Ángel

En el verano de 1997, una noche de domingo, atravesé la ciudad de punta a punta para asistir a una lectura de Ángel González. Yo había empezado a leer sus poemas un par de años atrás y me gustaban mucho, y recuerdo que me costó un poco convencer a mi padre –yo era muy joven– para que me permitiera adentrarme en soledad por las calles desiertas. Llevé bajo el brazo el ejemplar de Palabra sobre palabra que había comprado en una feria tiempo atrás, y tras el recital me acerqué a él para pedirle que me lo firmase. Uno no sabe nunca qué puede decir cuando se encuentra delante de alguien al que admira, y a mí en aquel momento sólo se me ocurrió comentarle que me gustaba mucho todo lo que escribía. Me miró con aquellos ojos claros que siempre estaban sonriendo. «Muchas gracias», respondió.

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Metáfora

Cuentan que, tras enterrarlo en el cementerio de Arcueil, algunos amigos de Erik Satie acudieron a la habitación que éste había ocupado en aquel suburbio perdido a diez kilómetros del centro de París para recoger sus pertenencias y o bien entregarlas a los familiares del músico o bien repartírselas entre ellos como herencia y recuerdo de quien había sido uno de los compositores más lúcidos, transgresores y verosímiles de las endiabladas décadas de las vanguardias. Además de un cuartucho lleno de polvo y telarañas, el cortejo se encontró allí con un legado que, aparte de evidenciar que el autor de las Gimnopedias llevaba bastantes años sin utilizar el piano para gestar sus propias creaciones, incluía desde un centenar de paraguas -algunos no se habían usado nunca, o esa impresión daba- hasta una colección de dibujos de castillos medievales, pasando por el retrato que le hiciera su amante Suzanne Valdon en 1893 o algunos dibujos y cartas que se había intercambiado con ella en el transcurso de su relación.

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El viejo «sheriff»

Igual que ocurre con algunos recuerdos, también hay personas cuyo eco se diluye en el tenaz paso del tiempo y a las que con frecuencia olvidamos o relegamos a un papel muy secundario en nuestros siempre caprichosos inventarios de afinidades y recelos. Basta con que el azar mueva un poco sus resortes, sin embargo, para que regresen y se hagan presentes y su evocación acarree una amalgama de connotaciones que ya creíamos perdidas, una lejana reminiscencia del aroma que destilaba el mundo al que una vez pertenecimos y en el que tanto cuesta ahora reconocernos. Puede ser una canción antigua, la relectura de un libro con el que uno tropieza sin esperarlo en un desván o la visión de una simple fotografía, como es el caso. Porque anoche el hallazgo de un viejo recorte de periódico me recordó que en mi pueblo, hace no mucho, tuvimos un sheriff.

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El Sur

El Sur es una eterna promesa en manos de los norteños. A veces vuelvo a una novela que me gustó mucho hace unos cuantos años y que habla precisamente de eso, de la fascinación por el Sur -con esa mayúscula evocadora que habla de paisajes que acaso existan sólo en nuestra imaginación, de vientos que jamás han alborotado nuestro pelo, de olores que ni siquiera estamos facultados para imaginar- y de ese Gauguin que todo hombre que se precie ha de llevar consigo, y me detengo en aquel lánguido verso de Quasimodo («più nessuno mi porterà nel sud») que condensaba en una sola frase toda la tristeza y toda la resignación del mundo. Víctor Erice, un director de cine vasco con una obra tan breve y rocosa como hipnótica, hizo una película sobre el Sur en la que sólo sale el Norte, y durante años ésa me pareció una de sus mayores genialidades: la de acertar a describir un lugar, un sentimiento, un estado de ánimo, mediante la plasmación de su contrario. Luego supe que aquel filme tenía una segunda parte que no se llegó a rodar por falta de presupuesto y que, ésta sí, transcurría en las coordenadas que daban título a la cinta. No le resta mérito al resultado, pero sí a las intenciones.

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Biografía informática

Mi primer ordenador portátil dio para mucho. Me lo trajeron los Reyes Magos en 1999, viajó junto a mí por varias ciudades y a sus teclas acabé haciéndome escritor. En él pergeñé los diez capítulos de El regreso, un relato por entregas que me encargó José Luis Argüelles y que vio la luz en el diario La Nueva España en enero de 2002, y no pocos cuentos que han acabado sepultados en el cajón al que van esos textos que nunca llegan a completarse del todo. Su pantalla también vio cómo surgían, una a una, las líneas de Espejo y Los últimos días de Michi Panero, las dos primeras novelas que escribí, aunque no vieran la luz por ese orden. Pasamos juntos tanto tiempo, y le di tan mala vida, que un mal día decidió apagarse para siempre.

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