Estación de Francia

No me hubiese acordado de Andrea –la joven protagonista de la novela con la que Carmen Laforet ganó el Nadal en 1945– ni de su llegada a Barcelona de no haber sido porque Sergio Gaspar, en una calurosísima tarde de agosto, guió mis pasos hasta los aledaños de la Estación de Francia para descubrirme que los tesoros más fascinantes de las ciudades no tienen por qué aparecer a doble página en las guías ni estar rodeados de turistas ansiosos por inmortalizar con sus cámaras todo lo que sus ojos apenas tienen tiempo a contemplar.

La Estación de Francia –que en su día fue la principal salida de Cataluña al país vecino, es decir, al mundo– es hoy un edificio medio en desuso cuya decadencia no ha conseguido ocultar una belleza que resplandece a poco que uno traspase sus umbrales y se demore en las florituras novecentistas del vestíbulo antes de internarse en unos andenes casi desiertos cuyas bóvedas tuvieron que señalar en otro tiempo el camino hacia un mundo mejor o, cuando menos, distinto. A unos pasos del Mercado del Born, anclada en una suerte de territorio impreciso que marca la frontera entre las suntuosidades de la ciudad vieja y la canallesca de la Barceloneta, la vieja terminal se alza imponente con sus vías alejándose hacia un paisaje que en su día poblaron los bullicios fabriles del Poble Nou y el vacío de unos descampados incapaces de presagiar la urbe que acabaría invadiéndolos y que hoy aparece escoltado por las fastuosidades de la ciudad reinventada después de las Olimpiadas y el Fórum.

Con la perspectiva que se abre al otro lado de sus inmensas bóvedas férreas, uno no puede pasear junto a sus vías sin preguntarse cuántas despedidas y cuántos reencuentros habrán tenido lugar entre aquellos muros, cuántas maletas habrán intuido el final de una etapa o el principio de otra, cuántas miradas ensoñadas no habrán echado un último vistazo a lo que dejaban atrás para embarcarse en pos de un destino incierto pero esperanzador–, es difícil resistir la tentación de quemar las naves, subirse al primer tren que se detenga ante nosotros y dejar que sea el azar el que decida mientras la Estación de Francia va quedando atrás, con sus paredes susurrando para nadie esas historias de las que ella misma fue partícipe y que poco a poco se perderán en los territorios del olvido. Cambiar de vida igual que hizo Andrea aquella noche en que las misteriosas callejuelas que se internan en el Born se antojaban un laberinto inextricable y los faroles como centinelas borrachos de soledad encendían la ilusión de un futuro por conquistar mientras sus pulmones se ensanchaban con el aire marino y limpio que anunciaba un mundo inédito.

la foto (6)

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