Suele ser cosa del azar, pero lo cierto es que el tiempo y las circunstancias llevan a uno a adoptar ciertas costumbres, determinados rituales, que a la larga resultan imprescindibles para reconocernos. Las mías, cada vez que vengo a Barcelona, consisten en recorrer unas determinadas calles y visitar dos o tres lugares que me resultan imprescindibles para identificar la ciudad. Como si necesitase rondar sus cercanías para cerciorarme de que, en efecto, estoy en ese lugar concreto y no en cualquier otro. Como si al fulgor de cada descubrimiento necesitase oponer la cordialidad de lo conocido en una suerte de síntesis cuya lectura constata que incluso en el lugar más alejado de nuestras coordenadas nos es posible hallar algo parecido a la familiaridad.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).