Viejas fotos

Tienen el regusto amargo de todo lo que se da por perdido y el aire confortable del hogar que siempre está abierto para recibir a las ovejas descarriadas. Se las ama tanto como se las teme porque son el mejor de los reductos desde el que entregarse a esa insensata afición por la nostalgia, pero también encierran la terrible constatación de que ya nada podrá ser jamás como era, de que definitivamente nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Uno se enfrenta a las viejas fotos que conserva en una caja de zapatos, o en un álbum familiar, o en marcos arrinconados en alguna esquina de los cajones rescatados de la última mudanza, con la turbación que se siente al revivir algunos instantes de los que ni siquiera guardaba ya recuerdo, pero también con el temor a percibir su propia biografía como algo extraño, ajeno, difusamente remoto. Como si de pronto estuviera siendo testigo de las vidas de otros o de los escenarios por los que caminaron unos pasos que no le pertenecieron y cuyo destino es incapaz de precisar porque al paso de los años todo se ha vuelto más incierto o porque, sencillamente, el tiempo ha dotado a las cosas de una perspectiva distinta a aquélla que tuvieron en el preciso instante en que quedaron inmortalizadas en un rectángulo de papel.

Uno siente ante esos enfrentamientos buscados con su propia historia una emoción parecida a la que debió de sentir Ulises cuando, tras veinte años de ausencia, volvió a tener frente a él las costas de Ítaca, pero también la misma desazón con la que descubrió, tras desembarcar y acudir disfrazado de mendigo a los que habían sido sus dominios, a su Penélope casada con uno de los pretendientes. Uno se enfrenta a las viejas fotos para constatar que el presente, para bien o para mal, acaba invalidando todos los pretéritos, y pacientemente vuelve a guardarlas en su sitio con la misma desazón que se siente al terminar un libro cuya lectura se ha dilatado durante varias noches. Acaso porque, sin saberlo, al observarlas otra vez en la penumbra de una habitación vacía ha vuelto a escribir en su propia conciencia un punto final inapelable tras el que no queda otro remedio que pasar a la siguiente página.

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