El maestro y el mar

Si no fuese por esa ley de memoria histórica y esa necesidad de ventilar fosas comunes que tanto critican los chacales del nuevo orden, ni yo ni otros muchos habríamos conocido nunca la historia de Antoni Benaiges, un maestro catalán que en 1934 fue destinado al pueblo burgalés de Bañuelos de Bureba y que puso allí en práctica un método pedagógico, entonces muy innovador, que consistía en utilizar una pequeña imprenta para familiarizar a sus alumnos, a través de ella, con la escritura y la lectura. En los albores del infausto 1936, cuando se rompieron tantas cosas, prometió a los niños que se encontraban a su cargo que ese verano les llevaría a la costa para que pudiesen ver el mar por vez primera. A mediados del mes de julio, sus familiares y allegados dejaron de tener noticias suyas. Como tantos otros, desapareció en medio de la brutal dialéctica de puños y pistolas que convirtió España en una gran trinchera a lo largo de lo que fue el trienio más negro de nuestra historia reciente.

Yo he conocido la biografía, sencilla y apasionante, de Benaiges porque ha caído en mis manos una obra en la que se desgrana su paso por el mundo. El maestro que prometió el mar (Blume) es un libro hermoso, pero su lectura duele como la estocada de un puñal clavado en lo más hondo de la conciencia. He sabido, gracias al estupendo texto de Francesc Escribano, que tras la guerra civil nadie en Bañuelos de Bureba se atrevió a hablar nunca de Benaiges, y que su recuerdo sólo emergió cuando, en agosto de 2010, se comenzó a exhumar una fosa común en La Pedraja y alguien reunió valor y dignidad para evocar en voz alta la figura de aquel docente engullido por los lodos del pasado. Comenzaron, así, unas modestas investigaciones que permitieron arrojar luz sobre la tristeza inmisericorde de sus últimos días: Benaiges, militante socialista, fue apresado en Briviesca casi al instante de producirse el alzamiento. Le arrancaron los dientes, le torturaron, pasearon su cuerpo ensangrentado por todas las calles del pueblo y, finalmente, le asesinaron y enterraron junto a otros defensores de la causa republicana en el mismo paraje árido y hostil que, muchas décadas después, acabaría escupiendo sus huesos. El libro que ahora le inmortaliza —que cuenta, además, con unas espléndidas fotografías de Sergi Bernal y sendos estudios de Queralt Solé y Francisco Ferrándiz— hace justicia a su buen trabajo, aunque sea de manera tardía, y también, y sobre todo, ofrece algo de consuelo a sus descendientes, para los que Benaiges había sido hasta ahora una vaguedad omnipresente y acallada, una sombra incómoda que atraía los silencios cada vez que su nombre se invocaba en medio de algunas conversaciones familiares.

Los alumnos de Benaiges no pudieron ir con su maestro a conocer el mar, pero el libro se acompaña de un pequeño facsímil que recrea una de las publicaciones de las que él supo hacerles partícipes y protagonistas. Se titula El Mar. Visión de unos niños que no lo han visto nunca y recoge pequeños párrafos cuya ingenuidad sólo puede mover a la ternura («El mar», escribe uno de sus pupilos, «será muy hondo. Será de hondo como dos veces la veleta de la torre. Y tendrá dos metros de largura»). Uno se imagina a aquellos niños de una España profundísima y paupérrima sorprendidos ante la aparición de una imprenta en sus aulas, excitados ante la idea de salir en unos pocos meses al encuentro del mar, y se estremece ante la triste suerte que corrieron esos proyectos modestísimos y, al mismo tiempo, lo suficientemente ambiciosos como para remover los cimientos de una sociedad grisácea y apolillada. Por eso causan una mezcla estomagante de indignación y vergüenza palabras como las que hace no mucho pronunció un diputado conservador, cuyo nombre ni siquiera recuerdo ahora mismo, para dar a entender que quienes pretendían desenterrar fosas no eran más que una banda de aprovechados a la caza de subvenciones. Es una suerte que la realidad venga a desmentir sus aseveraciones necias y atolondradas para contarnos que hace unos cuantos años hubo hombres y mujeres que lucharon por alejar a este país de la penumbra impuesta por la Iglesia y los caciques. Y precisamente porque algunos de ellos, la mayoría, pagaron muy caro su atrevimiento, es justo revalorizar su ejemplo y su memoria para que nos lleguen, aunque sea con más de cuarenta años de retraso, historias como ésta del humilde maestro de pueblo que, una fría mañana de enero, miró a la cara a sus alumnos y, en vez de reprenderles, les prometió el mar.

Antoni-Benaiges-con-sus-alumnos

Antonio Benaiges, junto a sus alumnos, ante la escuela de Bañuelos de Bureba

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Una respuesta a El maestro y el mar

  1. Galderich dijo:

    Es una vergüenza que tantos Anonis Benaiges esten sepultados en las cunetas bajo excusa de una supuesta ètica del olvido… Es lógico que remover estos casos les produzca miedo porque claman al Cielo… ¡Qué país! https://www.youtube.com/watch?v=ie3oVEaaH4I

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