Un carnicero de barrio

Ha escrito Guillermo Ortiz que España es un país de miserables, y sus palabras me han llevado a recordar que, hace bastante tiempo, Arturo Pérez Reverte dijo no recuerdo dónde que, si hay algo que los españoles sabemos hacer como nadie, es salir en los cuadros de Goya. La afirmación del primero, que tan bien concuerda con la del segundo, llega a propósito del décimo aniversario de los atentados del 11 de marzo de 2004 y de las llagas sangrantes que aquel episodio dejó abiertas en un modelo de convivencia que, si no idílico, sí llegamos a creer bastante aseado en comparación con lo que habíamos llegado a padecer unos cuantos años antes. Recuerdo bien aquella fecha —quién no recuerda esos momentos en que la fatalidad cobra cuerpo para demostrarnos que, aunque no alcancemos a percibirla, siempre aguarda agazapada el momento propicio para emerger— porque me levanté muy temprano y el azar quiso que se me ocurriera ir a desayunar a una cafetería cuyo televisor emitía en aquel instante las primeras noticias de la catástrofe, con informaciones atropelladas y datos que en esos primeros compases de la tragedia hablaban de tan sólo cinco o seis muertos. También porque entonces trabajaba en un periódico en el que me habían encargado la cobertura de la campaña electoral, y lo que iba a ser una jornada más bien anodina se acabó convirtiendo en una de trabajo arduo y francamente desagradable, por todo lo que suponía aquel rosario cuyas macabras cuentas se fueron deslizando una a una a lo largo de la tarde. Recuerdo bien el 11-M porque cada una de las 192 víctimas mortales caía como una losa en la conciencia hasta casi bloquearla por completo. También porque, igual que mucha gente, empleé algún tiempo en telefonear a algunas personas que tenía desperdigadas por Madrid para cerciorarme de que estaban bien,  de que no les había tocado a ellas perecer en la barbarie, de que pese a todo el mundo iba a seguir girando como siempre dentro de mi órbita particular.

Como trabajaba en un periódico, había tenido ocasión de conocer a Rabia Gaya. Era musulmán y regentaba una carnicería en El Llano, el barrio de Gijón en el que yo vivía entonces. Una de las primeras medidas que tomaron las autoridades municipales, cuando ya se abrían paso las hipótesis que hablaban de una autoría vinculada al fundamentalismo islámico, fue convocar una concentración de repulsa a los atentados en la plaza Mayor de la ciudad. Rabia fue uno de los primeros en llegar. Se colocó frente al edificio del Ayuntamiento con una pancarta y explicó, a todo aquél que quiso escucharle, que la percepción del mundo que tenían quienes habían planificado y cometido los atentados no tenía que ver ni con la que proponía el Corán ni con la suya propia. Que él no entendía cómo alguien podía prestar su imaginación y sus esfuerzos a una causa así. Que desde que se enteró de lo que había ocurrido y supo de la probabilidad de que todo se debiera a una conspiración islamista, estaba desolado. Alguien me comentó que, esa misma tarde, había visto a Rabia subirse a uno de los trenes que desde Gijón salieron hacia Oviedo llenos de gente dispuesta a tomar parte en una mastodóntica manifestación que tapizó con una moqueta humana las calles del centro de la capital asturiana. Una manifestación que se desarrolló en un clima tan enrarecido que, cuando tuve que escribir mi crónica para el periódico, no me atreví a utilizar los adjetivos que se me venían a la mente y que ilustraban una hostilidad tan inesperada como frustrante.

Pasó el tiempo y se desveló que los explosivos detonados en los trenes habían salido de Asturias, algo que en un primer momento resultaba casi inverosímil, por pintoresco, y que pronto dio paso a un aluvión de investigaciones que algunos medios aprovecharon para alimentar determinadas teorías conspiratorias que habían surgido un segundo después de cometerse la masacre con el único fin de salvaguardar la autoridad política y moral del aznarato. Y de pronto, un día de marzo de 2015, un diario de tirada nacional publicó en portada una foto de Rabia Gaya atendiendo a sus clientes en su carnicería de El Llano. El periódico le acusaba de ser cómplice de los autores intelectuales del atentado. No se aportaban pruebas ni se contrastaban fuentes —algo que es norma fundamental en el oficio, pero que se hace completamente indispensable cuando está en juego la honorabilidad de personas concretas—, pero eso era lo de menos. Hubo quien empezó a mirar con malos ojos a Rabia. Algunos clientes habituales desertaron de su carnicería y él acabó cerrando el negocio, agobiado por quienes se acercaban hasta allí para insultarle y acosado por mal llamados periodistas que acudían a ella en busca de más carnaza.

Diez años después del 11-M, no sé qué habrá sido de Rabia Gaya. Antes del 11 de marzo, había hablado con él un par de veces y en ambas ocasiones me pareció un buen tipo. Luego le perdí la pista, y cuando supe por la prensa que había cerrado su carnicería, algunos meses después de que le señalaran en aquella primera plana de infausto recuerdo, llevaba ya bastante tiempo sin cruzármelo por el barrio. Por descontado, nadie pudo probar nunca su implicación en la trama de los atentados. Tampoco eso importó mucho porque ya se habían ocupado de juzgarlo desde determinados púlpitos que, aún hoy, lucen en su pretendido ideario una serie de términos («libertad», «justicia», «verdad») a cuyo significado real no siempre se aproximan todo lo que debieran.

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