Redescubrimiento «beatle»

He pasado la vida redescubriendo periódicamente a los Beatles. Empecé a escucharlos con siete u ocho años, cuando me inicié en las tiras de Mafalda, sin entenderlas del todo, y quise saber quiénes eran aquellos músicos que a ella le gustaban tanto. Mi tío me grabó en unas cintas de casette de las de entonces los tres elepés dobles de su discografía (el rojo, el azul y el blanco) y durante algunos meses apenas escuché otra cosa. Desde aquel momento, he ido abandonándolos y volviendo a ellos, y en cada regreso he advertido algún matiz que se me había pasado por alto en devaneos anteriores, alguna canción que no había escuchado con el suficiente detenimiento, alguna osadía literaria que estaba camuflada bajo la aparente simplicidad de unas letras que, a priori, no presumían de mayor trascendencia. El repertorio de los Beatles sigue siendo tan moderno que, por mucho que se haya escuchado, continúa resultando inagotable.

Como creo que le ha ocurrido a todo el mundo, en mi primer acercamiento prefería su primera etapa, probablemente la más accesible para los paladares que están en vías de formarse, y recuerdo que me gustaban mucho «In My Life» y «Nowhere Man». Los horizontes que se atisbaban al otro lado de «Eleanor Rigby» y «Yellow Submarine», que eran las canciones que en mis viejas cintas marcaban el tránsito entre los paisajes pop más reconocibles y el ignoto mundo de las psicodelias, se me antojaban verdaderamente indescifrables. La adolescencia, que es época de descubrimientos, me condujo hacia «Strawberry Fields Forever» y la grandeza del Sgt Pepper’s, ese álbum mayúsculo en el que acabé encontrando la que desde entonces no ha dejado nunca de ser mi canción preferida del grupo, esa «A Day in the Life» que construye todo un monumento a la sonoridad y cuyos acordes de piano, al entremezclarse con los arreglos orquestales, continúan provocándome el mismo estremecimiento que me causaron la primera vez que me detuve en ella.

La entrada en la madurez, y el contacto con gente que entendía bastante más de música que yo, me permitió apreciar la brillantez premonitoria de «Helter Skelter», la frívola jovialidad de «Octopus Garden», el virtuosismo que anida tras los punteos de «While My Guitar Gently Weeps», la languidez metafísica de «Across the Universe» o el deslavazado atrevimiento de «She Came in Through the Bathroom Window». Con todo ese historial de descubrimientos progresivos, escuchar ahora a los Beatles también es como ir repasando mi propia biografía. Y es, sobre todo, volver una vez más a la eterna pregunta, ésa que plantea cómo es posible que cuatro jóvenes salidos de las entretelas portuarias de un lugar tan agreste como Liverpool fuesen capaces, en apenas diez años, de revolucionar toda la música popular hasta convertirla definitivamente en otra cosa y asentar su estructura en unos nuevos cimientos que, de tan sólidos, parecen indestructibles. De abrir caminos por los que todavía hoy, más de cuarenta años después de la disolución del grupo, nadie ha logrado llegar más lejos de donde ya llegaron ellos.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s