Independencia

Fue inevitable. En el transcurso de mi reciente estancia en Barcelona, no hubo conversación en la que no se tratara, con mayor o menor profusión, el tema del referéndum convocado por Artur Mas y su derivación inexorable, la posible independencia de Cataluña. He de decir que, en general, las opiniones con que me encontré fueron ponderadas y bastante racionales, pero también que en determinadas ocasiones hubo lugar para lo contrario. No había reparado en que se celebrará, dentro de unos meses, el tricentenario del asedio de 1714, y supongo que la coincidencia entre esa fecha y la esperada votación contribuyen, en buena medida, a calentar los ánimos. La inminente efeméride me dio la oportunidad de ver, en el Salón del Tinell, una exposición  acerca del papel que a lo largo de la Historia ha jugado Cataluña en Europa. Poco después, en el antiguo Mercado del Born, asistí a una escenificación de la caída de la Ciudad Condal a manos de las tropas borbónicas. Durante la comida posterior a la comunicación del fallo del premio Biblioteca Breve, una periodista, al descubrir que compartíamos un incurable miedo a los aviones, exclamó: «¡al menos tenemos una cosa que nos une!». Aunque lo interpreté como una simple boutade (y he de decir, en su descargo, que lo era), no dejé de darle vueltas a la frase. Y es la deriva un tanto desquiciada que está tomando todo este asunto la que me empuja a poner por escrito una serie de conclusiones:

1) Desconozco los inconvenientes legales o jurídicos que puedan existir al respecto –quiero decir con ello que esto es una opinión puramente personal y no pretende dictaminar qué se debe o no se debe hacer–, pero veo bien que sean los catalanes quienes se pronuncien acerca de su propia independencia. En cierto sentido, me parece lógico, habida cuenta de que son ellos quienes se han planteado la pertinencia o la necesidad de tal medida y que, al fin y al cabo, no hablamos de otra cosa que de clarificar, en primera instancia, una postura concreta. Si se entiende que la decisión afecta al conjunto de España y que también deben tener voz y voto los habitantes de las dieciséis comunidades autónomas restantes, entiendo que lo normal sería que lo hicieran una vez que Cataluña se hubiese manifestado. El motivo es sencillo, y creo que también entra dentro de parámetros guiados única y exclusivamente por la racionalidad: no se puede votar a favor o en contra de algo que tal vez no exista, y si los propios catalanes deciden mayoritariamente que no quieren independizarse, sería un tanto rocambolesco que en España, simultáneamente, se dilucidara la misma cuestión y ganase justamente la opción contraria dando pie a una opción remota, pero posible y mucho más desquiciada, la de que Cataluña quiera seguir en España pero sea España la que tome la decisión de expulsar a Cataluña.

2) No soy partidario de la independencia. A determinadas cuestiones personales, como cierto vínculo sentimental que mantengo con Barcelona (una ciudad donde tengo buenos amigos y en la que siempre se me ha tratado muy bien) y con otros parajes catalanes (las calles del casco antiguo de Girona, ciertas calas de la Costa Brava, la montañosa serenidad de Camprodón, la luz de Palafrugell al atardecer), se añade una convicción bastante sólida: la de que una hipotética independencia de Cataluña empobrecería enormemente tanto a la propia Cataluña como al territorio del que se escinde en términos no sólo económicos, sino también, y sobre todo, sociales, humanos y culturales.

3) Creo que el debate independentista es una trampa urdida por un Artur Mas en decadencia que, amén de ocultar con su convocatoria una gestión manifiestamente mejorable, entiende que la celebración del referéndum y su probable éxito le permitirá, por una parte, continuar en política (sea en calidad de lo que sea), pero también obtener una suerte de beneplácito implícito a su labor al frente de la Generalitat y, por último, garantizar su paso a la Historia como el President que permitió que los catalanes se liberaran del yugo que, históricamente, les oprimía. Uso el término «trampa» no como una concesión demagógica, sino como fruto de una doble convicción: en primer lugar, la de que la independencia no sólo no será una panacea para Cataluña, sino que una Cataluña independiente lo pasará realmente mal durante un periodo de tiempo lo suficientemente extenso (diez, quince, veinte años, puede que unos cuantos más) como para plantearse si la ruptura resulta una decisión apropiada; además, hablamos de una maniobra política con tintes que, en última instancia, revisten un tono ciertamente personalista y que juega con los sentimientos de un buen número de ciudadanos que tienen todo el derecho a considerarse vilipendiados o cuestionados por un Estado al que identifican con la Corona que les postró de hinojos hace tres siglos, pero que en ningún caso merecen que ese posicionamiento ante el devenir histórico de la tierra en la que nacieron o residen se convierta en una moneda de cambio sujeta a las veleidades espurias de un político (o varios), un partido (o varios) y un Gobierno.

4) No ayuda en absoluto la actitud de quienes, desde el otro lado, en vez de plantear la pertinencia de un debate serio en torno a la idea de España y la posibilidad de una reforma constitucional, un replanteamiento territorial o un rediseño pormenorizado de las actuales relaciones entre las distintas comunidades autónomas, zanjan la cuestión presentándola como una guerra abierta y reduciéndolo todo al lema «Cataluña contra España», que, si a algo contribuye, es a incrementar el cerrilismo y a sumar adeptos a la irracionalidad en vez de apostar por la serenidad en los planteamientos y la paulatina aproximación en las conclusiones.

5) Lo más triste es el profundo poso de insolidaridad que se adivina en todo esto, tanto por parte de quienes argumentan, con simplicidad torticera, que el resto de España vive de Cataluña, como la de quienes, en la orilla opuesta, se preguntan cómo puede atreverse a plantear su independencia un territorio que nunca habría llegado a ser lo que es sin el apoyo fiel y constante de España.

Por concluir: estoy convencido de que a los catalanes y a mí nos unen más cosas de las que nos separan, en el caso de que nos separe alguna. Si ellos toman la resolución de irse, respetaré su decisión y les desearé la mejor de las suertes. No sólo no les odiaré, sino que continuaré estimándolos en lo que valen, pero no podré dejar de pensar que están optando por un camino equivocado que sólo acabará conduciendo a un lugar en el que, a la postre, nos perderemos todos.

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