Homenajeados verdugos

Fue uno de los episodios más terribles de la guerra civil en Asturias. Trabajadores y enfermeros del hospital psiquiátrico de La Cadellada, en Oviedo, se habían trasladado al hermoso monasterio cisterciense de Valdediós, un enclave bucólico próximo a la costa y al lado de una magnífica iglesia prerrománica, para salvar a los enfermos de los rigores de un conflicto que acababa de iniciarse. En el mes de octubre de 1937, con la región en manos de las fuerzas franquistas, aparecieron en el cenobio los soldados del regimiento América 66, que al mando del general Mola consumaron allí una de sus mayores canalladas: en la noche del 26, obligaron al personal del centro a organizar un macabro aquelarre en el que violaron a todas las enfermeras y a cuyo término ordenaron a los presentes que hiciesen acopio de palas con las que cavar su propia fosa, un hoyo amplio y profundo en el que los enterraron cuando, una vez hollada la tierra, les dispararon el tiro de gracia. Aquella noche tristísima, aquel bellísimo rincón que sus primeros moradores habían querido denominar «valle de Dios» se convirtió, para su desgracia, en el auténtico hogar del diablo.

En estos días, el Ministerio de Defensa está homenajeando no a los médicos y enfermeras que fueron víctimas de la masacre, sino a aquellos que la perpetraron. En Navarra, una exposición que se ha puesto en marcha con el apoyo de dos partidos democráticos, UPN y PP, conmemora la historia y las gestas del regimiento América 66, que cumple 250 años. No hay ni una sola línea en toda la muestra que recuerde los asesinatos de Valdediós, el resultado de aquella orgía sangrienta llevada a cabo por unos cuantos miembros de esa unidad militar que se revelaron allí no como honrados servidores de la patria, sino como una banda de canallas miserables, auténticos cobardes que ni siquiera fueron conscientes de que con aquella apoteosis del horror deslegitimaban esa causa supuestamente noble por la que decían estar dispuestos a dar la vida. Ese grupo de asesinos recibe ahora loas y parabienes en Navarra por parte de quienes o bien desconocen su ignominia asturiana o bien entienden que se trata de una mera anécdota que en absoluto empaña un historial que juzgan brillante. Cualquiera de las dos opciones es igual de lamentable, porque ninguna institución que se denomina a sí misma democrática debe amparar –y menos haciendo uso de dinero público– un reconocimiento a quienes asesinaron impunemente y se jactaron luego de su fechoría infame. Sólo queda pensar, a modo de consuelo, que al menos ha sido necesario un homenaje para recuperar su memoria. La de sus víctimas, la de los muertos de Valdediós, está presente en la placa con la que se les recuerda a espaldas del monasterio, en el estudio que se hizo a partir de las exhumaciones que se llevaron a cabo en la fosa, en los libros que han reflejado su buen hacer profesional y las vicisitudes de aquella desgarradora noche en la que se resquebrajó todo, en los recuerdos de algún vecino que era niño en aquella época y que aseguraba que aún acudían a su memoria, en las noches de insomnio, los gritos de las víctimas y las risotadas orgullosas y satisfechas de sus despreciables y, sin embargo, homenajeados verdugos.

Valdedios

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3 respuestas a Homenajeados verdugos

  1. Iñigo dijo:

    Qué puta vergüenza, qué ataque a la dignidad humana, como dijo algún ministro franquista, lo suyo son crímenes, lo nuestro errores.

  2. Precisión, por favor. Mola murió en junio de 1937.

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