La selección como síntoma

El gran problema del periodismo, puede que el principal, radica en que la premura con que se trabaja en las redacciones impide muchas veces establecer una reflexión sosegada y obliga a quienes deben cargar tintas a escribir en función de sus impulsos. Lo malo de llevar años en la profesión es que ese vicio puede llegar a estar tan acendrado que a veces uno termina escribiendo lo primero que se le viene a la cabeza y lanzándolo a los cuatro vientos sin pararse previamente a pensar en la pertinencia de aquello que se dispone a pergeñar. Viene a colación este preámbulo porque el viernes pasado estuve a punto de escribir unas impresiones rápidas a propósito del España-Holanda con que nuestra selección, en mala hora, se presentó en el Mundial de Brasil; pero, al no haber ocasión de hacerlo, he podido seguir de cerca en estos días algunas crónicas, opiniones y extrapolaciones que se han hecho al respecto, y me ha dado por pensar que el relato de la debacle rojigualda puede dar aún más juego del que ha dado, nunca mejor dicho, si en vez de focalizarse en el rectángulo del estadio se abre la perspectiva hacia terrenos que, a priori, no parecen estar en absoluto emparentados con la retórica balompédica.

En realidad, en un principio me iba a limitar a justificar por qué llevo semanas afirmando que, si para algo va a servir este Mundial, será para que los españoles nos despidamos de la selección que nos ha dado fama y gloria a lo largo del último sexenio. También para reivindicar la figura de Luis Aragonés ahora que parece haber quedado claro que fue él quien tuvo el coraje necesario para ir contra lo establecido y configurar un equipo ganador, frente a un Vicente del Bosque entregado a una línea continuista que ni siquiera ha tenido valor para desmoronar ahora que era evidente que muchos de aquellos hombres que nos auparon a lo más alto del podio de Sudáfrica no están en su mejor momento ni parece que vayan a volver a estarlo de aquí a la final de Maracaná. Iba a explicar todo eso y a poner como ejemplo, una vez más, a la Francia de Zidane que tras ganar Mundial y Eurocopa en 1998 y 2000 terminó abandonando el siguiente gran torneo por la puerta trasera de la fase de grupos cuando, de pronto, reparé en que el caso de la selección —de La Roja, como empezaron a llamarla no por ninguna clase de guiño ideológico, sino para, recordémoslo, equiparar el color de su camisola a los tintes corporativos de la cadena televisiva que se hizo con los derechos para la retransmisión de la Eurocopa de Austria y Suiza— no es otra cosa, en el fondo, que un síntoma, uno más, del peligro que tiene la preservación a toda costa del statu quo, sin exigir a sus acreedores ningún esfuerzo para renovarlo más allá del   «por ser vos quien sois» ni tener en cuenta que, como bien dijo Heráclito, no hay absolutamente nada que permanezca inmutable en el curso del gran río de la vida.

