En donde Lope

Como si de una ironía del destino se tratara, las casas donde pasaron sus últimos años Miguel de Cervantes y Lope de Vega, que se odiaron en público tanto como se leían en privado, están a sólo unos pocos metros de distancia. Por las fechas en que ambos encaraban la recta final de sus caminos, en las mismas latitudes madrileñas se movían Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, quienes también se prodigaban en nada amistosas pullas que nos han dejado sonetos memorables y la certeza de que ni siquiera la vida literaria española supo, en su época más pujante, escapar al navajeo. Poco o nada queda ya en Madrid de todo aquello, tal es el poco cuidado que se ha tenido siempre por aquí en salvaguardar la memoria de nuestros compatriotas más ilustres, pero el viajero curioso aún puede dar un paseo por la última residencia del que fue considerado el «fénix» de los ingenios españoles.

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Gran Vía

Es a la vez clásica y postmoderna, provinciana y neoyorquina, castiza y cosmopolita. Como Times Square, como Piccadilly Circus, la Gran Vía pertenece a esa clase de lugares que tienen la rara virtud de condensar en unos pocos metros cuadrados todas las esencias del mundo. Juan Cueto, que trabajó durante varios años en un despacho encaramado a una de las esquinas del edificio Madrid-París, me contó que disfrutaba mucho asomándose al balcón en los ratos libres para contemplar, desde lo alto, la inmensa corriente humana que electrizaba las aceras entre el cruce con Alcalá y la desembocadura en la plaza de España. Yo la recorrí por primera vez cuando apenas tenía veinte años y, cohibido como estaba por la grandiosidad de la urbe, repartía mi mirada entre el cielo y el suelo: desde las baldosas que confundían mis pisadas con las de los cientos de transeúntes que me salían al paso hasta las cúspides de aquellos edificios que eran, o eso me parecía a mí, los más altos que yo había visto nunca.

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Jugadores de billar

Hay novelas cuya perdurabilidad es bien conocida y está fuera de toda duda. Son ésas que periódicamente vuelven a las páginas de los periódicos y las publicaciones especializadas y a las que caracteriza un aplauso más o menos unánime que garantiza su perenne inclusión en el canon. Hay otras, en cambio, que pasan más inadvertidas, pero sobre las que conviene poner el foco con el fin de evitar que, antes o después, terminen languideciendo en el olvido. En este grupo se enmarca Jugadores de billar (Alfaguara), una espléndida narración de José Avello que explora muchas de las claves de este malhadado presente que vivimos.

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Una felicitación

Reconozco esa virtud que tiene la Navidad de reunir, aunque sólo sea durante dos días, a familias enteras. Personas que, en muchos casos, pasan todo el año sin verse y hallan en este rincón del calendario un espacio propicio para los reencuentros. Sin embargo, no acabo de sentir una devoción sincera por estas fechas, ni mucho menos por las connotaciones que, inevitablemente, traen consigo. Por eso me veo en un brete cada vez que pienso en cómo felicitarlas. El año pasado, utilicé aquel «Villancico» de Gloria Fuertes al que puso voz Paco Ibáñez y que celebra lo esencial sin caer en las trampas retóricas de la ortodoxia más reaccionaria. En esta ocasión, había pensado en el «Nacimiento de Cristo», el poema de Federico García Lorca que forma parte de Poeta en Nueva York, uno de mis libros preferidos, como perfecto contrapunto a la tópica murga de villancicos con los que siempre nos termina agobiando la megafonía de nuestras ciudades.

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En el Ateneo de Madrid

Hubo un tiempo en el que los caminos que conducían a la gloria literaria pasaban, indefectiblemente, por los salones del Ateneo de Madrid. Cualquier escritor que aspirara a ser considerado como tal necesitaba el reconocimiento de ese foro para presentar sus credenciales con cierta solvencia. Es muy conocida la anécdota que protagonizó César González-Ruano cuando todavía no era un reputado columnista y sí un plumilla imberbe que anhelaba la fama casi a cualquier precio. Al principio de su carrera, consiguió que le invitaran a pronunciar una charla allí. Él, consciente de que tenía más bien poco que perder y bastante que ganar, optó por abrirse un hueco labrando su popularidad con polémica. Ante un auditorio que habría registrado una audiencia discreta, se puso a lanzar durante una hora encendidas soflamas contra Cervantes y El Quijote, aseverando más o menos que una novela así podía escribirla cualquiera. Su gozo cayó en un pozo al día siguiente, cuando comprobó que su disertación apenas había encontrado ecos en la prensa. Tan sólo un periódico, en un breve artículo a pie de página, dejaba ínfima constancia de su osadía con un titular tan exacto como humillante: «Al señor González no le gusta Cervantes».

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