inspiran sus vecinas más ilustres –hay un dicho muy conocido en Portugal que asevera que «Braga reza, Coímbra estudia y Lisboa gasta, pero sólo Oporto trabaja»–, hasta sus joyas más rutilantes pasan inadvertidas para quien no está avisado y viaja sin las claves necesarias para seguir las pistas. Nadie podría sospechar, a la vista de su fachada llena de desconchados y poco o nada acogedora, que el interior de la iglesia de San Francisco esconde unos retablos hermosísimos en cuya contemplación uno puede dejar pasar tranquilamente la mañana. Tampoco cabría intuir, basándose en el desastrado aspecto del que hacen gala ante el visitante, que las callejuelas que descienden en cascada desde la parte alta hasta el barrio de Ribeira acaben evocando determinados paisajes de la infancia. Hay que ser muy curioso para penetrar en el achacoso edificio de la estación y descubrir, en el vestíbulo, los portentosos azulejos con los que la ciudad ha inmortalizado el orgullo por su esencia, del mismo modo que se necesita temple para pasear por los recovecos del Mercado do Bolhão y comprobar que, como bien supo ver Proust, los recuerdos también pueden condensarse en los aromas. Ni siquiera la iglesia de Santa Clara, que José Saramago definió como «una joya verdadera», se deja ver con facilidad: primero, hay que localizar el muro que la separa del trajín urbano y que hace que sean muchos los portuenses que incluso desconocen su existencia; después, es necesario adaptarse a sus exiguos horarios de apertura y confiar en que no aparezcan por allí feligresas iracundas que se apresten a expulsar a quienes llegan no para rezar, sino con el único propósito de admirar esa nave única que parece provenir directamente de un ensueño. Es esa gozosa superación de una inmisericorde carrera de obstáculos la que hace que, una vez atravesado el puente de Luis I, volvamos la vista atrás para detenernos una última vez en la estampa de esa ciudad que, desde la lejanía, casi parece inofensiva, pero que esconde mucho más de lo que deja ver a simple vista. Se llega a ella convencido de que no supondrá más que un breve alto en el camino hacia horizontes más prometedores y, como en la novela de Tabucchi, de repente, Oporto.

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