El viejo «sheriff»

Igual que ocurre con algunos recuerdos, también hay personas cuyo eco se diluye en el tenaz paso del tiempo y a las que con frecuencia olvidamos o relegamos a un papel muy secundario en nuestros siempre caprichosos inventarios de afinidades y recelos. Basta con que el azar mueva un poco sus resortes, sin embargo, para que regresen y se hagan presentes y su evocación acarree una amalgama de connotaciones que ya creíamos perdidas, una lejana reminiscencia del aroma que destilaba el mundo al que una vez pertenecimos y en el que tanto cuesta ahora reconocernos. Puede ser una canción antigua, la relectura de un libro con el que uno tropieza sin esperarlo en un desván o la visión de una simple fotografía, como es el caso. Porque anoche el hallazgo de un viejo recorte de periódico me recordó que en mi pueblo, hace no mucho, tuvimos un sheriff.

Es curioso cómo cambian los tiempos. Si hoy apareciese a la puerta de un colegio un señor entrado en años, ataviado con ropas de vaquero norteamericano y provisto de caramelos de distintos sabores con los que agasajar a los niños, sería muy probable que algún agente lo arrestase antes de que llegara a sonar la alarma con la que se anuncia el final de las clases. En el tiempo del que hablo, por el contrario, no sólo el viejo Johnny aguardaba nuestra salida con toda su parsimonia de cowboy recién descendido de un ficticio caballo al término de una improbable galopada desde la otra orilla del río, sino que en muchos casos eran nuestros propios padres y abuelos quienes nos llevaban a saludarle, a escuchar alguno de sus chistes o las advertencias con las que pretendía protegernos de los sinsabores de la vida, a recibir los dulces que siempre tenía a punto para hacer nuestros días más llevaderos. Corrían muchas leyendas sobre Johnny. Unas aseveraban que, emulando a don Alonso Quijano, se le había ido la cabeza de tanto leer novelas de Marcial Lafuente Estefanía; otras se regocijaban contando cómo, en cierta ocasión, un disparo accidental del pistolón que siempre llevaba consigo terminó dando de lleno en el culo de una vecina que a punto había estado de llevarlo a la cárcel por su descuido; la mayoría se limitaban a recopilar un extenso anecdotario centrado en sus andanzas y reacciones, también en las escasas confidencias que había llegado a hacer en esos momentos en los que Johnny bajaba la guardia, se sinceraba y permitía que descubriésemos que también a los héroes les ocupan tribulaciones fieramente humanas.

He sabido ahora, al leer esa necrológica que escribió mi amigo José Luis Argüelles apenas un lustro antes de que él y yo nos conociésemos, que Johnny murió con 66 años y que trabajó varias décadas en la mina, antes de decidirse a envolver su porvenir en una ficción desde la que desnudar toda la negritud del mundo. He recordado su nombre real, Pergentino Bernardo, y me he preguntado por qué en su día no presté mayor atención a la noticia de su fallecimiento ni me pasé nunca a ver la estatua con que sus vecinos quisieron erigirle un homenaje póstumo. En aquellos momentos yo contaba diecisiete años, y es muy probable que estuviese más pendiente de otras cosas. Por eso he sentido ahora una inevitable añoranza por esa época que empieza a quedar tan lejos que casi parece de mentira. Por aquellos días en los que creímos que, gracias a gente como Johnny, siempre conseguiríamos mantener a raya a los malos.

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