En donde Lope

Como si de una ironía del destino se tratara, las casas donde pasaron sus últimos años Miguel de Cervantes y Lope de Vega, que se odiaron en público tanto como se leían en privado, están a sólo unos pocos metros de distancia. Por las fechas en que ambos encaraban la recta final de sus caminos, en las mismas latitudes madrileñas se movían Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, quienes también se prodigaban en nada amistosas pullas que nos han dejado sonetos memorables y la certeza de que ni siquiera la vida literaria española supo, en su época más pujante, escapar al navajeo. Poco o nada queda ya en Madrid de todo aquello, tal es el poco cuidado que se ha tenido siempre por aquí en salvaguardar la memoria de nuestros compatriotas más ilustres, pero el viajero curioso aún puede dar un paseo por la última residencia del que fue considerado el «fénix» de los ingenios españoles.

La guía, Victoria, nos informa en la entrada de que lo que vamos a ver no es exactamente lo que se ofrece. Relata que, tras la muerte de Lope, el edificio pasó por distintos avatares y, aunque el exterior permanece tal cual estuvo siempre, ha sido necesario acondicionar el interior, modificado por sucesivas reformas, para recrear el aspecto que debieron de tener los aposentos del escritor más prolífico que jamás han dado nuestras letras. El resultado es muy aceptable. La casa transmite esa impresión de frialdad desabrigada propia de los tiempos en que se levantó, cuando el imperio español empezaba a venirse abajo, y no es difícil imaginar lo que tuvieron que ser las rutinas que Lope desarrollaba en su interior: del exiguo dormitorio a la capilla, y de ahí al cuarto de trabajo para escribir y charlar, algo después, con los amigos. Recorrer esas estancias es también recorrer todo lo que uno sabe o ha sabido acerca de la vida de Lope, con sus infortunios y sus conversiones y sus éxitos y sus mujeres, e imaginar la tristeza de sus últimos meses, aquéllos en los que era consciente de que el final iba a sorprenderle en una ancianidad intolerable, agravada por la negra amargura que suponía el haber contemplado cómo morían la mayoría de sus hijos. En la parte trasera de la casa se abre aún el pequeño huerto, aquél que él mismo describió en su testamento y por el que tanto cariño llegó a sentir. El viento de este invierno soleado mueve las ramas desnudas de los árboles, y es difícil no jugar a imaginar lo que tuvieron que ser los meditabundos paseos del autor por estos senderos solitarios. Desde aquí, vería encendidas las lumbres en algunas de las habitaciones, barajaría distintas opciones para las tramas de algunas de sus obras o aprovecharía para hacer otras cuentas más prosaicas, ésas que guían el devenir del día a día. Hoy, igual que entonces, cuando el grupo de viajeros se dispersa y poco a poco va desapareciendo por la puerta que conduce a la salida, es el silencio lo único que alcanza a escucharse a estas horas del día en donde Lope.

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