Si no fuese por esa ley de memoria histórica y esa necesidad de ventilar fosas comunes que tanto critican los chacales del nuevo orden, ni yo ni otros muchos habríamos conocido nunca la historia de Antoni Benaiges, un maestro catalán que en 1934 fue destinado al pueblo burgalés de Bañuelos de Bureba y que puso allí en práctica un método pedagógico, entonces muy innovador, que consistía en utilizar una pequeña imprenta para familiarizar a sus alumnos, a través de ella, con la escritura y la lectura. En los albores del infausto 1936, cuando se rompieron tantas cosas, prometió a los niños que se encontraban a su cargo que ese verano les llevaría a la costa para que pudiesen ver el mar por vez primera. A mediados del mes de julio, sus familiares y allegados dejaron de tener noticias suyas. Como tantos otros, desapareció en medio de la brutal dialéctica de puños y pistolas que convirtió España en una gran trinchera a lo largo de lo que fue el trienio más negro de nuestra historia reciente.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).