Guitarra del mesón

Siempre he dicho que tuve la suerte de crecer en una casa llena de libros —su presencia era tan importante que incluso contaban con un cuarto propio al que, quizás por resaltar la familiaridad que nos unía a sus moradores, siempre llamamos «la habitación de los libros» y nunca «la biblioteca»—, y de tener unos padres a los que, además de la lectura, les gustaba mucho la música. Tardamos, sin embargo, en tener tocadiscos, porque los de su juventud se habían quedado en casa de los abuelos, y por eso hubo ciertas cosas que yo no pude empezar a conocer bien hasta que tuve nueve o diez años. Una de ellas fue un viejo elepé de Joan Manuel Serrat, el cantante preferido de mi madre, cuyas canciones se apoyaban en los textos de un poeta al que yo empezaba a leer por aquellas mismas fechas en el colegio. Aquel disco se titulaba Dedicado a Antonio Machado, poeta, y más de veinte años después sigo pensando que es, junto con Mediterráneo, el mejor de toda la carrera del cantautor barcelonés.

Sigo escuchándolo con cierta frecuencia, y a lo largo del tiempo he ido cambiando de canción favorita con la naturalidad con la que uno, a medida que avanza en la vida, aprende a redescubrir pequeñas cosas que acostumbraban a pasar inadvertidas. Primero fue la musicalidad pegadiza de la omnipresente «Cantares», luego la acongojante solemnidad de «La saeta», después los subrayados juguetones de «Las moscas», más tarde el estrambote festivo y orquestal de la «Parábola». Desde hace unos meses, cada vez que vuelvo a ese disco —lo tengo puesto ahora, mientras escribo estas líneas— me detengo con deleite en «Guitarra del mesón», una pieza compuesta sobre el poema homónimo de Soledades. En él, Machado dedica su atención a una guitarra que cuelga en la pared de una de esas fondas que antaño ofrecían comida, cobijo y descanso a los viajeros desde la orilla del camino. Una guitarra que estaba a disposición de quien quisiera tocarla y cuyas cuerdas usaban muchos para engañar a la nostalgia interpretando canciones tradicionales de la tierra de donde provenían y a la que presentían que iban a tardar más de lo deseable en volver. Una guitarra que, sin ser nada, lo era todo; que, sin disponer de voz propia, ponía su caja de resonancia al servicio de quien quisiera servirse de ella para gritar su melancolía. Una guitarra que acaso habría querido tocar el propio Machado, en algún momento de ese éxodo perpetuo que fue su biografía, para cantar a lo perdido y buscar en su recuerdo el bálsamo ante lo que aún estaba por venir.

No pudo tocar nunca el poeta esa guitarra, pero supo escribir un poema que les ha trascendido a ambos, a la guitarra y a él, y que yo escucho en esta mañana en la que brilla ese sol que no es el de la infancia, pero que quizás se parece a aquél que también iluminó el cielo hace 75 años, tal día como hoy, cuando Antonio Machado exhaló su último suspiro en un humilde cuarto del hotel Bougnol-Quintana, en Collioure.

machado

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