Rambla del Raval

La Rambla del Raval, que se abre en el solar donde un día se alzaron decenas de manzanas del viejo barrio chino, es un amplio bulevar que acaso ejemplifique mejor que ninguna otra cosa el lavado de cara con el que las autoridades barcelonesas intentan, desde hace años, suavizar el carácter de un territorio que Javier Calvo definió en cierta ocasión como «un grano en el culo de la ciudad». La recorrí hace un par de días junto a Luis García Jambrina, con el que una afortunada casualidad me hizo coincidir en Barcelona, y él recordaba cómo en su primera visita, hace más de treinta años, aquello era una auténtica jungla sin ley en la que los robos se producían a la vista de todo el mundo y por cuyos vericuetos era imposible adentrarse sin que anidaran en el estómago los gusanos del miedo.

Ignoro cómo era entonces un cuadrante que en el imaginario colectivo se sigue apareciendo como la quintaesencia de lo canalla. Lo que sí sé es que el Raval tiene hoy un cierto aspecto de barco a la deriva, y que el laberinto de callejuelas que navegan entre las Ramblas y la Ronda de San Antonio supone a menudo un molesto recordatorio para una ciudad que preferiría olvidar determinados aspectos de sí misma. Con una población adscrita a los estratos más bajos del escalafón socioeconómico, un índice de inmigración considerable y un historial negro que ha dado, y sigue dando, mucho jugo en los medios de comunicación, el Raval sigue siendo un lamparón molesto en la fina seda de la Barcelona post-olímpica, ésa que ha preferido perder su centro urbano en aras de una mal entendida internacionalización y a la que sólo parece agradar una determinada clase de cosmopolitismo.

Aunque su idiosincrasia resulte un tanto brusca para quienes venimos de fuera, a mí me gusta pasear por el Raval porque es uno de esos espacios en los que las grandes ciudades recuerdan que la vida también se puede desarrollar a pequeña escala. También porque es el escenario de ciertas mitologías literarias con las que siempre procuro cumplir en mis viajes. Alguna vez he contado que mis primeras lecturas adultas fueron las novelas de la serie de Pepe Carvalho. El detective tenía su despacho en la Rambla de Santa Mónica, cerca de la estatua de Pitarra, y su novia Charo habitaba un piso en la zona de las Atarazanas, probablemente no muy lejos del actual Edificio Colón. El Raval había sido el barrio de su infancia, como fue el de la niñez de su propio autor. Vázquez Montalbán nació, precisamente, muy cerca de la Rambla del Raval, en la plaza del Pedró, y no hay allí ni una sola placa en homenaje a su memoria. Sí la hay unos metros más abajo, en otra plaza que lleva su nombre y que se sitúa, muy estratégicamente, ante las puertas de Casa Leopoldo, el restaurante en el que tanto le gustaba comer a su personaje predilecto y donde Luis García Jambrina y yo concluimos un paseo que fue también una exploración personal y literaria. Una radiografía a vuelapluma de una Barcelona que se sigue mostrando con esa aridez algo violenta que constata las limitaciones de sus presuntos salvadores y pone en evidencia a quienes un día creyeron que los problemas de un árbol enfermo se solucionan podando, sin más, la hojarasca que se resiste a desprenderse del ramaje.

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