En el Ateneo de Madrid

Hubo un tiempo en el que los caminos que conducían a la gloria literaria pasaban, indefectiblemente, por los salones del Ateneo de Madrid. Cualquier escritor que aspirara a ser considerado como tal necesitaba el reconocimiento de ese foro para presentar sus credenciales con cierta solvencia. Es muy conocida la anécdota que protagonizó César González-Ruano cuando todavía no era un reputado columnista y sí un plumilla imberbe que anhelaba la fama casi a cualquier precio. Al principio de su carrera, consiguió que le invitaran a pronunciar una charla allí. Él, consciente de que tenía más bien poco que perder y bastante que ganar, optó por abrirse un hueco labrando su popularidad con polémica. Ante un auditorio que habría registrado una audiencia discreta, se puso a lanzar durante una hora encendidas soflamas contra Cervantes y El Quijote, aseverando más o menos que una novela así podía escribirla cualquiera. Su gozo cayó en un pozo al día siguiente, cuando comprobó que su disertación apenas había encontrado ecos en la prensa. Tan sólo un periódico, en un breve artículo a pie de página, dejaba ínfima constancia de su osadía con un titular tan exacto como humillante: «Al señor González no le gusta Cervantes».

Yo pensaba que el Ateneo de Madrid era cosa del pasado, pero ahí sigue, con sus puertas abiertas en el número 21 de la calle del Prado. Penetramos en su largo zaguán con el recogimiento de quienes usurpan un espacio proveniente de otro tiempo, y con esa impresión de estar pisando un tramo de la Historia nos dejamos conducir por unos pasillos cuyos retratos al óleo guardan la memoria de sus presidentes y algunos de sus miembros más ilustres. Distingo, de un primer vistazo, a Mariano José de Larra, a Ramón de Campoamor, a Miguel de Unamuno, a Fernando de los Ríos, a Manuel Azaña; y pienso que las mismas baldosas por las que camino ahora son las mismas por las que caminaron, en su momento, los integrantes de las generaciones del 98, el 14 y el 27, que siempre encontraron cobijo y comprensión entre estos muros. El conocimiento y el buen don de gentes de mi amigo Fernando Beltrán, que es poeta y tiene la suerte de dedicarse a un oficio tan hermoso como es poner nombre a las cosas que carecen de él, consiguen que nos faciliten el acceso a un espacio mágico que no se muestra habitualmente a los visitantes. Se trata de la biblioteca. Enmudecemos al contemplar la estancia que llaman «la pecera», en cuyos anaqueles se conserva el saber acumulado durante dos largos siglos, y conocemos la historia de Bernardo G. de Candamo. Fue, de todos los miembros de la Junta de Gobierno que tuvo el Ateneo en los años de la II República, el único que permaneció en Madrid durante el asedio franquista, y su valentía permitió que estos magníficos fondos sobreviviesen intactos al conflicto. No fueron los de la dictadura buenos tiempos para el Ateneo, por eso no hay allí nada que recuerde a los santones a los que institucionalizaron aquellas décadas oprobiosas. Sí se respira, en cambio, el orgullo que destilan los ateneístas por haber sabido preservar, con solvencia y dignidad, un legado verdaderamente encomiable. Uno de los responsables nos cuenta que tampoco es que el presente sea demasiado halagüeño. El número de socios ha ido descendiendo en estos últimos años y hoy apenas supera los dos mil. Con todo, el Ateneo de Madrid, que se fundó en el ya lejano 1835, continúa en marcha. No deja de ser una garantía.

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