Hada Matute

Ana María Matute llegó diciendo que ella aún creía en las hadas y se metió al público en el bolsillo porque, a estas alturas de la película, somos muchos quienes pensamos que las hadas ofrecen más garantías de progreso que el IBEX-35. Estaba ya muy mayor, hablaba con tanta suavidad como si suspirase las palabras en vez de pronunciarlas y estuvo una hora hablando de su vida y de sus libros con otro escritor, José Manuel Fajardo, que nos robó el sueño de ser alguna vez los contertulios de una dama cuyos relatos nos enseñaron a crecer en la convicción de que la vida, para merecer tal nombre, no debe abandonar nunca del todo los predios de la infancia.

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Un galán de esta villa

Mi abuelo materno, a quien tanto quise, se llamaba Juan y, aunque no era hombre religioso ni sentía especial simpatía por el clero, llevaba muy a gala lo de que su nombre coincidiese con el del patrón de nuestro pueblo. No estoy seguro de que fuese él, tal y como me quiere dictar mi memoria, quien por primera vez me llevó a presenciar el sobrecogedor espectáculo de la monumental hoguera que, con la llegada de la medianoche, comienza a arder ante la fachada del ayuntamiento. Sí sé que en cierta ocasión, cuando yo era aún muy niño, me dijo una frase que no he olvidado nunca, pese a que probablemente no la entendiera mucho entonces: «aquí se baila por los que están y por los que no están». Ante nosotros, la multitud se desplegaba en círculos concéntricos alrededor del fuego, todos unidos por los meñiques en torno a una llamarada inmensa que se elevaba hacia el cielo y cuajaba de resplandores la liviana negritud de una noche de verano.

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«Las cuatro y diez»

Recuerdo bien la fecha porque sé que yo estaba cursando 2º de BUP y sé que aquel día era el cumpleaños de mi padre. Recuerdo también que llovía a mares cuando mi madre detuvo el coche ante las puertas de la confitería donde habíamos encargado la tarta preceptiva y me pidió que me quedara dentro, a la espera, mientras ella entraba a recogerla. Durante todo el viaje de vuelta —habíamos ido a primera hora de la tarde a Oviedo porque yo tuve que acudir allí a una cita con el dentista— estuvo sonando en el casette del Opel Kadett una cinta donde mi padre había grabado un repertorio a su medida. No hacía tanto que teníamos cadena de música, sólo tres o cuatro años, y desde que la compramos uno de sus pasatiempos preferidos consistía en registrar en cintas vírgenes las piezas que más le gustaban de sus vinilos de juventud para ir escuchándolas de camino al trabajo o para que sus acordes nos arrullasen en las largas travesías estivales.

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Viejas fotos

Tienen el regusto amargo de todo lo que se da por perdido y el aire confortable del hogar que siempre está abierto para recibir a las ovejas descarriadas. Se las ama tanto como se las teme porque son el mejor de los reductos desde el que entregarse a esa insensata afición por la nostalgia, pero también encierran la terrible constatación de que ya nada podrá ser jamás como era, de que definitivamente nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Uno se enfrenta a las viejas fotos que conserva en una caja de zapatos, o en un álbum familiar, o en marcos arrinconados en alguna esquina de los cajones rescatados de la última mudanza, con la turbación que se siente al revivir algunos instantes de los que ni siquiera guardaba ya recuerdo, pero también con el temor a percibir su propia biografía como algo extraño, ajeno, difusamente remoto. Como si de pronto estuviera siendo testigo de las vidas de otros o de los escenarios por los que caminaron unos pasos que no le pertenecieron y cuyo destino es incapaz de precisar porque al paso de los años todo se ha vuelto más incierto o porque, sencillamente, el tiempo ha dotado a las cosas de una perspectiva distinta a aquélla que tuvieron en el preciso instante en que quedaron inmortalizadas en un rectángulo de papel.

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Callejón del Gato

Me hice incondicional de Valle-Inclán cuando, con once o doce años, cayó en mis manos «El miedo», un relato breve incluido dentro de Jardín umbrío que he releído decenas de veces y que, sin constituir nada espectacular, siempre ha sido una de las piezas literarias a las que más cariño he profesado. Por eso y porque la trilogía del Martes de carnaval fue la primera obra que vi representada en un teatro, y porque aún recuerdo el estremecimiento con el que recorrí junto a Max Estrella y Don Latino los tortuosos rincones de un Madrid noctámbulo, decadente y alucinado, me gustó tanto encontrarme hace tres años con el Callejón del Gato gracias a las inesperadas dotes de cicerone del poeta José Manuel Gallardo —quedaría muy bien decir que andábamos de ruta bibliófila, pero en realidad sólo callejeábamos a espaldas de la Puerta del Sol en busca de una terraza donde tomar una caña y fumar tranquilamente—, que sin pretenderlo me puso delante del lugar donde nació nada menos que un género literario.

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