Mi abuela y el presidente Suárez

El presidente Suárez pasó sin despeinarse de ser un franquista aplicado y ambicioso a convertirse en rostro y síntesis de la nueva democracia. Mi abuela estuvo siempre en el mismo bando, el de quienes tenían que bregar a diario para conseguir comer caliente y criar con decencia a sus hijos. El presidente Suárez pasó sus últimos años en una urbanización de lujo de las afueras de Madrid. Mi abuela nunca abandonó la humilde vivienda donde transcurrió la mayor parte de su vida, en un modesto barrio obrero de la cuenca minera asturiana. Al presidente Suárez pasaba a verlo, de vez en cuando, el Rey de España. Mi abuela trataba constantemente con sus hijos, con sus nietos, con la vecina de arriba y con tres o cuatro amigas con las que tomaba café cada tarde, en la confitería. El presidente Suárez se ha muerto este domingo, a la hora del telediario, en una clínica privada a cuya puerta hacían guardia más de diez y más de veinte medios de comunicación. Mi abuela falleció el jueves pasado, unos minutos después de las cinco de la tarde, en su casa y en la compañía de sus seres más queridos.

El presidente Suárez fue procurador en Cortes por Ávila, gobernador civil de Segovia y director de Radiotelevisión Española antes de ganarse el puesto que le dio posteridad y lustre. Mi abuela fue modista y ayudaba a mi abuelo, su marido, en el estudio de fotografía que éste regentó hasta su jubilación. El presidente Suárez supo rodearse de la gente adecuada para ascender paulatinamente hasta encumbrarse en lo más alto del escalafón político-social y tratar de tú a tú al flamante nuevo jefe del Estado con la misma soltura con que antes le había reído los chistes a su antecesor Arias Navarro. Mi abuela eludía con plena convicción cualquier pompa o fanfarria e hizo siempre alarde de una exquisita discreción surgida del convencimiento de que, ante las palabras necias, el mayor desprecio consiste en hacer oídos sordos. El presidente Suárez tuvo la oportunidad de hacer la Historia. A mi abuela, por el contrario, sólo le cupo la opción de padecerla. El presidente Suárez, en agradecimiento a los servicios prestados, obtuvo un título nobiliario. Mi abuela se hizo acreedora de las pensiones que se derivaban de su viudedad y su trabajo, y no tuvo más condecoración que el cariño que, hasta el final, le dispensamos los suyos.

No he derramado ni una sola lágrima por el fallecimiento del presidente Suárez. Las gasté todas en estos últimos días, mientras despedía a mi abuela con la dignidad que ella merecía.

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