Mi abuela y el presidente Suárez

El presidente Suárez pasó sin despeinarse de ser un franquista aplicado y ambicioso a convertirse en rostro y síntesis de la nueva democracia. Mi abuela estuvo siempre en el mismo bando, el de quienes tenían que bregar a diario para conseguir comer caliente y criar con decencia a sus hijos. El presidente Suárez pasó sus últimos años en una urbanización de lujo de las afueras de Madrid. Mi abuela nunca abandonó la humilde vivienda donde transcurrió la mayor parte de su vida, en un modesto barrio obrero de la cuenca minera asturiana. Al presidente Suárez pasaba a verlo, de vez en cuando, el Rey de España. Mi abuela trataba constantemente con sus hijos, con sus nietos, con la vecina de arriba y con tres o cuatro amigas con las que tomaba café cada tarde, en la confitería. El presidente Suárez se ha muerto este domingo, a la hora del telediario, en una clínica privada a cuya puerta hacían guardia más de diez y más de veinte medios de comunicación. Mi abuela falleció el jueves pasado, unos minutos después de las cinco de la tarde, en su casa y en la compañía de sus seres más queridos.

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Un carnicero de barrio

Ha escrito Guillermo Ortiz que España es un país de miserables, y sus palabras me han llevado a recordar que, hace bastante tiempo, Arturo Pérez Reverte dijo no recuerdo dónde que, si hay algo que los españoles sabemos hacer como nadie, es salir en los cuadros de Goya. La afirmación del primero, que tan bien concuerda con la del segundo, llega a propósito del décimo aniversario de los atentados del 11 de marzo de 2004 y de las llagas sangrantes que aquel episodio dejó abiertas en un modelo de convivencia que, si no idílico, sí llegamos a creer bastante aseado en comparación con lo que habíamos llegado a padecer unos cuantos años antes. Recuerdo bien aquella fecha —quién no recuerda esos momentos en que la fatalidad cobra cuerpo para demostrarnos que, aunque no alcancemos a percibirla, siempre aguarda agazapada el momento propicio para emerger— porque me levanté muy temprano y el azar quiso que se me ocurriera ir a desayunar a una cafetería cuyo televisor emitía en aquel instante las primeras noticias de la catástrofe, con informaciones atropelladas y datos que en esos primeros compases de la tragedia hablaban de tan sólo cinco o seis muertos. También porque entonces trabajaba en un periódico en el que me habían encargado la cobertura de la campaña electoral, y lo que iba a ser una jornada más bien anodina se acabó convirtiendo en una de trabajo arduo y francamente desagradable, por todo lo que suponía aquel rosario cuyas macabras cuentas se fueron deslizando una a una a lo largo de la tarde. Recuerdo bien el 11-M porque cada una de las 192 víctimas mortales caía como una losa en la conciencia hasta casi bloquearla por completo. También porque, igual que mucha gente, empleé algún tiempo en telefonear a algunas personas que tenía desperdigadas por Madrid para cerciorarme de que estaban bien,  de que no les había tocado a ellas perecer en la barbarie, de que pese a todo el mundo iba a seguir girando como siempre dentro de mi órbita particular.

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Leopoldo María Panero: un memento

A Leopoldo María Panero –fallecido sólo unos días después de que la muerte se llevara a Ana María Moix, que había sido su gran compañera de generación y de pulsiones juveniles– le vi dos veces en mi vida. Una fue en Las Palmas de Gran Canaria, en 2008, y la otra en Madrid, en abril de 2012, cuando Lorenzo Rodríguez y yo le descubrimos, de refilón, bebiendo cerveza en una terraza de la Feria del Libro. Fue esta última una visión fugaz, sin más historia que la que cabe en estas pocas palabras, porque ni yo me detuve a saludarle ni él dio señales de reconocerme. Algo perfectamente normal: allá donde él estaba, siempre se terminaban congregando pequeñas multitudes que buscaban aproximarse, aunque fuera sólo unos instantes, a la larga sombra que brotaba de su leyenda maldita; por otro lado, las horas que compartimos en las islas no habían sido, al fin y al cabo, más que una larga velada compartida entre varias personas que nos habíamos reunido allí para hablar de su familia, un tema que a él, por mor de la insistencia, había acabado por interesarle más bien poco.

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La voz de Ana María

Hace algunos años, escribí una novela acerca de los años de la Transición en la que adquirían cierta importancia los Novísimos. Cuando di por finalizado el primer borrador, se lo envié, un poco a tientas, a Ana María Moix, que entonces andaba intentando reflotar la marca Bruguera desde el seno de Ediciones B. Me llamó por teléfono unas semanas después y fue muy amable conmigo. Me comentó que le había gustado mucho, me hizo algunas observaciones –ella fue, de algún modo, su primera correctora– y me consta que la defendió e hizo lo posible porque aquellas páginas que yo había pergeñado con apenas veinticinco años acabasen viendo la luz. Hace unos días, escribí que en Barcelona siempre me he sentido excelentemente tratado. Ana María Moix fue, nunca hasta ahora había pensado en ello, la primera interlocutora que tuve en la ciudad.

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Mezquita

Hace bastantes años, visité una pequeña iglesia en cuya sacristía se había dispuesto una mínima galería de retratos cuyas imágenes inmortalizaban a algunos de los sacerdotes que habían servido en la parroquia. Recuerdo que, entre todos ellos, había cuatro fallecidos en la guerra civil, y que el redactor de los escuetos textos que acompañaban a las fotografías había querido imponer una determinada jerarquía para matizar su recuerdo: mientras consideraba a tres de ellos «mártires» de la contienda, especificaba que el cuarto había sido, simplemente, «asesinado». La justificación de la diferencia estaba clara. Los primeros se habían adherido a la causa que las instancias eclesiales consideraban la correcta, pero el último había encontrado más justas las razones de sus oponentes. Su muerte tenía, pues, un menor rango, o era menos lamentable, o no reunía los suficientes méritos para hacerse acreedora de los galones que debe llevar aparejados una buena defensa doctrinaria de la fe.

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