La voz de Ana María

Hace algunos años, escribí una novela acerca de los años de la Transición en la que adquirían cierta importancia los Novísimos. Cuando di por finalizado el primer borrador, se lo envié, un poco a tientas, a Ana María Moix, que entonces andaba intentando reflotar la marca Bruguera desde el seno de Ediciones B. Me llamó por teléfono unas semanas después y fue muy amable conmigo. Me comentó que le había gustado mucho, me hizo algunas observaciones –ella fue, de algún modo, su primera correctora– y me consta que la defendió e hizo lo posible porque aquellas páginas que yo había pergeñado con apenas veinticinco años acabasen viendo la luz. Hace unos días, escribí que en Barcelona siempre me he sentido excelentemente tratado. Ana María Moix fue, nunca hasta ahora había pensado en ello, la primera interlocutora que tuve en la ciudad.

Cuando publiqué aquella novela, le envié un ejemplar y ella me telefoneó para agradecerme el detalle y desearme buena suerte. Fue la última vez que hablamos. Nunca llegamos a vernos en persona, en parte porque ella dejó de trabajar en la editorial a la que yo me dirigía para localizarla –no tuve nunca sus señas personales– y en parte porque no me atreví a dar el paso por temor a importunarla. Por eso este fin de semana, cuando supe de su muerte, lo primero que me vino a la cabeza fue su voz. Aquella voz ronca, tan grave, con ese hablar medido y pausado. Su forma de dejar que las palabras fuesen brotando unas detrás de otras como si les costara materializarse, como si dudaran un instante antes de salir del todo de sus labios. Los silencios que sabiamente colocaba antes o después de sus intervenciones, indicando que estaba meditando su respuesta o que ya no tenía nada más que decir al respecto. Recuerdo que, mientras me hablaba, yo la imaginaba fumando un cigarrillo, en su despacho de Bruguera o en su piso del Ensanche, y que me sentía importante por el mero hecho de tener al otro lado del teléfono a alguien que había ocupado un papel tan importante en la literatura española de las postrimerías del siglo pasado. Hay arrepentimientos que surgen cuando uno menos se lo espera, a traición, para torturarle durante un tiempo con su soniquete malévolo y cruel. El que me ocupa a mí estos días me pregunta por qué no intenté localizar nunca a Ana María Moix. Por qué no averigüé su paradero. Por qué no me molesté un poco para intentar conocerla en persona. Por qué no supe ir a verla para darle personalmente las gracias.

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