Ángel

En el verano de 1997, una noche de domingo, atravesé la ciudad de punta a punta para asistir a una lectura de Ángel González. Yo había empezado a leer sus poemas un par de años atrás y me gustaban mucho, y recuerdo que me costó un poco convencer a mi padre –yo era muy joven– para que me permitiera adentrarme en soledad por las calles desiertas. Llevé bajo el brazo el ejemplar de Palabra sobre palabra que había comprado en una feria tiempo atrás, y tras el recital me acerqué a él para pedirle que me lo firmase. Uno no sabe nunca qué puede decir cuando se encuentra delante de alguien al que admira, y a mí en aquel momento sólo se me ocurrió comentarle que me gustaba mucho todo lo que escribía. Me miró con aquellos ojos claros que siempre estaban sonriendo. «Muchas gracias», respondió.

Algún tiempo después, en el verano de 2002, conseguí hacerle una entrevista para el periódico en el que trabajaba entonces. Me citó no recuerdo si a las diez o a las once de la mañana en la cafetería del hotel donde se alojaba, y yo acudí allí sin una triste nota que pudiese orientar mi cuestionario. Henchido de autoconfianza, pensé que sabía tanto acerca de su vida y de su obra que no me iba a hacer falta ningún tipo de andamiaje, que mis propios conocimientos me bastaban y sobraban para salir triunfante de aquel reto. Era la entrevista más importante de todas las que había hecho hasta la fecha, pero ni siquiera llegué a pensar en ello. Ocurrió lo que suele ocurrir en estos casos: en cuanto apareció, me quedé en blanco. Nos presentamos, nos sentamos a una mesa y estuvimos durante un largo rato hablando de banalidades diversas. Cuando, en un determinado momento, me preguntó con su mirada, otra vez esa mirada clara, si pensaba comenzar alguna vez la entrevista, un repentino soplo de inspiración me hizo recordar uno de sus poemas. Le pregunté por él, por las circunstancias en las que lo había escrito y también por las circunstancias que ese mismo poema reflejaba, y a partir de ahí comenzó una charla que se prolongó durante casi dos horas y de la que salió un pequeño reportaje que fue lo que más me enorgulleció de todo lo que escribí en aquel verano.

Comenzamos a coincidir muy a menudo, como mínimo una vez al año. Nos veíamos siempre en la Semana Negra, y en ciertas ocasiones también en algún que otro fasto inesperado en el que se requería su presencia. Ocurrió así en las navidades de 2005 ó 2006. Nos encontramos en el epicentro de una fiesta donde, en el fondo, ni él ni yo pintábamos demasiado, y en cuanto me vio se apartó conmigo a un rincón alejado del bullicio. Eran ya horas tardías y se encontraba cansado: asumía parte del protagonismo de aquella celebración y no paraban de pulular por sus proximidades curiosos que sólo buscaban un saludo anecdótico o una fotografía con la que satisfacer su vanidad. Durante media hora estuvimos charlando al margen de todo. Él se había enterado de que yo acababa de publicar mi primera novela y me preguntó algo al respecto; yo quise que me avanzara cuándo pensaba dar a conocer ese poemario que, según había leído en un periódico, tenía ya medio perfilado. La conversación quedó truncada cuando uno de los organizadores reparó en su ausencia y, algo preocupado, apareció para rescatarle. No nos dio tiempo a despedirnos.

Le vi por última vez unas pocas semanas antes de su muerte, pero ni yo fui a decirle nada ni él llegó a verme a mí. Fue una visión fugaz, a las puertas de la Universidad de Oviedo, el día que le nombraron doctor honoris causa y protagonizó una clase magistral a la que sólo era posible asistir mediante invitación. Yo pasaba cerca por casualidad y, al enterarme de la coincidencia, quise darle la enhorabuena, pero había tal cantidad de gente a su alrededor que desistí de mi propósito de acercarme. Le vi a lo lejos, mucho más delgado que la última vez, con esa mirada clara desbordando la alegría de quien siente que en su propia casa le siguen reconociendo como uno de los suyos. Unos días más tarde, en una librería, me dieron la noticia de su muerte. Al poco tiempo, apareció aquel poemario por el que yo le había preguntado y que acabó siendo póstumo. Acabo de enterarme de que han pasado ya seis años, y he sentido la misma pena que sentí entonces.

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