La realidad y la ficción

En mis tiempos de estudiante barbilampiño, rodaban por los bares más bohemios de Salamanca un par de cortometrajes que glosaban, respectivamente y utilizando en ambos casos los códigos propios del documental, las vidas de un tarado y un buscavidas. Los dirigía un joven cineasta por entonces desconocido que atendía por Rodrigo Cortés, se titulaban Yul y 15 días y tuve amigos que, tras visionar uno u otro, terminaron completamente convencidos de que cuanto se contaba en ellos era cierto. El engaño, por fortuna, no les duró mucho porque, en el caso que nos ocupa, era bastante sencillo desmadejarlo: ambas películas tenían el mismo protagonista, lo que ya hacía la cosa bastante inverosímil si uno conocía las dos obras, y se daba la circunstancia de que el susodicho actor era, en realidad, un chaval sólo algo mayor que nosotros que estudiaba 5º de Periodismo en nuestra misma facultad.

Tampoco me duró mucho el embuste de Operación Palace, principalmente porque ya desde el principio se dejaba notar un cierto aire de comedia bufa, pero también porque soy asturiano y seguidor del Sporting, y cualquiera que se tome ambas cosas más o menos en serio conoce Volver a empezar, la oscarizada película de Garci, y se sabe de carrerilla el nombre de su protagonista, aquel escritor encarnado por Antonio Ferrandis que regresaba del exilio para reencontrarse con su Gijón natal. Había, además, otra evidencia decisiva: nadie que se hubiese adherido a una artimaña tan burda como la que allí se resumía podía prestarse a retratarla con tanta naturalidad y desparpajo ante las cámaras, principalmente por que no se debe olvidar que la del 23-F –y es esta valoración la que ha acabado por engendrar el grueso de este texto– constituyó una velada dramática para muchos y no estaría bien confesar, con una sonrisa en los labios, que todo fue fruto de una gamberrada urdida, con fines más o menos nobles, en las habitaciones del Palace. El programa, hay que decirlo, fue impecable por dos razones: la trama estaba bien montada (aunque con errores evidentes, como la falta de alusiones al famoso «ni está ni se le espera» que Fernández Campo espetó cuando telefonearon a Zarzuela para preguntar si ya había llegado Alfonso Armada o al famoso pacto del capó con el que Tejero firmó su capitulación a la misma vera del Congreso) y no hay que quitarle méritos al hecho de convencer a personalidades reputadas, como Iñaki Gabilondo, o que a priori parecen poco dadas al cachondeo autorreferencial, como José Luis Garci o Luis María Anson, para que presten sus nombres, sus rostros y sus (trucados) testimonios a una farsa como la que anoche pusieron ante nuestros ojos. No sé si Jordi Évole ha pecado de exceso de valentía o de inconsciencia –no sé, en realidad, si ambas cosas no podrán acabar siendo lo mismo–: presentar el golpe de Estado como una confabulación telegénica urdida entre las suites de un hotel de lujo y los búnkeres del castizo parque de El Capricho es una maniobra ingeniosa, pero arriesgar en ello el propio prestigio profesional y la adhesión de mucha gente hasta ahora próxima que se acabó sintiendo estafada con su osadía es algo que sólo puede hacer alguien que o bien está muy seguro de sí mismo o bien no se ha detenido a calibrar razonadamente las consecuencias de sus actos. Porque, aunque el falso documental tuvo una factura sobresaliente y el resultado global fue realmente entretenido, cabe hacer algunas consideraciones que, en mi opinión, no se pueden dejar pasar por alto.

