Luis

A Luis quisieron echarle de la selección los mismos que acaban de firmar una sonrojante petición de indulto a favor de José María Del Nido. Pocos lo recuerdan ahora, pero el viejo llegó a aquella Eurocopa de 2008 con su credibilidad muy cuestionada por los apóstoles del flamante nuevo orden balompédico cuya última y brillante perla ha sido el caso Neymar. Su porte de labrador manchego no casaba con la imagen que se supone inherente al profiláctico fútbol new age –igual que años atrás no había casado la de su luego sucesor Del Bosque con aquel Real Madrid que se pretendió invencible antes de que descubriéramos que a Florentino le interesaban más los rascacielos que los títulos– y no tardaron mucho en manifestar públicamente su intención de laminarlo, asegurados como estaban de que España jamás se comería una rosca y de que nada pasaría por convertir la del Zapatones en una nueva cabeza de turco tras la que parapetar las verdaderas culpas.

Así que Luis llegó a la Eurocopa de Austria y Suiza como quien va subiendo los escalones del cadalso donde aguarda, impertérrita, la guillotina. Y cuando unas semanas después todos nos levantamos del sillón para celebrar aquel gol de Torres que significó nuestro golpe encima de la mesa donde todo estaba dispuesto para servir un presumible banquete teutón, el de Hortaleza se tragó los sapos que debía de tener croando dentro de su estómago y permaneció fiel a la promesa que esgrimiera antes de emprender el viaje: «juego el torneo y me voy». No tengo la hemeroteca a mano, pero creo que nadie le pidió que se quedara. Los de arriba sabían que, si hasta entonces no se había callado, era difícil que mantuviera su boca cerrada ahora que había sumado una muesca definitiva a su currículum. Quienes habían alzado la voz hasta el cansancio en defensa del maltrecho honor de cierto delantero postergado, creyeron que con su marcha se limarían las asperezas artificiales que ellos mismos habían engendrado. El sabio casi tuvo que irse por la puerta de atrás y con poco más que una palmada en la espalda. Lo conseguiste, míster. Qué grande eres. Campeón.

Luis se fue en silencio y con elegancia, que es como se van los grandes, y supo ser más distinguido que quienes se empecinaron en arrojarlo por la cubierta. Del mismo modo, se acaba de mudar al otro barrio sin dar la  tabarra más de lo imprescindible ni ofrecer a sus antiguos verdugos la ocasión de que vertieran las consabidas lágrimas de cocodrilo. No le hacía falta porque él sabía de sobra que se había hecho acreedor del cariño más importante, que era el de la gente que sintió que su trabajo les había acercado a una gloria reticente y esquiva. La misma gente que, acostumbrada a bregar cada domingo con los nuevos dandis de los banquillos, veía en él a uno de los suyos. Luis era un tipo tan inmenso que yo mismo, que milito desde siempre en la causa sportinguista, estoy aquí escribiendo maravillas de alguien que jugó y entrenó a mi odiado rival eterno. Y eso no es ninguna tontería.

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