Leopoldo María Panero: un memento

A Leopoldo María Panero –fallecido sólo unos días después de que la muerte se llevara a Ana María Moix, que había sido su gran compañera de generación y de pulsiones juveniles– le vi dos veces en mi vida. Una fue en Las Palmas de Gran Canaria, en 2008, y la otra en Madrid, en abril de 2012, cuando Lorenzo Rodríguez y yo le descubrimos, de refilón, bebiendo cerveza en una terraza de la Feria del Libro. Fue esta última una visión fugaz, sin más historia que la que cabe en estas pocas palabras, porque ni yo me detuve a saludarle ni él dio señales de reconocerme. Algo perfectamente normal: allá donde él estaba, siempre se terminaban congregando pequeñas multitudes que buscaban aproximarse, aunque fuera sólo unos instantes, a la larga sombra que brotaba de su leyenda maldita; por otro lado, las horas que compartimos en las islas no habían sido, al fin y al cabo, más que una larga velada compartida entre varias personas que nos habíamos reunido allí para hablar de su familia, un tema que a él, por mor de la insistencia, había acabado por interesarle más bien poco.

Viajé a Las Palmas de Gran Canaria, invitado por el Festival de Cine de esa ciudad, para exhibir un documental que había dirigido sobre los vestigios que quedaban en Astorga de la intrahistoria paneriana y participar en una tertulia convocada alrededor de la vigencia de los Panero y su influencia, literaria e histórica, en las letras españolas de las últimas décadas. Leopoldo María Panero vino a la rueda de prensa en la que se presentó aquel ciclo –comisariado por el escritor y periodista Federico Utrera y en el que, además de El desencanto y Después de tantos años, se proyectaron cortometrajes y obras marginales que habíamos ido haciendo quienes allí estábamos invitados– y se quedó todo el día con nosotros. Vivía en el Hospital Psiquiátrico de Las Palmas, pero alguien me contó que lo normal era que sólo pasara allí la noche y que empleara las horas del día en dar por la ciudad unos paseos larguísimos y erráticos en los que siempre llevaba, colgada en un hombro, una vieja mochila llena de libros. Pasamos aquella jornada en la terraza de un bar de la plaza de Cairasco, frente al suntuoso edificio del Gabinete Literario, y los presentes atendíamos a sus palabras como si esperásemos que de la boca del poeta saliese alguna clase de revelación que nunca llegaba. Fumaba compulsivamente, bebía muchísimo Nestea –en un momento dado hice la cuenta: se apiñaban en la mesa una docena de botellas, y cada pocos minutos requería la atención de los camareros para que continuasen reponiendo lo consumido– y no cesaba de repetir el mismo chiste, que invariablemente concluía con unas carcajadas estridentes. Espasmódicas. Brutales. Es ese chiste –y no los versos que coloqué en el frontispicio de mi novela Los últimos días de Michi Panero («Al amanecer los niños se montaron en sus triciclos, / y nunca regresaron»), como había pensado inicialmente– el que quiero recordar aquí esta mañana en la que me he despertado con la noticia de su pérdida, convertido ya para siempre en el último Panero, inmortalizado como ese hombre normal que, en un momento dado, decidió cruzar su vida con la del esperpento. Un chiste que es, realmente, muy bueno y que he recordado desde entonces siempre que he tenido delante sus versos o cada vez que el azar me ha colocado frente a frente con el recuerdo de aquellas horas en Gran Canaria:

–Era un sereno alcohólico, como Malcolm Lowry, que, cada vez que escuchaba a alguien gritando en la noche «¡sereno! ¡sereno!», se llevaba las manos a la cabeza y susurraba «ya están aquí otra vez esas malditas voces».

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