¿Es lícito hilvanar un argumento de ficción acerca de las causas y los resortes que activaron un episodio tan peligroso y complejo como el del golpe de Tejero? Evidentemente, sí. Desde antiguo, la Historia ha servido como base sobre la cual fantasear, y de esa unión entre los hechos reales y probados y la conjetura elevada a subtrama desde la que matizar lo contrastable han salido obras muy notables que han enriquecido nuestro acervo y, en no pocas ocasiones, arrojado luz, a su manera, sobre momentos envueltos en claroscuros o sometidos a una controversia insalvable. Ahora bien, ¿resulta igualmente lícito presentar durante días una ficción como si de una investigación real se tratase, creando unas expectativas que se revelarán falsas y sembrando en una numerosa porción de los espectadores la vergonzante impresión de que se les ha tomado por tontos? Me temo que ahí radica el quid de la cuestión. Podría tener un pase –y de hecho, lo tiene– si dicha fabulación se refiriese a episodios más lejanos, menos sensibles, de nuestra Historia (la conquista de Granada, las abdicaciones de Bayona o el asesinato de Canalejas, por poner tres ejemplos distantes entre sí), pero resulta de dudoso gusto cuando se toma como motivo un momento como el 23-F y se hace coincidir la broma con el 33º aniversario del golpe. Quizás porque en estas tres décadas y pico hemos visto repetidas hasta la saciedad las imágenes de Tejero entrando en el parlamento español, hemos olvidado algo fundamental: que esa fecha no fue en absoluto un carnaval, que las horas que siguieron a la incursión de la Guardia Civil en el Congreso fueron realmente traumáticas y que el sinvivir por el que pasó mucha gente no llegó a su término con la retransmisión del mensaje del Rey, sino que se prolongó hasta que las luces del alba ampararon la rendición y los más escépticos (que fueron mayoría) contemplaron con sus propios ojos cómo los diputados abandonaban, sanos y salvos, la Carrera de San Jerónimo. He podido conocer testimonios de gente que lo pasó realmente mal en aquel pequeño lapso: personas que empezaron a hacer la maleta para largarse lo antes posible al otro lado de los Pirineos; mujeres que temblaban por el destino de sus hijos recién nacidos mientras sonaban en la radio las marchas militares; agrupaciones políticas que pasaron la noche entera deshaciéndose de documentación que pudiera incriminar a sus miembros si finalmente España terminaba en manos de una Junta Militar; militantes de la incipiente izquierda que casi de inmediato comenzaron a recibir amenazas de convecinos nada afines a la apertura democrática; hombres hechos y derechos que pasaron aquella velada muertos de miedo y, como los personajes de la novela de Marsé, llorando como niños. Venderles a todos ellos, aunque sólo sea durante una hora, la tesis de que todo obedeció a un complot cinematográfico resulta, además de tramposo, una severa indignidad y una falta de respeto a su compromiso y a su dolor. Igual que resulta extremadamente osado frivolizar, en su conjunto, con la Transición, un proceso que, aunque decididamente imperfecto, no fue el camino de rosas que muchas veces recuerdan sus defensores ni el cúmulo de insensateces que denuncia buena parte de sus detractores, sino un largo encaje de bolillos que trajo sangre, sudor y lágrimas en abundancia, y que dejó víctimas que se merecen, cuando menos, un recuerdo aseado. Estoy convencido de que en los cálculos de Jordi Évole, por quien sigo teniendo gran estima, no entraban, ni mucho menos, estas consecuencias, pero aun considerando encomiable su propósito –el de mostrar cómo una mentira hábilmente hilvanada puede presentarse y ser tomada como una verdad–, no puedo evitar concluir que no ha sabido ser sensible a lo que significó el 23-F para quienes sí tuvieron que sufrirlo y llegaron a ver comprometidas sus propias vidas.

Realidad y ficción van muchas veces parejas, pero la segunda sólo puede ocuparse de la primera con la vocación de interpretarla, no con el afán de deformar o tergiversar. Me temo que Évole, en cuyo haber hay que apuntar siempre su encomiable investigación en torno al accidente del metro de Valencia, no ha sabido hilar fino al supeditar la credibilidad de su trabajo al éxito de audiencia. Si desde el principio hubiese anunciado que todo cuanto iba a aparecer en la tele era una ingeniosa mentira excelentemente facturada, no se habría dado la indignación que muchos sintieron tras el fin de la emisión, pero tampoco habría concitado la atención de tantos espectadores. Pero si de verdad su relación con el 23-F se hubiera centrado en una investigación rigurosamente periodística –tan necesaria todavía en un episodio que sigue presentando no pocas zonas de sombra–, y por fallido que fuese el resultado, al menos habría preservado el prestigio que con tanto merecimiento se ha ido ganando en estos años. El hecho de que haya sacrificado su credibilidad en beneficio del espectáculo me despierta, como dije al principio, una inmensa duda: no sé si se trata de un pionero o si considera que sus ideas, simplemente por ser suyas, se sitúan por encima del bien y del mal. Habrá tiempo para comprobarlo. Mientras tanto, sólo puedo recomendar a quienes quieran bucear entre las posibles verdades y las hipotéticas mentiras del 23-F que dediquen unas horas a la lectura de Anatomía de un instante (Mondadori), el brillante libro de Javier Cercas  en el que se estudia –aquí sí, con rigor y respeto a las fuentes– un episodio que, afortunadamente, nos parece hoy ficticio, pero que fue absoluta y dolorosamente real.

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