Morir cerca de casa

La editorial Anaya ha anunciado la retirada de un manual de Lengua y Literatura correspondiente al primer curso de Primaria en el que se dulcificaban hasta el ridículo las muertes de Federico García Lorca y Antonio Machado. Del primero se decía que había fallecido «cerca de su pueblo, durante la guerra de España», mientras que el relato de las últimas circunstancias vitales del segundo provoca un sentimiento que queda a medio camino entre la hilaridad y la vergüenza: «Pasados unos años», dice el texto, «se fue a Francia con su familia. Allí vivió hasta su muerte». ¿Es lícito dulcificar de esta manera la historia, aun a costa de que ese aligeramiento conlleve el riesgo de incurrir en falsedades severas? Se trata de un debate interesante, mucho más si se tiene en cuenta que el libro en cuestión iba dirigido a niños de seis años, que probablemente aún no han tenido tiempo de aprehender conceptos como «muerte» o «exilio», tan desgraciadamente rutinarios y, por el contrario o puede que precisamente por eso, tan terribles. De todos modos, me cuesta creer que se encuentre ahí el meollo profundo de la cuestión.

Yo no sé si conviene explicar, a unas edades tan tiernas, que el ser humano puede exhibir una crueldad extrema contra sus congéneres y que si por algo se caracterizan las guerras es porque en ellas vale todo, siempre que no se salpique a quienes verdaderamente las promueven. Lo que sé —porque me dedico a escribir, porque he tenido que trabajar en más de una ocasión con eufemismos, porque muchas veces el periodismo y la literatura tienen que confluir en ese ardid dialéctico que consiste en decir sin decir del todo, o en decir aparentando contar otra cosa: la sugerencia también puede ser un arte— es que quienes redactan los libros de texto conocen bien las herramientas del oficio, que los materiales didácticos nunca pasan por una sola mano y que quienes los publican tienen, principalmente, la intención de venderlos. Lo que, en este caso concreto, resulta particularmente sospechoso teniendo en cuenta el monopolio ideológico que nos invade y la entrega que dedican sus apóstoles no ya a convencernos de la bondad de sus axiomas, sino a ocultar o relativizar el reverso más negro de los postulados que predican.

No recuerdo qué ponían mis libros de texto de la EGB sobre Lorca y Machado. Sí recuerdo que en todo momento estaba clara la suerte que corrió el primero —era la década de los ochenta y había cierta inquietud por saber y por contar: se publicaban libros con su obra explicada a los niños y se pasó por televisión una serie (Muerte de un poeta, creo que se llamaba) cuya cabecera comenzaba, si no me equivoco, con la secuencia del fusilamiento—, y también la primera vez que supe algo sobre Antonio Machado. En una breve ficha se daba un repaso muy somero por su obra y se ubicaba junto a su nombre un paréntesis en el que la fecha de su nacimiento y la de su muerte iban acompañadas por los nombres de las ciudades donde habían tenido lugar. Quise saber dónde estaba Collioure y, cuando el profesor me indicó que se trataba de una localidad del sur de Francia, le pregunté por qué se había muerto tan lejos de su casa. «Tuvo que irse», fue su lacónica respuesta. Entiendo que no se extendiera —al fin y al cabo, no había pasado tanto tiempo desde el final de la dictadura y nosotros teníamos ya diez u once años, edad suficiente para dar por entendidas ciertas cosas—, pero me cuesta más comprender que, veintipico años después, España continúe siendo un país sumergido en una bronca constante con su propio pasado. Un país  en el que todavía existe miedo a llamar a las cosas por su nombre, incluida una dictadura que se prolongó cuarenta años y que aún ha sido incapaz de condenar abiertamente el partido que gobierna con su absoluta mayoría parlamentaria. Un país en el que los redactores de los libros de texto pueden decir tranquilamente que Lorca murió cerca de su casa, o que a Machado le sorprendió la parca mientras andaba de vacaciones con su familia, sin que se mueran de vergüenza ni nadie les llame a capítulo por maltratar de ese modo la memoria de dos de nuestros mejores hombres. No me extrañaría, de hecho, que alguien les hubiese dado una palmadita en el hombro como agradecimiento a sus buenas artes.

libromachado

 

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