Callejón del Gato

Me hice incondicional de Valle-Inclán cuando, con once o doce años, cayó en mis manos «El miedo», un relato breve incluido dentro de Jardín umbrío que he releído decenas de veces y que, sin constituir nada espectacular, siempre ha sido una de las piezas literarias a las que más cariño he profesado. Por eso y porque la trilogía del Martes de carnaval fue la primera obra que vi representada en un teatro, y porque aún recuerdo el estremecimiento con el que recorrí junto a Max Estrella y Don Latino los tortuosos rincones de un Madrid noctámbulo, decadente y alucinado, me gustó tanto encontrarme hace tres años con el Callejón del Gato gracias a las inesperadas dotes de cicerone del poeta José Manuel Gallardo —quedaría muy bien decir que andábamos de ruta bibliófila, pero en realidad sólo callejeábamos a espaldas de la Puerta del Sol en busca de una terraza donde tomar una caña y fumar tranquilamente—, que sin pretenderlo me puso delante del lugar donde nació nada menos que un género literario.

«Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada», puso Valle en boca de los protagonistas de Luces de bohemia en un momento en el que Max y Don Latino se detenían a tomar aire en ese rincón que, lo confieso, no creí que encontraría fuera de aquellas páginas. Pero el Callejón del Gato existe, comunica la calle de Espoz y Mina con la plaza de Santa Ana y, aunque de cara al exterior no conserve más espejos cóncavos que los que ha instalado allí un bar a modo de atrezzo, nunca puedo resistirme a la tentación de caminarlo en un sencillo y particular homenaje al que probablemente fuese el primer posmoderno de nuestra literatura, o al menos el primero que entendió que a veces el único secreto para alcanzar a comprender las incongruencias del mundo radica en distorsionarlas hasta el delirio, en aplicar la lente sobre sus puntos oscuros para deformarlos y ampliarlos y apreciar así todos sus matices. El Callejón del Gato, plagado hoy de tabernas typical, pasará desapercibido para quienes no hayan abierto un libro en su vida y vaguen por las ciudades como si inspeccionaran los pasillos de un supermercado. Para los demás, no dejará de ser el escenario de uno de los descubrimientos más gozosos de las letras hispánicas. Uno de esos lugares que, por anodinos que resulten, imprimen carisma a una ciudad. Al fin y al cabo, por allí se reflejaron, en una lúgubre noche de hace casi un siglo, las más definitorias miserias de los héroes clásicos.

Callejon del Gato

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