Creo que todos, o la gran mayoría, estamos de acuerdo en que a Brasil han viajado  jugadores que ni siquiera merecerían calentar banquillo; futbolistas a los que, pese a esa convicción, admiramos mucho porque gracias a ellos la selección se hizo un nombre cuando nadie daba un duro por sus posibilidades. Hubiera sido mejor, decimos ahora, aprovechar el lapso abierto entre la anterior Eurocopa y este Mundial para fortalecer el esqueleto del barco y, sobre él, erigir un nuevo paquebote con materias frescas, renovar el organismo con savia nueva, mantener los puentes necesarios pero dejar claro que se trataba de ir abriendo el camino por el que el pasado inmediato y el presente pudiesen ir avanzando hacia el futuro. Sin embargo, nadie lo vio cuando era necesario advertirlo: ni la adocenada y simplista prensa deportiva, que lleva demasiados años centrada en brindar exclusivas idiotas y en contar lo que le ordenan que cuente en vez de hablar de deporte, que es de lo que se trata; ni nosotros mismos, que ebrios como estábamos de gloria y de fortuna no queríamos ver que los pequeños desastres que se nos fueron poniendo ante los ojos —recuerdo especialmente un anodino partido ante Finlandia que tuve ocasión de ver en el mismo campo— no eran meras anécdotas, como de continuo nos decían los palmeros de la Federación y sus acólitos, sino pausadas evidencias de que las grietas acababan de hacer presencia en las bodegas y el navío amenazaba con irse a pique en cuanto tuviera que hacer frente a un temporal con envergadura suficiente. Ni Vicente del Bosque, empecinado en acometer tímidas variaciones en el boceto general de un dibujo que no le pertenecía, ni quienes estaban por encima de él —y que, precisamente por eso, se encontraban en una posición de privilegio para percibirlo todo con total nitidez—, ni mucho menos quienes teóricamente cobran por estar vigilantes y mantenernos convenientemente informados supieron hacer otra cosa que no fuera poner vendas inanes con las que tratar de ocultar las primeras hemorragias y lanzar uno o dos mantras absurdos con los que hacernos a todos los demás partícipes de la impostura que ellos mismos habían engendrado y creído en primera instancia. Tampoco los jugadores, no está de más decirlo, fueron lo suficientemente honestos como para reconocer lo que ahora se antoja dolorosa evidencia: retiradas al margen, no sé de ninguno que haya expresado dudas acerca de su propio estado físico, ni sugerido al seleccionador que no le convocase para dar paso a otros que tal vez sí podrían aportar aquello que ellos ya no estaban en condiciones de ofrecer. Todo fue, por el contrario, un gran pacto de silencio amparado en una euforia colectiva que tendría, en realidad, mucho de amnesia; una estratagema que no supo interpretar del modo adecuado el conocido adagio lampedusiano: si se pretende que todo siga igual—en este caso concreto, los títulos, el prestigio, el reconocimiento, la felicidad colectiva—, casi siempre resulta imprescindible acometer cambios de envergadura.

Es posible que España abandone el Mundial muy pronto y en circunstancias que sólo podremos calificar como onerosas. Puede que entonces, y sólo entonces, se acometa una modificación que se antoja irrenunciable. Sin embargo, tanto el caso español de 2014 como el ejemplo francés de la pasada década arrojan un diagnóstico un tanto descorazonador sobre la rigidez y la ceguera de las estructuras sobre las que se asienta nuestro modelo de convivencia —porque las selecciones y las federaciones que las impulsan no dejan de ser una suerte de embajada deportiva de los estados a los que representan—: ¿no es ese perseverar contra viento y marea, ese seguir a costa de todo y de todos, esa obcecación irreversible, esa inquebrantable lealtad al viejo refrán castellano que asevera que más vale malo conocido que bueno por conocer, lo que ha conducido a las sociedades occidentales —y pienso, especialmente, en las de los estados europeos— al callejón sin salida en que nos enclaustramos cuando intentábamos huir de una circunstancia inédita con las recetas de siempre? ¿No es ese perseverar en los nombres, en el método, en las formas, esa resistencia ante cualquier clase de innovación, la que a la postre genera esa frustrante sensación de haber perdido toda oportunidad pese a llevar tiempo en posesión de las claves necesarias para afrontar el cambio de ciclo? ¿No es esa tendencia al continuismo la que ha impedido abrir la perspectiva cuando era necesario alzar la vista y otear el horizonte en vez de continuar trillando un camino cuyo final estaba cada vez más y más cerca? ¿No será el fútbol, con todos sus aspectos nefastos y criticables, que son muchos, una metáfora tan sutil como apropiada de lo que nos está ocurriendo y una herramienta desaprovechada desde la que ensayar nuevas respuestas de cara al porvenir? La selección española, más que un trauma, puede ser un síntoma. Del mismo modo que nadie niega los éxitos obtenidos ni resta méritos a sus artífices, sería bueno que todos reconociésemos que empieza a ser hora de que se retiren para que otros asuman el mando. Que siempre se tendrá en cuenta su experiencia, su consejo y el conocimiento general que han obtenido gracias a los años y el trabajo, aspecto que nunca dejará de constituir un valioso capital, pero que han de ser otras las piernas que a partir de ahora muevan el balón que ruede sobre el césped. Me gustaría decir que de ello dependerá que ganemos o no el próximo Mundial, pero en realidad están en juego cosas mucho más importantes que un simple torneo futbolístico.

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