El doctor Ramis y el tiempo

En mi imaginario, y creo que en el de la mayoría de los componentes de mi generación, Harold Ramis comenzó siendo el doctor Spengler de Los cazafantasmas, líder intelectual de aquel grupo de científicos medio chiflados que por dos veces libraron a la ciudad de Nueva York de perecer a manos de pintorescas hordas ectoplásmicas, pero terminó ocupando un papel mucho menos visible, aunque infinitamente más sustancioso. Porque, unos pocos años después, Harold Ramis fue el guionista y director de una película cuya adscripción al formato de la comedia ha hecho que sea juzgada muchas veces desde una perspectiva superficial o frívola y que, sin embargo, encierra una reflexión más que amarga acerca de la condición humana.

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La realidad y la ficción

En mis tiempos de estudiante barbilampiño, rodaban por los bares más bohemios de Salamanca un par de cortometrajes que glosaban, respectivamente y utilizando en ambos casos los códigos propios del documental, las vidas de un tarado y un buscavidas. Los dirigía un joven cineasta por entonces desconocido que atendía por Rodrigo Cortés, se titulaban Yul y 15 días y tuve amigos que, tras visionar uno u otro, terminaron completamente convencidos de que cuanto se contaba en ellos era cierto. El engaño, por fortuna, no les duró mucho porque, en el caso que nos ocupa, era bastante sencillo desmadejarlo: ambas películas tenían el mismo protagonista, lo que ya hacía la cosa bastante inverosímil si uno conocía las dos obras, y se daba la circunstancia de que el susodicho actor era, en realidad, un chaval sólo algo mayor que nosotros que estudiaba 5º de Periodismo en nuestra misma facultad.

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Guitarra del mesón

Siempre he dicho que tuve la suerte de crecer en una casa llena de libros —su presencia era tan importante que incluso contaban con un cuarto propio al que, quizás por resaltar la familiaridad que nos unía a sus moradores, siempre llamamos «la habitación de los libros» y nunca «la biblioteca»—, y de tener unos padres a los que, además de la lectura, les gustaba mucho la música. Tardamos, sin embargo, en tener tocadiscos, porque los de su juventud se habían quedado en casa de los abuelos, y por eso hubo ciertas cosas que yo no pude empezar a conocer bien hasta que tuve nueve o diez años. Una de ellas fue un viejo elepé de Joan Manuel Serrat, el cantante preferido de mi madre, cuyas canciones se apoyaban en los textos de un poeta al que yo empezaba a leer por aquellas mismas fechas en el colegio. Aquel disco se titulaba Dedicado a Antonio Machado, poeta, y más de veinte años después sigo pensando que es, junto con Mediterráneo, el mejor de toda la carrera del cantautor barcelonés.

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Un actor

A mí Javier Cámara me pareció un buen actor de comedia –no más, pero tampoco menos– hasta que vi Los girasoles ciegos y quedé fascinado por su capacidad para encarnar a un personaje tan trágico y tan complejo como el que protagonizaba una de las historias del portentoso libro de Alberto Méndez que el gran José Luis Cuerda se atrevió a llevar al cine. Supe entonces que era, en realidad, un intérprete mayúsculo que no dejaría de crecer a poco que guionistas y directores se lo fueran permitiendo. Me conquistó definitivamente con su papel en La torre de Suso, de Tom Fernández, por una cuestión tan simple como subjetiva: sigo creyendo que, a día de hoy, esa película es una de las que mejor han sabido interpretar la esencia del lugar donde me eduqué académica y sentimentalmente, y contiene escenas para mí memorables (sobre todo, ésa en la que los cuatro protagonistas entonan, borrachos perdidos, el «Hazañas bélicas» de los Stukas) que me reconcilian con un tramo fundamental de mi propia biografía.

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Independencia

Fue inevitable. En el transcurso de mi reciente estancia en Barcelona, no hubo conversación en la que no se tratara, con mayor o menor profusión, el tema del referéndum convocado por Artur Mas y su derivación inexorable, la posible independencia de Cataluña. He de decir que, en general, las opiniones con que me encontré fueron ponderadas y bastante racionales, pero también que en determinadas ocasiones hubo lugar para lo contrario. No había reparado en que se celebrará, dentro de unos meses, el tricentenario del asedio de 1714, y supongo que la coincidencia entre esa fecha y la esperada votación contribuyen, en buena medida, a calentar los ánimos. La inminente efeméride me dio la oportunidad de ver, en el Salón del Tinell, una exposición  acerca del papel que a lo largo de la Historia ha jugado Cataluña en Europa. Poco después, en el antiguo Mercado del Born, asistí a una escenificación de la caída de la Ciudad Condal a manos de las tropas borbónicas. Durante la comida posterior a la comunicación del fallo del premio Biblioteca Breve, una periodista, al descubrir que compartíamos un incurable miedo a los aviones, exclamó: «¡al menos tenemos una cosa que nos une!». Aunque lo interpreté como una simple boutade (y he de decir, en su descargo, que lo era), no dejé de darle vueltas a la frase. Y es la deriva un tanto desquiciada que está tomando todo este asunto la que me empuja a poner por escrito una serie de conclusiones:

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