El doctor Ramis y el tiempo

En mi imaginario, y creo que en el de la mayoría de los componentes de mi generación, Harold Ramis comenzó siendo el doctor Spengler de Los cazafantasmas, líder intelectual de aquel grupo de científicos medio chiflados que por dos veces libraron a la ciudad de Nueva York de perecer a manos de pintorescas hordas ectoplásmicas, pero terminó ocupando un papel mucho menos visible, aunque infinitamente más sustancioso. Porque, unos pocos años después, Harold Ramis fue el guionista y director de una película cuya adscripción al formato de la comedia ha hecho que sea juzgada muchas veces desde una perspectiva superficial o frívola y que, sin embargo, encierra una reflexión más que amarga acerca de la condición humana.

En el argumento de Atrapado en el tiempo (así se conoció en España un largometraje cuyo título original, mucho más pertinente que su traducción castellana, fue Groundhog Day ) late una profunda tristeza, la misma que va haciendo mella en el rostro del personaje principal –el meteorólogo Phil Connor, encarnado por el actor Bill Murray, que viaja por obligación a la localidad de Punxsutawney para informar de las celebraciones del llamado Día de la Marmota– cuando descubre que, por razones que no alcanza a adivinar y a las que, por lo tanto, no puede poner remedio, está condenado a revivir una y otra vez la misma jornada, sometido por toda la eternidad a un caprichoso bucle que le mantiene encerrado en una ciudad que no es la suya y le obliga a contraponer su estupor o su irritación o su tristeza, o todas esas cosas a la vez, a la alegría y el jolgorio que imperan a su alrededor y mueven a las multitudes que celebran –siempre de forma idéntica, siempre con arreglo al mismo punto del calendario– su muy entrañable y reputada fiesta local. Hasta hace poco vi esa película todos los años, coincidiendo con el 2 de febrero, y cada vez fue interesándome más esa vertiente trágica que su director agazapó bajo una sucesión de eficaces gags que consiguen que uno se deje llevar por los hilarantes recovecos argumentales sin reparar demasiado –o no hasta que ya es tarde y resulta casi imposible apreciar la magnitud completa del desastre– en esa conclusión que, sin embargo, no tarda mucho en resultar palpable y que, además, ya conocemos de antemano, aunque no acostumbremos a pensar en ella porque parte de la presunción de un imposible lógico al que sabemos que nunca tendremos que adscribirnos. Esa verdad no es otra que la certeza de que el ser humano no está preparado para la inmortalidad y sí para la muerte, porque a la postre, y aunque parezca una paradoja, es ésta la que acaba por dar un sentido completo a la propia existencia al tiempo que difumina del todo sus anhelos. Lo que el protagonista de Atrapado en el tiempo desea es, en el fondo, que el tiempo pase, que su vida no se quede siempre estancada en el mismo punto, que sus pasos tengan un destino, aunque éste suponga la anticipación de ese final último e indeseado que, si bien resulta bastante hostil para casi todos, a él le llega a parecer una auténtica redención en medio del infierno al que le abocan las circunstancias.

Todo lo que nace muere, y, aunque no queramos o no sepamos reconocerlo, nos parece bien porque inconscientemente tenemos asumido que ese no irse nunca, ese existir siempre, sería algo insoportable. Que estamos programados para agotarnos y que, en consecuencia, aquello que hacemos tiene en cuenta esa condición necesaria e impostergable. La de que todo lo que empieza tiene, de una u otra forma, que concluir algún día. Harold Ramis, que supo reflejar esto con gracia y sutileza, acaba de liberarse del tiempo para siempre. Ojalá  le sea leve la eternidad que le arrullará a partir de ahora.

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