De vez en cuando, se genera el debate sobre la pertinencia de exhumar los restos mortales de Antonio Machado para darles una nueva sepultura en Madrid. La llegada de la democracia trajo, como es lógico, la necesidad de superar determinadas asignaturas pendientes, y algunos entendieron que entre ellas se encontraba la de resarcir, por la vía de la reubicación, a los republicanos que habían acabado sus días en el exilio. Con ser una iniciativa comprensible, y probablemente también justificada, no creo que resulte lo más acertado si no se quiere perder la necesaria perspectiva sobre todo cuanto supuso una guerra civil cuyos traumas aún siguen heredando las generaciones más recientes. Enterrar a Machado en el centro de la capital de España, confeccionarle un túmulo a medida y convertir su nuevo lecho en una atracción más para turistas y viajeros de distinto pelaje, sería no sólo hacerle un flaco favor a la memoria de quien tuvo la austeridad por bandera y pasó su vida ajeno a fastos y oropeles, sino que también supondría desvirtuar las consecuencias de sus propios principios y, por consiguiente, hurtar determinadas claves sin las que su biografía podría quedar desprovista de sentido.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).