«Las cuatro y diez»

Recuerdo bien la fecha porque sé que yo estaba cursando 2º de BUP y sé que aquel día era el cumpleaños de mi padre. Recuerdo también que llovía a mares cuando mi madre detuvo el coche ante las puertas de la confitería donde habíamos encargado la tarta preceptiva y me pidió que me quedara dentro, a la espera, mientras ella entraba a recogerla. Durante todo el viaje de vuelta —habíamos ido a primera hora de la tarde a Oviedo porque yo tuve que acudir allí a una cita con el dentista— estuvo sonando en el casette del Opel Kadett una cinta donde mi padre había grabado un repertorio a su medida. No hacía tanto que teníamos cadena de música, sólo tres o cuatro años, y desde que la compramos uno de sus pasatiempos preferidos consistía en registrar en cintas vírgenes las piezas que más le gustaban de sus vinilos de juventud para ir escuchándolas de camino al trabajo o para que sus acordes nos arrullasen en las largas travesías estivales.

Aquella tarde, ya digo, llovía mucho y me quedé en el coche escuchando unas piezas que probablemente yo entonces consideraba horteras —puede que estuviesen entre ellas el «Si tú me dices ven», de Los Panchos, o la «Fina estampa» de María Dolores Pradera— y a las que no presté demasiada atención hasta que unas notas de piano vinieron a sacudir mi indiferencia. Era una melodía muy simple, pero hermosa y efectiva, como ésas que subrayan las escenas de amor memorables en las películas que más nos gustan, y enseguida se le sumó una voz acomodada entre guitarras y violines que empezó a desgranar versos ajustados, de palabras exactas, que alcanzaban a transmitir emociones verdaderas. Me recuerdo a mí mismo escuchando esa canción mientras la lluvia azotaba cada vez con más virulencia la luna del coche, y me veo rebobinando la cinta, para escucharla otra vez, y una más, en aquel paréntesis solitario de un gris día de febrero. Cuando volvimos a casa, me fui directo al equipo de música para localizar el disco que la contenía. Durante media hora estuve pinchándola hasta que el sentido común me hizo temer por la salud de los surcos, ya algo deteriorados, de aquel vinilo que tenía más de dos décadas y cuya portada, polvorienta y tétrica, jamás hubiera llamado mi atención de no haber sido por aquella escucha que tanto había tenido de encuentro inesperado. La canción era «Las cuatro y diez», de Luis Eduardo Aute, y aunque con el tiempo su propio autor ha hecho varias versiones —recuerdo ahora, al menos, dos: la de Veinte canciones de amor y un poema desesperado y la del primer volumen de sus Auterreratos—, mi grabación preferida sigue siendo la original, la más sencilla y la más sincera, la que estaba en la cara B del disco Rito como un oasis necesario en el conjunto de un elepé tan hermoso como lúgubre. La misma que me devuelve, cada vez que la escucho de nuevo, a aquella tarde invernal y acogedora de mis quince años.

Luis_Eduardo_Aute-Rito-Frontal

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