Escribí hace un par de años, coincidiendo con el aniversario de la publicación de algunos títulos con los que se oficializó el gran estallido de la literatura latinoamericana más allá de sus fronteras, un artículo que titulé «Contra el boom» en el que algunos quisieron ver un desprecio velado a la figura y la obra de Gabriel García Márquez. No era así –de hecho, en el citado texto declaraba, textualmente, «el cariño que les tengo a Cien años de soledad y al torrencial árbol genealógico de los Buendía»–, pero sí pretendía hacer una puntualización a propósito de ciertas exageraciones que se hicieron entonces y que ahora, con ocasión del triste fallecimiento del patriarca de Macondo, vuelven a darse con machacona insistencia. Se dirá, y acaso sea cierto, que no conviene cuestionar lo establecido en épocas de duelo, pero también es verdad que hay simplificaciones que consiguen quedar instaladas en la memoria colectiva, y aunque Gabriel García Márquez fuese un escritor magnífico cuyo talento supo alumbrar un mundo propio, dotarlo de vida y dejárselo en usufructo a unas cuantas generaciones de lectores, presentarle a él como el escritor en castellano más importante del siglo XX y a su obra más conocida como El Quijote de la contemporaneidad no deja de ser un atrevimiento que denota que, en ocasiones, preferimos recrearnos en la contemplación de los árboles antes que ascender en busca de la perspectiva completa del bosque.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).